Pastores urbanos a punto de dejarlo

Paisaje y paisanaje. Marcos Villarroya cuida sus ovejas entre campos abandonados en TorrentEl auge urbanizador empuja a desaparecer a un colectivo sentenciado además por las importaciones y la caída de los precios

VICENTE LLADRÓVALENCIA.
Miguel, en la paridera. ::                             MARSILLA/
Miguel, en la paridera. :: MARSILLA

En varios kilómetros de caminos bordeados por escombros y basuras, el único pálpito de vida visible y sosegada es el rebaño de 800 ovejas de Marcos Villarroya. Los caminos se asfaltaron, pero un 90% de los campos, o quizá más, están incultos, abandonados, y los animales pastorean las hierbas que las lluvias han espoleado. Estamos en el término municipal de Torrent, muy cerca del casco urbano y también de Alaquás y Aldaia. A 15 minutos del centro de Valencia, si no es en hora punta. A doscientos metros discurre el intenso tráfico anónimo de la flamante autovía CV 36. Al lado está el túnel del AVE. Más allá se extienden los polígonos industriales que no acabaron de cuajar a este lado, les pilló el frenazo inmobiliario y económico en plena vorágine, y ahora crece el pasto que da de comer a estas ovejas de uno de los pocos pastores urbanos que quedan entre nosotros, a punto ya de dejarlo.

Marcos es de familia de pastores de toda la vida, de Allepuz, Teruel. Hacían la trashumancia; en invierno bajaban a tierras valencianas libres de nieve y en primavera volvían a las tierras frescas de su pueblo. Su hermano, Pedro, todavía hace el viaje de ida y vuelta cada año, pero ya no va a pie; lleva a los animales en camión. Eran siete días y ahora son otros tiempos.

Pedro y Marcos tienen sus corrales cerca de la Masía del Jutge, en Torrent, y en los alrededores sólo queda otro compañero, Gabriel, en Aldaia. Todos ellos, deseando que llegue la jubilación, «porque esto es muy sacrificado para nada», confiesa Marcos, añadiendo que «afortunadamente, nadie me va a seguir, así que dentro de cuatro años, cuando cumpla 65, acabaré con esto». Seguro que entonces no sabrá encontrarse,porque este trabajo «es de 365 días al año, todos los años, y hace falta mucho amor por el oficio para seguir adelante».

A su hijo, Miguel Ángel, que tiene 30 años, se le nota que también aprecia este trabajo, que tiene querencia por los animales y conoce el oficio, pero su futuro ya anda por otros derroteros: es profesor de Geografía e Historia en el instituto de Paiporta, aunque está atento a la explotación familiar y echa una mano si hace falta. Como ayer, que nos llevó hasta donde estaban su padre y el rebaño, ayudó en las explicaciones y de paso recogió en la furgoneta a una oveja que acababa de parir y a su corderillo, para dejarlos en la granja. La madre todavía lamía los restos del cordón umbilical del hijo.

Esta es una explotación ganadera enfocada a producir corderos para carne. La misión de las ovejas es hacer de madres,lo que suele ocurrir tres veces cada dos años: la gestación dura cinco meses y se las deja descansar otros cinco entre partos, que se hacen coincidir preferentemente para marzo y agosto, a fin de que así se desarrollen las crías y estén listas para ir al matadero en junio y vísperas de Navidad, cuando hay más demanda en el mercado.

Los corderos crecen estabulados, primero mamando de sus madres y después alimentados con piensos normalizados. En el rebaño sólo van ovejas y una docena de sementales, pero Marcos los va a retirar uno de estos días, porque ahora no es buena época para que cubran a las hembras, parirían a destiempo, para mercados a la baja.

El pastoreo tiene dos motivos esenciales: se aprovecha comida gratis, que no es poco cuando la situación está apurada, y se mantiene a las hembras en ejercicio, lo que es fundamental para el buen desarrollo de sus organismos y de los fetos que lleven en su momento. Es decir, son animales de reproducción y han de estar listos para reproducir bien, que en ello puede estar la pérdida o la ganancia.

Miguel y Marcos advierten que si se llevara una contabilidad como en cualquier empresa, «todos los años habría pérdidas, y si hubiera personal asalariado, también». La ventaja es que esto aún tiene las características de una explotación familiar, donde la madre, por ejemplo, se ocupa de la intendencia doméstica, en un espacio habitable adjunto a la granja, y cuida de ella.

Pero saben que la actividad «tiene los días contados; esto es para pueblos del interior, donde no hay otra cosa, y ni aún así, porque en sitios donde había 20 ganados, ahora queda uno, o ninguno». La culpa es de los malos precios: «Nos pagan sólo 45 euros por animal, 7.500 pesetas, como en 1975». Además, el mundo urbano les empuja: «nadie quiere tener cerca una cuadra, y las autovías no nos dejan pasar aquí y allá. Todo va en contra».