Arte más allá de los museos

Patios interiores, cafeterías, aparcamientos, colegios, bancos y entidades culturales de Valencia albergan murales

BURGUERA DBURGUERA@LASPROVINCIAS.ES
Cocina. Mural de la vivienda de un conocido pintor valenciano. ::                             IRENE MARSILLA/
Cocina. Mural de la vivienda de un conocido pintor valenciano. :: IRENE MARSILLA

Las paredes han servido para muchas cosas, además de para sostener los edificios. Para cosas buenas y no tan buenas. Contra la pared se consumaron oscuras pasiones y en oscuros muros se produjeron oscuros fusilamientos. También han servido como fondos de escenarios, y en los pueblos se utilizaban las más grandes y blancas para proyectar películas durante el verano. Las más afortunadas, soportan y contienen obras de arte: los murales.

Las paredes de la ciudad de Valencia no pueden ponerse como el mayor ejemplo del arte mural en el mundo, pero algunas de sus paredes menos públicas ofrecen ejemplos de que la pintura se vale de cualquier soporte para conmover al ser humano. El arte no se limita a los museos. En los 80, Castellón se convirtió en un gran ejemplo de este tipo de expresión pictórica gracias al Museo al Aire Libre, donde se contemplaron obras de Luis Prades, Vidal Derrulla, Tasio, Traver Griñó, Salva Gallén, Ripollés, Planchadella, Gil Arabí, o Paco Colom.

En la Universidad Politécnica de Valencia, Juan Bautista Peiró y Juan Antonio Canales imparten la asignatura de pintura mural. Canales señala que han sido muchos los artistas que de manera puntual se acercaron a los grandes formatos: «Desde Sorolla, pues las pinturas para la Hispanic tienen carácter mural (aunque sean óleos sobre lienzos), a Picasso con el 'Guernica', Miró, Michavila, Ripollés...».

Los patios interiores, restaurantes, vestíbulos de bancos, colegios públicos, residencias universitarias, hoteles, cafés, librerías, centros culturales y residencias privadas de Valencia contienen piezas pictóricas de un valor tan estimable como cualquier cuadro colgado en pinacotecas, galerías y museos de arte moderno.

Al igual que hay centros museísticos especializados, Valencia cuenta con muros impregnados de clasicismo, como los del Ateneo Mercantil; trabajos más vanguardistas, como la alegoría de Hernández Mompó en el Colegio de El Pilar; o murales que son puro pop-art, como el de la cocina del pintor Senís-Oliver.

«Hay algunos buenos ejemplos. En los años 50 se hicieron muchos por ser un tiempo en el que estaba muy en boga la integración de distintas disciplinas artísticas. Las entradas de casas particulares y de edificios de grandes instituciones sirvieron como soportes», explica Juan Manuel Bonet, ex director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y del IVAM, quien destaca las obras de Manolo Gil «por haberse dedicado mucho a ello y con trabajos notables».

Los pintores han tenido que disputarse los muros valencianos con artistas especializados en otras materias artísticas que en la Comunitat se han desarrollado, por tradición, de una manera especial.

Enrique Sanisidro, catedrático de Análisis de Forma y Color en la Escuela Superior de Cerámica de Manises y profesor de Colorido y Composición en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, es autor de murales cerámicos en el Hospital Materno-Infantil de Valencia o en la factoría Ford de Almusafes. La labor de los ceramistas enriquece y matiza la aportación valenciana al arte mural, que no se ha circunscrito, por tanto, sólo a la pintura.

«Los pintores muralistas, en Valencia, siempre han competido con los ceramistas. Hay que tener en cuenta que, por la tradición cultural de esta tierra, la mayoría de sus artistas han experimentado con la cerámica», señala Sanisidro, quien hecha en falta que los arquitectos «construyan espacios en colaboración con pintores o ceramistas, lo que permitiría dotar de mayor personalidad unos edificios con un aspecto cada vez más globalizado».

Aunque sea paradójico por el gran tamaño de las obras, es difícil seguir el rastro y contar con un censo de la actividad muralista en Valencia. En este sentido, Canales señala que existe una obra de referencia: 'La pintura mural en la ciudad de Valencia', tesis doctoral sin publicar de Constancio Collado, profesor de la Facultad de Bellas Artes. «Recopila la labor de los últimos años, una exhaustiva catalogación donde se recogen documentos inéditos, como los apuntes de Manolo Gil», señala Canales, quien explica que la tesis concluye que «el máximo promotor de murales es la Iglesia, con más del 50% de la producción muralista, lo que condicionó grandemente el carácter no-vanguardista de la mayoría de estos murales». Además, se agrupan los dos momentos de máxima actividad muralística: en torno a 1950 y, sobre todo, durante la década de los 60, hasta 1970, el año más pródigo en cuanto a realización de murales.

