Vivir como en el pueblo pero en pleno centro

Este escultor es muy conocido en la calle Museu en la que tiene varias de sus obras (mezcla de ironía y arte) engalanando el barrio Historias de la ciudad. Alfonso tiene su granjita en el Carmen donde cultiva tomates y cuida tres gallinas

J. AGUADÉVALENCIA.
Granjita. Alfonso, con una de sus tres gallinas del corral en pleno Barrio del Carmen. ::
                             J. C. BARBERÁ/LA FOTO/
Granjita. Alfonso, con una de sus tres gallinas del corral en pleno Barrio del Carmen. :: J. C. BARBERÁ/LA FOTO

Alfonso es el vecino más activo de la calle Museu de Valencia, en pleno Barrio del Carmen. Todo el mundo le conoce, todos le saludan mientras toma un agua en el bar cercano a su granjita-taller.

Su vida gira alrededor de esta zona de la vieja ciudad. Allí se crió, estudió Artes y Oficios y abrió su primer taller para tallar escultura en piedra, algo muy sucio para tener que hacer en la casa.

Hasta hace cinco años tenía una parcela, pero el boom inmobiliario se la quitó. Allí iba a hacer sus creaciones en piedra. Su oficio de cantero le da para vivir y para saciar muchas veces sus instintos artísticos. En su primer solar hasta se atrevió con una construcción y llegó a colocar un reloj que le trajo un problema: «El Ayuntamiento me puso una denuncia por exceder en la altura permitida», comenta ahora entre risas tras reconocer que tampoco tuvo que pagar la multa. La verdad es que Alfonso no nada en la abundancia y también recuerda, es un manantial de vivencias, cuando le hizo una visita un inspector de Hacienda. El hombre iba allí a cobrarse unas deudas, pero Alfonso vio como anotaba: 'Aquí no hay nada que embargar'. Como el protagonista es de trato afable se hizo 'coleguilla' del normalmente acongojante miembro de la administración pública. Y hasta se llevó un par de 'socarrats' que en aquella época hacía Alfonso: «Ahora ya no hago, me cansé de ellos». Eso sí, el mal trago fue al cobrarle... No sabía como hacerlo, él no hacía facturas.

Aquel solar pasó a ser un edificio, pero justo enfrente encontró otro. Además, tuvo suerte, es de una empresa que conoce al haber trabajado con ellos. Les dijo que se lo arrendaran y accedieron con la condición de que se marchará el día que puedan hacer obras en ese pequeño solar. Desde hace cinco años nada ha pasado y Alfonso sigue trabajando en su taller: «Mira, cuando entro aquí y cierro la puerta me da la sensación de que estoy en un pueblo. Nadie diría que estoy en medio de la ciudad. Aquí nadie me molesta y tengo mis tomates, mis calabazas, pimientos y fresas».

Pero desde hace un año al huerto han llegado unas nuevas inquilinas: tres gallinas. Marifé, Catalina y Matilda. El primer nombre lo eligió él, las otras dos las bautizaron los niños del barrio que a diario se pasan por el cercado de Alfonso a jugar con los animalillos.

Lo de las aves le ha gustado. Cada día tiene tres huevos en su despensa: «No tienen nada que ver con los que venden en los supermercados. Son mucho mejores, el sabor es diferente porque yo les doy de comer cosas naturales». Pero no siempre se queda con los huevos porque los niños que le visitan les hace gracia lo de la puesta y él les deja que vayan al lugar escondido a ver si hay embriones. Las gallinas están en la gloria. Viven como 'reinas' en un cercado que ha hecho con el parasol de un bar, la lona de un 'todo-a-cien' y una mampara de ducha. Además a las 'chicas' no les molesta el ruido: «Les encantan las Fallas. Con las mascletàs ni se inmutan».

La relación de Alfonso con los animales también le ha hecho famoso. Y ya no sólo en la calle Museu sino en la red de redes: «Alguien colgó la foto en internet y ahora los turistas vienen a verla». Hace unos años vio como los gatos entraban por un agujero en el solar que ahora es su taller-granja. Entonces no se lo pensó y les hizo un homenaje con una gatera de lo más especial. No hay nada parecido en Valencia. Les hizo una fachada gatuna a medida como si fuera una casa de gatos. Tiene hasta el azulejo de 'Asegurada de incendios' y otro con una inscripción que termina con 'cuatre gats' que mucha gente ha querido verle tintes políticos, pero Alfonso corta de raíz. «Eso a mí me da igual. No me interesa la política. Lo hice y salió así».

Esa gatera es leyenda. Hasta forma parte del patrimonio cultural de la ciudad ya que, según Alfonso, un inspector de patrimonio le dijo que se había encargado personalmente de unirla a los 'monumentos' de Valencia: «Ya es de Valencia, me dijo», dice entre risas.

También en la calle Museo ha hecho un dibujo en cuatro azulejos que es una réplica y que perfectamente da el pego por uno antiguo. Pero Alfonso tiene un secreto, bueno lo tenía: «Todos los que salen son amigos míos. Y hay una amiga que sale hasta con el móvil porque siempre está hablando». Genio y figura.