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A la luna de Valencia

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A la luna de Valencia

18.10.10 - 00:25 -
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Quién no se ha preguntado qué significa este modismo? Para algunos equivale a quedar chasqueado, sin recursos económicos: «dejando a todos sin blanca, a la luna de Valencia» (Luque Fajardo: Fiel desengaño, 1603). Para otros, ser o comportarse como un despistado o ausente de la realidad; semantismo vivo en el español de Iberoamérica, cuyos hablantes suelen conservar arcaísmos del Siglo de Oro: «hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder más de cinco minutos con estas nostalgias» (Cortázar, Julio: Rayuela, 1963). La locución no nació en la lengua valenciana, aunque arraigara en ella: «es quedá a la lluna de Valencia» (Semanari Garrotá de sego, 5 d'gost de 1888, Alacant, p.2). Por su parte, escuetamente, los académicos dicen: «A la luna de Valencia: Frustradas las esperanzas de lo que se deseaba o pretendía» (DRAE).
Otra interpretación más detallada, aunque no documentada, la ofrecía el dicc. de Escrig revisado por Llombart : «A la lluna de Valencia... parece tener origen en la antigua costumbre de cerrar las puertas de las murallas al toque de oraciones, dando lugar a que los ausentes de la ciudad quedasen fuera de ella y se vieran obligados a pasar la noche al raso» (a.1887). Algo falla en esta historia. Todas las ciudades gozaban de la luna y tenían fuertes murallas por el año 1600, cuando «a la luna de Valencia» surge en la literatura. En consecuencia, si todo quisque que llegara a cualquier población al anochecer se encontraba con los portales cerrados, quedando a la intemperie, ¿por qué razón se dijo «a la luna de Valencia» y no, por ejemplo, a la de Burgos o Murcia?.
En 2010, gracias a la TV, una frase puede popularizarse en días o semanas, pasando del uso familiar al coloquial de una nación; p.e., el «¡Yo mato!» de Belén Esteban. En la Edad Media y Renacimiento, la propagación de neologismos léxicos o fraseológicos era mucho más compleja y lenta. En nuestro caso, la gestación de "a la luna de Valencia" pudo iniciarse por un hecho fortuito en 1409, cuando el sacerdote Jofre observó a un loco que era víctima del populacho en Valencia. Compadecido, el religioso promovió ese mismo año la creación del primer centro psiquiátrico del mundo. La institución sorprendió al resto de Europa, donde pocos dementes llegaban a adultos, salvo que fueran de la nobleza o tuvieran medios; en este caso, eran encerrados en celdas de discretos conventos hasta su muerte. Los demás morían de hambre, frío, maltrato o, si padecían convulsiones supuestament satánicas, en la hoguera.
La valenciana Casa de los Locos del siglo XV se convirtió en el equivalente a la actual Ciudad de las Ciencias. No había viajero ilustre, fuera el alemán Münzer en 1494 o Felipe el Hermoso en 1502, que no visitara tan insólito y sorprendente espectáculo. Los extranjeros, al regresar a sus países, contaban que en la ciudad más importante de España (como decía Münzer) los locos eran protegidos y alimentados en un edificio exclusivo para ellos. Poco a poco, entre lo que exageraban unos y fantaseaban otros, las docenas de internados en Valencia se convirtieron en miles y, además, se consideró que por las calles de Valencia abundaba el desequilibrado o lunático, es decir, «persona que tiene lunas o manías. O que padece accesos de locuras» (Moliner, M.: Dicc.)
La causa de la locura era un enigma en el 1400; pero nadie dudaba del efecto pernicioso del satélite sobre el cerebro humano. Según se mostrara la luna blanca, amarilla o roja, llena o menguante, el cuerpo celeste lanzaba más o menos efluvios turbadores sobre los mortales. ¿Y qué tenía de especial la luna de Valencia para que dañara tanto las neuronas de nuestros antepasados?. Nadie lo sabía, pero la creencia en la inquietante proliferación de lunáticos adquirió cierta popularidad en lugares como Italia. Incluso actualmente, en valenciano, hablamos de perturbaciones de la personalidad por tener lunas: «Tíndrer u llunes: sentir perturbaciones en el tiempo de las variaciones de la Luna» (Escrig: Dicc.1887).
A partir del Renacimiento, con la construcción de múltiples hospitales para enfermos mentales en Europa, la relación entre "luna de Valencia" y locura fue diluyéndose en semantismos confusos, carentes de sentido. No obstante, quedó la idea de que era indeseable quedar «a la luna de Valencia». Hoy, para muchos, «estar a la luna de Valencia se aplica a quienes por estar despistados olvidan otros quehaceres». Es evidente la mitigación eufemística o cambio semántico de lunático a «distraido» o ausente de la realidad. Ya en el Barroco, los españoles habían olvidado el origen y significado de la locución; de ahí que el sagaz Góngora, desconocedor del origen, razonara «que tan recia era la luna de Valencia como la de Salamanca». La curiosa historia de la abundancia de lunáticos en Valencia la recuerda el mordaz Merlin Coccaie, seudónimo del fraile italiano Teófilo Folengo, en su 'Histoire maccaronique', escrita tras el saqueo de Roma en 1527. Muerto el 9 de diciembre de 1544 en Campese, de joven vivió en Mantua, Bolonia y Venecia, lugares donde le alertarían de los peligros de quedarse expuesto a la luna de Valencia. En la traducción del latín macarrónico a un francés sui géneris, efectuada en el año 1606, leemos: «Je considerais la Lune blanche, tachée au front de grandes taches, chasser les tenebres de dessus la mer et la terre (...) Icelle ne laisse les personnes qui sont legiers d'esprits se reposer long-temps et se tenir en cervelle. Valence, qui nourrist en Espagne plusieurs milliers de fols, la sent piccoter souvent le cerveau de ses Citoyens» (Coccaie, M.: Hist. 1606, ed.París, 1876, p.200)
El humanista Falengo, culto y escéptico, ya no creía estas historietas medievales; de ahí el tono sarcástico que usaba al recordar lo escuchado de joven: que Valencia estaba inundada de locos o lunáticos, víctimas del continuo picoteo de la luna sobre el cerebro de sus ciudadanos. Indudablemente, en el siglo XV, más de un extranjero que proyectara visitar Valencia tomaría las medidas adecuadas para llegar antes del cierre de los portales. Quedarse «a la luna de Valencia» le podía convertir en lunático indefenso, y acabar sus días en una jaula de la Casa de Locos de Valencia, desnudo y sin blanca, como observó y anotó el teutón Münzer en 1494.
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