El desarrollo de Valencia provoca la inauguración de parroquias, colegios profesionales, entidades bancarias, empresariales y comerciales. Se desplegó un abanico de entidades encargantes, lo que causó un auge de la decoración mural, «una disciplina que depende más que otras de las instituciones demandantes, en particular, y de la bonanza económica, en general», subraya Canales, quien destaca el interés por «todo aquello que relacionara creativamente distintas disciplinas. A partir de los 50 se produce el boom del diseño a nivel internacional, que sirve como dinamizador de las interferencias y conexiones interdisciplinares».

Es a partir de mitad del siglo XX que surgen los trabajos de Manolo Gil en el Ateneo Mercantil, donde decora el gran salón-café, mientras que el salón de fiestas alberga pinturas al fresco ejecutadas por Ramón Stolz sobre alegorías de los oficios gremiales más tradicionalmente valencianos, uno de los últimos trabajos de Stolz antes de fallecer, en noviembre de 1958.

Fueron tiempos en los que Gil también trabaja en un mural que aún puede verse en el restaurante 'La Utielana', mientras que Michavila realiza trabajos en grandes patios de la calle Literato Gabriel Miró o trabajo como el que ahora puede verse en el vestíbulo de la sede del BBVA en la plaza del Ayuntamiento de Valencia, donde también se encuentra un gran mural del pintor valenciano Alfonso Ramil, fechado en 1967. Respecto a entidades financieras, también Bancaja cuenta con piezas imponentes, concretamente, con la obra de mayor tamaño de Hernández Mompó, fechada en 1969 y que inicialmente se realizó para el Hotel Mojácar, y que actualmente se expone en una de las entradas del Centro Cultural Bancaja en Valencia.

«El auge de la actividad mural también ha obedecido a factores como el cansancio, por no decir el callejón sin salida al que llegó la arquitectura internacional, lo que propició retomar las artes decorativas desde premisas más creativas», explica Juan Antonio Canales, que integra el equipo de la UPV (junto a Juan Bautista Peiro y Ximo Aldas) que ha firmado durante la última década murales en el Colegio Mayor Galileo Galilei (incluyendo, con la colaboración de alumnos de la Politécnica, la decoración de siete habitaciones, el hall de entrada, idea de Irene Grau, y los pasillos); en una fachada de la Factoría DACSA, junto a la Cruz Cubierta de Almàssera; o en los colegios Cervantes y Cavite-Isla del Hierro.

En el apartado de los colegios, el de El Pilar también cuenta con obras destacadas, realizadas en el entorno de los años 60. La puerta principal esta flanqueada por sendos relieves de Nassio Bayarri con alegorías sobre la educación, y esa misma entrada está coronada por un apostolado del mismo artista, mientras que en el techo del vestíbulo luce otra alegoría de Hernández Mompó que resume las actividades educativas del colegio.

En el sector de la hostelería en Valencia, se pueden encontrar interesantes ejemplos artísticos. En, al menos, tres restaurantes de la calle Caballeros se cuenta con antiguos murales. Un trabajo colorido, oculto durante décadas en un cuarto de baño, es, según el estudioso Manuel García, la única obra interior que se conserva en la ciudad del pintor Josep Renau, una atribución que no todos los expertos corroboran pero que puede contemplarse si se acude a comer o cenar al local del centro histórico.

Junto al Manolo Gil ubicado en 'La Utielana' («lo restauraron en un proceso que al principio nos pilló un poco de sorpresa, porque no esperábamos que se hiciese algo tan a fondo, pero finalmente restauraron el mural entero», explica un portavoz del restaurante ubicado en la plaza Picadero de Dos Aguas), en el Café Madrid, ahora cerrado, se conservaban algunos trabajos de su primer propietario, el pintor Constante Gil, si bien entre los murales más recientes destaca la pintura de Joan Verdú en una de las paredes de la cafetería del Instituto Francés de Valencia.

En un ámbito también gastronómico, pero estrictamente privado, se engloba el mural que Enrique Senís-Oliver ha instalado en su propia cocina. «Quería algo con colorido, alegre, y al final hice esto», señala el pintor valenciano frente a un enorme mural pop-art que contrasta con las antiguas vigas de madera de su casa en la calle San Vicente de Valencia. Igual de colorista resulta la visita a un aparcamiento de la calle Pizarro, donde se dejó total libertad al dibujante Ortifus, quien ha salpicado el recinto con sus personajes.

Todo cabe, porque son muchas las paredes que dividen y organizan una ciudad como Valencia, donde el arte no sólo sorprende y se puede disfrutar en los museos, sino que salpica las paredes más recónditas.

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