Un anciano muere en una chabola tras rechazar su ingreso en una residencia

Dos empleados del retén fúnebre introducen el cadáver del anciano en el furgón. :: j. martínez/
Dos empleados del retén fúnebre introducen el cadáver del anciano en el furgón. :: j. martínez

El hombre malvivía en una choza sin electricidad ni agua potable desde hace 15 años con la única compañía de tres gatos y una radio

JAVIER MARTÍNEZ VALENCIA.

Un anciano de 80 años de edad, José Gómez Montero, fue hallado muerto ayer al mediodía en la chabola donde malvivía, sin electricidad ni agua potable y rodeado de basura, desde hace 15 años en Valencia. La policía ha abierto la correspondiente investigación, aunque todo parece indicar que el hombre falleció por causas naturales. Nadie ha podido impedir la muerte del octogenario. Ni su familia, ni sus amigos, ni Servicios Sociales, ni la Justicia.

Un vecino y amigo del anciano encontró el cadáver sobre las 15 horas de ayer en un solar de la calle José María de Haro. «Pepe estaba un poco pachucho desde hace unos días, y fui a verlo a su chabola», afirma Anastasio Montes. «Lo encontré recostado sobre la cama. Creía que se había quedado dormido y lo toqué para despertarlo, pero me di cuenta que estaba muy frío y llamé al 112», añade el hombre con el ceño fruncido. Minutos después llegaron varias patrullas de la Policía Local y Policía Nacional. También se desplazó el forense de guardia. Los agentes inspeccionaron de forma minuciosa el cadáver y la chabola.

Tras comprobar que no había signos de violencia ni indicios criminales, uno de los policías fotografió el cuerpo y la choza. Poco después, dos empleados del retén fúnebre trasladaban el cadáver al Instituto de Medicina Legal de Valencia, donde hoy le realizarán la autopsia. Una vez que la comisión judicial abandonó la chabola, un hermano del anciano recogía algunos objetos personales y fotos del octogenario fallecido. «Esto le ha pasado por su mala cabeza. Mi hermano era muy testarudo y no quería ir a la residencia», asevera Pedro Gómez.

Un aparato de radio y tres gatos eran su única compañía cuando terminaba el día. «Le gustaba mucho la radio. Pasaba horas y horas escuchando programas», señala Anastasio. También frecuentaba un bar cercano, cuyo dueño le llevaba el desayuno a la chabola -cuando el anciano estaba enfermo- y recogía comida caliente en una residencia del párroco de la iglesia del Espíritu Santo.

José vivía de la caridad de sus amigos. «Era un hombre que necesitaba ayuda y nos volcamos con él. Mi marido y yo le arreglamos los papeles para ingresarlo en una residencia de Ontinyent, pero perdimos el tiempo. Dijo que no se movía de su chabola», explica Consuelo, la vecina que más ayudó en vida al anciano. Casi todos los días le llevaba una garrafa de agua y le prohibía que calentara la comida en la choza porque temía que pudiera causar un incendio.

Hace dos semanas, el octogenario sufrió un robo en su choza. «Fueron unos miserables. Se llevaron varios botes de comida y el camping gas que Pepe utilizaba para alumbrarse», afirma Consuelo. El dinero no lo encontraron. José guardaba un puñado de euros bajo el mugriento colchón de su cama. Su exigua pensión era de 300 euros.