Un laguartés 42 años más tarde

El 21 de septiembre va a ser una fecha a recordar en la pequeña población oscense de Laguarta. Ese día Miguel Martín pasó a ser su vecino número 14 y también el primer recién nacido en más de cuatro décadas

Paseo. Ana portando a su hijo en una mochila durante una caminata por los montes próximos a Laguarta en compañía de su perro. ::
                             PEDRO MARÍN

                        
                        
                         Tranquilo. Miguel duerme en el regazo de su madre. ::
                             P. M./
Paseo. Ana portando a su hijo en una mochila durante una caminata por los montes próximos a Laguarta en compañía de su perro. :: PEDRO MARÍN Tranquilo. Miguel duerme en el regazo de su madre. :: P. M.

La despoblación es una de las señas de identidad de la geografía pirenaica. Cientos de pueblos fueron abandonados durante el siglo pasado dejando un reguero de vacíos y silencios retratado con maestría por Julio Llamazares en su novela 'La lluvia amarilla' (1988). Aunque el turismo y la mejora de las comunicaciones han frenado el fenómeno en los últimos años, pocos son los pueblos que pueden presumir de tener un censo abultado. No es por ello extraño que el nacimiento el pasado 21 de septiembre de Miguel Marín se convirtiese en todo un acontecimiento en la pequeña población oscense de Laguarta, a medio camino entre Boltaña y Sabiñánigo. Cuando sus padres, Pedro y Ana, decidieron registrar a Miguel como vecino descubrieron que era el primer recién nacido que se incorporaba al censo de la localidad desde hace 42 años. El bebé, que pesó 3,5 kilos, elevó a 14 el numero de habitantes de Laguarta. El acontecimiento fue saludado incluso por el alcalde de Sabiñánigo, municipio al que está adscrito Laguarta. Jesús Lasierra expresó en declaraciones a la prensa local su satisfacción «porque no es nada fácil que se asiente población en núcleos tan pequeños y todavía menos que empiecen a nacer niños».

Los padres de Miguel se instalaron hace unos pocos años en una casa de Laguarta. La madre baja todos los días a trabajar a Boltaña, a media hora en coche, mientras que el progenitor se encarga de cuidar al recién nacido. «Todavía no hemos pensado a qué centro escolar le vamos a llevar, de momento vamos a disfrutar de él», dice Pedro Marín. Como en Mezkiritz, los pocos vecinos de Laguarta han saludado el nacimiento de Miguel como si se tratase de su propio hijo. «La venida de un niño es siempre una alegría, y más si se trata de alguien con el que convives a diario al tratarse de un pueblo tan pequeño», dicen Isabel y Gabi, que se han asentado en Laguarta después de recuperar como albergue rural un impresionante palacio de piedra del siglo XVI.

Si se reinstaurasen las leyes que los reyes acostumbraban a promulgar en el medievo para favorecer las repoblaciones de áreas remotas, los padres de Miguel serían honrados con múltiples prebendas, entre ellas probablemente algún que otro título nobiliario. De momento Pedro y Ana tienen bastante con dar un paseo por los hermosos parajes cercanos a Laguarta en compañía de su hijo y su perro.