Madera de almez

Paisaje y paisanaje Jarafuel surte de bastones y horcas a toda EspañaDe medio centenar de artesanos que hubo, quedan seis, y el abandono crece en ribazos y campos antes bien cuidados

VICENTE LLADRÓ VLLADRO@LASPROVINCIAS.ESVALENCIA.
Madera de almez

La mejor madera para los mangos de herramientas y horcas agrícolas es la del almez, un árbol muy longevo y que puede alcanzar un gran porte, pero que en este caso, para aprovechar bien sus ramas rectas, se deja en arbusto. Los rebrotes se van cortando sucesivamente, cuando tienen la medida adecuada para cada aplicación.

En Jarafuel, en el Valle de Ayora, muy cerca de la central nuclear de Cofrentes, siempre fueron maestros en esto, y aún ahora, en medio de la larga crisis agraria y de los grandes cambios habidos en el sector, siguen surtiendo de bastones, mangos y horcas a toda España.

Este fin de semana, en la plaza mayor del pueblo se celebra la III Feria del Almez, donde pueden conocerse y adquirirse estos productos artesanales, aprender cómo se hacen y disfrutar de las delicias gastronómicas de la localidad.

En los márgenes de las acequias de Jarafuel y del resto del valle crecen los tocones de almez, o mermez, que en Ayora llaman yatanero, como en valenciano es lledoner y, por deformación, llironer.

La economía del pueblo de Jarafuel se basaba en la producción de mangos, bastones y horcas. La gran mayoría de las familias vivían de esto, cuando las faenas agrícolas eran muy manuales y predominaba la azada, el legón, el pico y la pala para los distintos trabajos agrícolas, así como la horca para cargar la paja, y llegaban incesantes pedidos de todas partes.

Décasdas atrás, la demanda de piezas de madera de almez era muy fuerte, para fabricantes de herramientas y como repuestos. Llegó a haber medio centenar de talleres, cuenta Joaquín Martínez, dueño de uno de los seis que quedan, y todo el pueblo trabajaba de una manera u otra en esto. El almez fue prácticamente un monocultivo. Además de las orillas de acequias y ribazos, para ayudar a sujetar el terreno, había multitud de campos plantados de estos árboles-arbustos, y los agricultores los cultivaban como cualquier otra cosa, y hacían la cosecha, que era cortar las ramas y venderlas a los talleres.

Hoy predominan, en cambio, los bancales abandonados, porque dejaron de ser rentables, y se ven crecer los almeces de forma anárquica por todas partes, sin que nadie los pode, ni riegue, ni limpie la maleza. Y los artesanos que perviven, por lo normal tienen sus propias plantaciones para asegurarse el suministro apropiado de la materia prima que precisan, porque el resto de la estructura productiva local que hubo se ha desmoronado.

¿Qué ha pasado para explicar este cambio tan radical? Ante todo, la evolución agrícola, la incesante mecanización para abaratar costes. Ya no se gastan picos y azadas como antes en el campo; son minoría, para situaciones ocasionales. Pero además, la competencia de otras maderas. Joaquín Martínez explica que hoy predominan en el mercado mangos de morera y otras especies, que, aunque no dan el mismo resultado, «son más baratos, porque su producción está más industrializada».

La diferencia de precio puede estar quizás en un euro por pieza, o menos, pero eso hace perder ventas. Es la globalización. Y el usuario desinformado tal vez no sabrá nunca que la madera de almez es más apropiada como mango, porque es más dulce y flexible, y así acaba dando la pequeña curvatura que se ajusta a las manos y la forma de trabajar de cada uno. En cambio, otros mangos, más baratos, permanecen siempre rectos, son incómodos y se rompen pronto.

Joaquín explica que el almez es muy agradecido: «sólo necesita agua, abono y podarse bien cuando toca, eliminando los brotes no deseados». En los tocones arbustivos, que pueden tener cientos de años, crecen y recrecen los brotes, que se van cortando según lo que se necesita para cada tipo de artículo. Para cayados o bastones de apoyo, por ejemplo, como para mangos de azadas y legones, bastan las ramas de dos, tres o cuatro años, según cada caso. Para las horcas hacen falta de cinco a siete, aparte de seleccionar ramas que tengan ramillas, que serán luego las puntas. Lo más normal son cuatro o cinco puntas, pero también las hay de dos y tres, como de seis y hasta siete.

Una vez cortadas las varas que serán la materia prima se guardan en cámaras frescas y húmedas, para mantenerlas verdes y manejables durante meses. Luego, cuando se sacan para trabajarlas, lo primero es calentarlas en los hornos, que se encienden con los propios desechos de la madera de almez.

Así, bien húmedas y calientes, las varas se pelancon facilidad. Es lo que estaban haciendo en el taller de Juan Ramón Martínez, en la parte alta del pueblo. Joaquín Murcia iba sacando las varas humeantes del horno, que el propio Juan Ramón enderezaba en una especie de potro, haciendo palanca entre dos hierros, para corregir curvas y dejar cada pieza bien recta. Y en medio del proceso, entre Joaquín y Juan Ramón, el padre de éste, Francisco, iba quitando la corteza a cada palo, dejando al descubierto su blancura.

Juan Ramón es la cuarta generación de la familia que sigue el oficio. Hace unas 50.000 piezas anuales y está especializado en mangos para herramientas, aunque también realiza horcas, bastones y lo que le pidan. Suministra a distribuidores de ferreterías y él mismo acude a vender directamente en las ferias de pueblos y ciudades.

Amadeo Martínez también va a vender a las ferias populares. A pesar de su juventud está entusiasmado con esta vieja profesión, le gusta. En su taller, donde comparte tareas con su padre, su tío Celestino y su primo José Luis, le sorprendemos dando forma a la curvatura de un cayado, especialidad de la casa. Junto a un montón de largas varas para coger olivas y almendras y horcas que aguardan a cumplir sus dos meses atadas entre pedazos de tejas, reconoce que todavía no está capacitado para realizar esta faena; formar horcas es lo más complicado, trabajo para oficial de primera; él todavía está aprendiendo las partes más complicadas del oficio, pero llegará.

El caso de las horcas es paradigmático de lo que es la realidad de este pequeño sector de la economía jarafuelina. La mayoría de las que se hacen hoy se destinan a decoración, como gran parte de todos productos que realizan los talleres. Ese es el camino que han sabido encontrar los artesanos que sobreviven, diversificando al máximo sus posibilidades. Eso ha hecho también que empiecen a trabajar otros tipos de madera para artículos diferentes, como la de castaño, para varas y bastones de lujo, o la de boj, una de las maderas más duras, que le llega a Joaquín Martínez de restos de podas en bosques gallegos y con ella realiza utensilios de cocina.