Cases de fang i pallús

Paisaje y paisanaje. JoséLuis Rodrigo recopila en un libro usos y costumbres de la huerta olvidada

VICENTE LLADRÓVALENCIA.
Huertanos de primeros del siglo XX ante su barraca y un chamizo de cañas. ::
                             LP/
Huertanos de primeros del siglo XX ante su barraca y un chamizo de cañas. :: LP

Bien cerca de la redacción de este periódico, entrelos campos que sobreviven al otro lado del nuevo cauce del Turia, quedan casas huertanas, unas abandonadas, otras semiocupadas y algunas hasta habitadas aún, cuyas paredes se hicieron de 'fang i pallús' (barro y paja desmenuzada), la mezcla hábil de materiales baratos que tenían a mano quienes las hicieron, hace un siglo, o más, cuando todo era penuria, escasez y trabajo bien duro para poder salir adelante.

En medio de ese pequeño mundo que refleja sacrificios casi inhumanos y escasos retazos de un pasado esplendor, un personaje que ama la tierra de la huerta y siempre ha estado sobre ella, se ha dedicado a recordar vivencias, recoger instrumentos y herramientas que ya no se emplean, reunir testimonios y dejar constancia de todo ello, de su vida y la de quienes le rodean y le rodearon. Es José Luis Rodrigo Llopis, presidente de la Cámara Provincial Agraria de Valencia y miembro del Jurado Provincial de Expropiaciones, quien, casi sin pretenderlo, ha hecho un trabajo etnológico encomiable

José Luis ha reunido en un libro, que todavía está en fase de borrador, gran parte de lo que ha sido la vida en la huerta de Valencia en las últimas décadas, sobre todo centrándose en la huerta sur, en la perspectiva desde su pueblo, el Forn d'Alcedo, pedanía de la capital. En él cuenta desde cómo se construían las barracas y las casas hasta cómo se trillaba el arroz de la marjal. Apoyado en fotos antiguas de un gran valor etnográfico, describe cómo se llevaba a cabo cada cultivo, cuando la huerta era un vergel donde se producía de todo y era la despensa de Valencia, de parte de España y hasta exportaba excedentes.

Rodrigo explica que la huerta deValencia ha sido pionera en cultivos de regadío que fueron perfeccionando los agricultores más emprendedores y esforzados, capaces de trabajar de sol a sol cuando las tareas así lo requerían, y aquel esfuerzo permitió aprovechar unos recursos limitados para salir de la pobreza, año a año, ahorrando hasta lo indecible.

Todo aquello ha quedado hoy superado por la realidad y la evolución de las cosas. Los propios huertanos, cuando pudieron, se expandieron a otras zonas, y así llevaron el arroz y las naranjas al valle del Guadalquivir, y extendieron las producciones hortícolas de primor por toda Andalucía y La Mancha, hasta convertirse en la propia competencia que acaba de constreñir el futuro de la misma huerta de donde salieron iniciativas y conocimiento.

José Luis, que nació en 1940, recuerda con emoción que una familia de labradores era capaz de salir adelante con pequeñas parcelas que apenas sumaban unas cuantas hanegadas, muchas veces menos de diez, en ocasiones tan sólo cuatro o cinco. Y eso era posible porque se aprovechaba cada palmo de tierra y salían tres o cuatro cosechas que se iban alternando y se vendían en el mercado de Valencia. Y cuando se lograba ahorrar lo suficiente se adquiría otra parcela, de huerta o de la marjal cercana, para hacer arroz.

Las casas o barracas, según el dinero disponible, se construían en una esquina del campo, a veces sin más entrada que una senda, para no desperdiciar terreno de cultivo. Pero en la huerta no había piedra para construir, eso quedaba reservado a los más pudientes. Las economías modestas tenían que basarse en lo disponible: barro arcilloso mezclado con la paja desmenuzada que quedaba tras trillar el grano. Es decir, el adobe, 'fang i pallús'. Para las vigas se escogían antes algunos árboles que crecían en lasmotas de tierra de las acequias, y encima de las vigas, cañizos que se confeccionaban a laluz de los candiles, después de cenar y antes de irse a dormir las pocas horas que se podía. Y encima de los cañizos, más barro para hacerlo resistente.

Lo sorprendente es que todavía hoy siguen en pie casas grandes que se hicieron así, cuando en sus cambras, en los pisos altos, se guardaron toneladas y toneladas de arroz puesto a secar. Los sacos eran de cien kilos y los subían a lomos por escaleras empinadas. No en balde cita Rodrigo con ironía que los mayores de entonces trabajaban tan duro que acababan deshechos de las articulaciones, como la generación actual de veteranos, jóvenes décadas atrás, que están sufriendo ahora las mismas consecuencias en sus hombros, rodillas y caderas.

Una de las premisas básicas de aquella forma de vida era: «El que guarda quan té, menja quan vol». De ahí la cultura del trabajo y trabajo a toda costa. Divertirse era muy secundario y esporádico, aparte de que había poco en qué esplayarse. Las economías se enfocaban a comprar lo mínimo y producir al máximo en casa lo necesario, para no gastar. Cada familia criaba pollos, gallinas para huevos, patos, conejos, cerdos y en ocasiones vacas y bueyes. Eran autosuficientes en carne y producían para otros. Y así las tareas se componían de un amplio quehacer cotidiano en el que se iba alternando el trabajo en la preparación y cuidado de los cultivos, la recolección, preparación del género para el mercado, el cuidado de los animales, incluyendo las caballerías, la preparación de las siembras de arroz, la siega posterior, la trilla... Por eso cuenta Rodrigo que, aunque había mosquitos, «cuando nos acostábamos no nos picaban, o al menos no nos enterábamos, porque estábamos rendidos».

El caballo era un elemento más de la famili y se mimaba. Era la pieza esencial para todo: máquina de cultivo de la tierra, motor de transporte; hacía de taxi, ambulancia...

Había huertanos que iban cada semana en carro a Cella, en Teruel, para traer carbón. Tres días de ida y tres devuelta, subiendo el Ragudo. Otros fueron año tras año en carro hasta las marjales arroceras que tenían en la Isla Mayor de Sevilla. Tardaban 16 días en llegar. Había pocos camiones, menos dinero y mucho tiempo. El propio Rodrigo hacía el viaje en tractor cada año, con una trilladora, y tardaba 53 horas, casi sin poder dormir.

Eran formas de vida como exigía el momento, estraperlo incluido, cambiando arroz por algarrobas y aceite, que aparte de alimento, era fuente de energía, para iluminar en los candiles. «Eran pocas las casas con luz eléctrica y las bombillas alumbraban menos que un cirio -rememora José Luis-; por la noche arreglábamos los animales a tientas». Y él ha tenido el acierto y el mérito, con la ayuda de su mujer, María Dolores, y de sus hijos, Ana, José Luis y Eduardo, de recopilar todo aquello para que permanezca en la memoria colectiva, «y aun así, a los jóvenesles costará creerlo».

Fotos

Vídeos