«Mamá no pasa nada, viviremos bajo un puente»

Una familia aguarda a que le llegue el desahucio y critica que el banco no negociara cuando se quedaron en paro

B. LLEDÓVALENCIA.

«No os preocupéis, yo os doy mis ahorros o nos iremos a vivir debajo de un puente». A sus seis años, la pequeña Adriana se da cuenta de la preocupación de sus padres. Desde este verano a Jaime y a Gemma les ha cambiado el humor. Ya no tienen ganas de nada. Ella incluso toma ansiolíticos y siempre está nerviosa. En junio, esta familia se enteró de que el banco había subastado la casa en la que todavía residen. La cuenta atrás para tener que abandonarla ya ha comenzado. «Lo único que me da fuerzas para seguir es mi hija», admite la mujer.

En 2006, y tras un año viviendo con la madre de Gemma, la pareja decidió comprarse la vivienda, situada al final de un camino de tierra lleno de baches en el término de Real de Montroi. Sin luz, sólo con agua de regadío, 50 metros cuadrados construidos y un amplio terreno, les costó 120.000 euros. «No teníamos grandes pretensiones. Era lo único decente que nos podíamos permitir», explica Jaime.

«Durante el primer año recuerdo que no pegaba ojo por las noches. Esto está muy apartado y los vecinos sólo vienen los fines de semana», recuerda con añoranza Gemma. Con esfuerzo compraron unas placas solares, cambiaron el suelo y los cristales para que no calara el frío.

Los problemas comenzaron en 2009 cuando Jaime y Gemma perdieron sus trabajos en la construcción y en una empresa de transporte, respectivamente. «Pedimos una moratorio que no nos concedieron. Cuando debíamos tres o cuatro recibos, nos propusieron la novación de la hipoteca y nos la ampliaron de 35 a 50 años para pagar menos en cada cuota», relata Gemma.

Pero había una cláusula «que nunca nos dijeron», que establece que si se deja de pagar una cuota, la casa puede ser subastada extrajudicialmente, es decir, «sin pasar por el juzgado y sin enterarnos». En mayo, la subastaron y se la quedó el banco. «En junio nos enteramos cuando nos llegó la orden para irnos. Pero vamos a luchar hasta el final. Pedimos el derecho a una vivienda social, es decir, pagar el alquiler de esta casa, quedándonos. No hemos robado, sólo nos quedamos sin empleo», implora Gemma. Hoy, ella trabaja a media jornada y él trabaja 27 horas semanales como socorrista.

De momento, los cuadros ya están descolgados y en las paredes apenas quedan fotos de la niña. Ya están casi todas guardadas. También aguardan ya en cajas la mayoría de prendas de ropa. Los domingos acude al rastro de Real a vender ropa vieja y juguetes. «Aún la considero mi casa», admite Jaime con la mirada perdida mientras a su alrededor corretean sus tres perros y los gatos. Ellos también serán desalojados.