«En el teatro valenciano pasa como en la política, todo va por familias»

El autor de 'Confesiones de siete mujeres pecando solas' lamenta que en Valencia se «olvida que vamos en un mismo barco» Jerónimo Cornelles Dramaturgo, director y actor

BURGUERA DBURGUERA@LASPROVINCIAS.ESVALENCIA.
«En el teatro valenciano pasa como en la política, todo va por familias»

La biografía de Jerónimo Cornelles es paradójica. Su currículum dice que nació en 1976 en Buenos Aires y que en sus escasos 35 años ha tenido ya tiempo para actuar, dirigir y escribir textos teatrales que han obtenida una gran aceptación. Participa en la compañía Bramant Teatre. Es joven pero también es gato viejo. Es argentino pero también muy valenciano. Hasta ahí las contradicciones, pues habla con claridad y coherencia, si bien eso quizá sea también paradójico en los tiempos que corren.

-¿Está todo contado?

-No. Está todo por contar porque el tiempo pasa y las cosas cambian y hay que repensar la realidad. Los temas no se acaban porque el modo de tratarlos siempre cambia. No se puede decir que esté todo dicho sobre el amor, la familia, la soledad, la muerte... Son temas universales que estaban y estarán ahí siempre.

-¿De qué modo influyen las nuevas tecnologías en el lenguaje teatral?

-Somos lo que somos, lo que vivimos. Cine, internet, publicidad, televisión... la imagen en general influye en nuestra manera de entender el mundo. Lo que nos rodea hay que aprovecharlo. La esencia del teatro es, con la base del público y los actores, utilizar lo que ocurre a nuestro alrededor. Hemos llegado a un punto que parece que si no te tiras horchata por encima no estás haciendo teatro contemporáneo, pero yo no estoy de acuerdo con eso. Una historia de ahora, que ocurre ahora y se cuenta con los recursos narrativos actuales es teatro rabiosamente contemporáneo.

-¿Qué tema actual le pide a gritos llevarlo a un escenario?

-Ahora mismo trabajo también como actor en la obra 'De Hiroshima a Nagasaki', en la Sala Ruzafa, y hemos escrito sobre política. Lo que te rodea te hace reflexionar, claro, y yo no escribo sobre los temas, sino que son los temas los que me empujan a escribir. Pero no siempre ni todo vale. Es un error caer en el localismo y en lo excesivamente personal, y ahora, como a todo el mundo, lo que me preocupa es llegar a final de mes. Sin embargo, no sé si eso podré convertirlo en un texto, y el texto en un mensaje.

-Entre los siete pecados capitales representados hasta ayer en El Musical, ¿en cuál cae irremisiblemente y cuál le resulta más ajeno?

-Pues creo que he caído, más tarde o más temprano, en casi todos. Soy muy perezoso, lujurioso, soberbio... Quizá la gula es lo que siento más alejado de mí.

-¿Algún político valenciano podría participar en su obra por ser un gran pecador?

-Claro. Los políticos valencianos son pecadores, pero ni más ni menos que el resto de los ciudadanos. Se trata de seres humanos, unos más mezquinos, otros más maravillosos, como en todas partes. Las personas eructan, comen y se enamoran. Los políticos, también. Es un error, primero, no verles como a seres humanos, sino como a entidades superiores. Y luego, es importante no olvidar que trabajan para nosotros, y no al revés, los ciudadanos no estamos a su disposición ni les debemos nada. Si no pueden aceptar esas condiciones, es mejor que no ejerzan la política.

-El teatro siempre ha sido político.

-Sí. De hecho, 'Confesiones de siete mujeres pecando solas' no incorpora ningún argumento político, pero eso ya es en sí una postura política.

-Tiene usted un montón de amigos en Facebook. ¿En el teatro valenciano se hacen muchos amigos o todo es fachada?

-Es algo bastante complicado. En el mundo del teatro valenciano hay muchas familias, y dentro de ellas nos relacionamos, como en la política, va todo por familias, e incluso podemos llegara a ser hasta más mezquinos que los políticos, porque nos gusta dar la sensación de ser amigos de muchas personas con las que te relacionas de una manera más o menos superficial. La razón de todo esto, yo supongo, es que pecamos de envidia. Cuando algo le va bien a alguien, se le critica, y mucho.

-¿Y usted no es envidioso?

-Sí, y acepto este sentimiento en el sentido de lamentar que una persona envidie el éxito de otra por pensar que vale lo mismo que ella. Eso a mí me pasa. Pero no entiendo la envidia insana, hacia el éxito de cosas que tú no querrías hacer o no sabes hacer. Vivimos en una ciudad grande y pequeña, según para qué. En nuestra profesión nos conocemos y opinamos todos de todos con mucha facilidad. A veces nos olvidamos de que vamos juntos en un mismo barco.

-¿Usted, que tiene familia al otro lado del Atlántico, cuándo le preguntan cómo andan las cosas por aquí, por acá, qué contesta?

-Pues que aquí, acá, somos muy afortunados por cómo van las cosas, pues es un lugar donde las actrices que se suben a un escenario están contratadas y cobran. Y la gente puede acceder a subsidios sociales. Y en Argentina, todo eso, es más complicado. A pesar de lo mal que estamos, debemos sentirnos afortunados. Con todo, ellos cuentan con una virtud que en nuestro caso está desapareciendo. Allí el motor es la esperanza, la ilusión y las ganas, algo que aquí se da menos, porque nos movemos por dinero y con el escepticismo por delante. Ellos hacen las cosas porque les gusta mucho. En Bramant, de hecho, intentamos imitar ese entusiasmo.

-¿Ser un poco nómada desarraiga o enriquece?

-No hay nada peor que no conocer lo que ocurre fuera de tu tierra. Es importante no sólo mirarte el ombligo y lo que te rodea, sino observar más allá de nosotros. Para aprender, de lo bueno y de lo mano, pero conocerlo y aprender.

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