Zancadas épicas

Trazado. El español Jon Aizpuru y la china Miao Yao corren a través de los Alpes durante su recorrido por la UTMB. / Thomas Bekker
Trazado. El español Jon Aizpuru y la china Miao Yao corren a través de los Alpes durante su recorrido por la UTMB. / Thomas Bekker

La Ultra Trail Mont-Blanc, de 171 kilómetros a través de los Alpes, es el sueño de muchos corredores. En la meta, tras dos días y dos noches, se desbordan las emociones

FERNANDO MIÑANA

Cuando ayer ya estaba impresa una fotografía de Pau Capell en la portada de la prensa local y la gente, con los dedos pringosos de tinta y mantequilla de domingo, ojeaba su hazaña del día anterior, su fantástica carrera en solitario durante 20 horas y 19 minutos para vencer en el Ultra Trail Mont-Blanc (UTMB), en la meta seguían entrando corredores. Gente de todo el mundo que participaba en la misma carrera con pretensiones muy lejanas a las del pequeño corredor de Sant Boi, del Baix Ampurdà, la comarca barcelonesa donde ya presumían de tener los tres anillos de la NBA de los hermanos Gasol y los dos premios MTV de Rosalía, la Rosalía.

Las nubes habían velado el sol que la víspera alumbró con saña la llegada triunfal de Capell, que bebe casi un litro de líquido por hora y se alimenta a base de bolitas de arroz, tortilla de patatas, croquetitas, patatas hervidas, orejones y membrillo, mientras atronaban los gritos del público, «¡Pau, Pau, Pau!», en la place Triangle de l'Amitié que casi obliga a utilizarla como metáfora de los tres países (Francia, Suiza e Italia) que atraviesa la UTMB durante sus 171 kilómetros alrededor del Mont-Blanc, el coloso alpino de 4.810 metros que vigila los Alpes y la ciudad de Chamonix, salida y llegada de la carrera, una población de 9.000 habitantes sobre la que parece que vaya a desparramarse el glaciar des Bossons.

Y en ese domingo nuboso suena la voz melosa de una chica que lo mismo interpreta con su voz y su guitarra 'One love', de Bob Marley, que 'Unchaiden Melody', la famosa canción de la película 'Ghost', un tierno broche para esta carrera que ya tiene 17 años y se ha convertido en la prueba más codiciada por los corredores de montaña de todo el planeta. «El día que me enteré, hace cuatro años, de que existía esta carrera, empecé a prepararla. Y no he parado hasta hoy», explica, no muy sudoroso, no muy exhausto, Marcos Valera, un sevillano de 45 años que estuvo 41 horas en carrera.

«Esto es el Vaticano del trail», añade Andrés Valverde, otro sevillano, de Salteras, a quien sus amigos disuadieron hasta tres veces de que abandonara después de una lesión en los cuádriceps. «Iba bien, el doscientos y pico, pero me he roto. Los colegas me han hecho chantaje emocional y por eso he continuado», explica, guasón, en la meta, mientras repican las campanas de la iglesia de Saint Michel. Valverde le enviaba un vídeo a los amigos de Sevilla en cada parada. En cada uno hacía un gesto para demostrarles cómo estaba. Empezó imitando a Chiquito de la Calzada («no te imaginas las risas de la gente», rememora) o sacaba el bíceps para indicar que estaba fuerte, pero acabó pasándose el índice por el cuello como si fuera un cuchillo para decir que estaba muerto.

Pero en la meta se pasan todos los males y se desbordan las emociones. Corredores que llegan después de dos días y dos noches corriendo por la montaña destrozados y llorosos se abrazan a su gente, trémulos, débiles, pero felices, muy felices. Como Máxime Duhamel, un joven francés que nada más cruzar la meta, echa la rodilla al suelo, saca un anillo de su chaleco (ahí llevan los geles y los bidones con agua) y le pide matrimonio a su chica mientras el público, abundante, sensible, rompe a aplaudir.

Un incendio, clave

La carrera de montaña más deseada del mundo nació por accidente. Un camionero belga llamado Gilbert Desgraves entró al túnel de Chamonix, que comunica Francia con Italia por debajo del macizo, a las once de la mañana del 24 de marzo de 1999. Gilbert transportaba varias toneladas de harina y margarina. Atravesaba este paso de 11 kilómetros cuando el camión comenzó a arder en llamas. Todo el túnel se convirtió en un espantoso incendio que duró 53 horas y acabó con la vida de 38 personas. Las nueve toneladas de margarina hicieron de combustible y ese tramo cubierto de carretera tardó cinco días en enfriarse. El túnel que comunica Chamonix, en el lado francés, con Courmayeur, ya en Italia, permaneció cerrado hasta 2002.

Antes de esa fecha había varias carreras a la sombra del Mont-Blanc. Pero todas iban por carreteras. La primera de todas, dividida en tres etapas, la organizó el esquiador extremo Sylvain Saudan. Cuando se reabrió el túnel se intentó retomar la prueba, pero solo se apuntó un equipo y decidieron cancelarla.

El matrimonio Poletti, el actual sustento de la UTMB, paseaba por la Place du Triangle de l'Amitié un día de otoño de 2002 cuando se encontró con el presidente del club de trail de Chamonix, Rene Bachelard, y concluyeron que aquel lugar era un símbolo de amistad y que tenían que hacer una carrera. Les echó un cable un alpinista e himalayista llamado Jean-Claude Marmier, que años después, en 2014, murió mientras balizaba la carrera.

Ninguno de los amigos tenía mucha idea sobre 'ultrarunning', pero conocían el Grand Raid, una carrera de 162 kilómetros que se celebra en la isla Reunión. Así que se lanzaron a organizar la UTMB. No confiaban mucho en ellos y la gente pensaba que no se inscribirían más de 300 personas. Pero finalmente 700 corredores tomaron la salida en esa primera edición, en 2003. Ese fin de semana hizo muy mal tiempo y solo llegaron a la meta 67.

René Bachelard, que ahora tiene 87 años, un general del Ejército francés, se jubiló a los 56 años y cuatro después empezó a correr. A lo 65 se mudó a Chamonix y escudriñando los archivos del Club des Sports descubrió que algunos ya habían dado la vuelta al Mont-Blanc en 25 horas, lo que le animó a empujar a sus amigos a crear la UTMB. Él era el romántico de los organizadores y los Poletti, los cerebros.

La pareja se conoció en 1979. Eran dos jóvenes que estudiaban una carrera tecnológica. Michel, que nació en Chamonix, se mudó a París, pero cuando tuvieron a su primera hija entendieron que su felicidad estaba en el valle, a los pies del Mont-Blanc. «No había muchos empleos en esa época. Trabajar en un hotel, tener una tienda o ser artesano. El padre de mi marido había sido obrero y no había muchas salidas para dedicarse a la tecnología. Entonces yo, que había estudiado música y vengo de familia de músicos, abrí una tienda de música que tuvimos durante veinte años. Luego fue el momento en el que empezó el micro procesador Amstrad y nos pusimos a ver qué se podía hacer con los ordenadores», recuerda Catherine Poletti de la época, en 1990, en la que abrieron un negocio tecnológico que desarrollaba productos para los comercios del valle.

Hasta que montaron el UTMB y vieron que las carreras «son una buena forma de descubrir las montañas y de hacer turismo deportivo». Ahora, 17 años después, Catherine es la directora del ultra trail más famoso del mundo, aunque han tenido que dejar atrás el romanticismo y crear un completo equipo profesional. Y, lejos de acomodarse en su éxito rotundo, se arriesgaron a exportar su marca. «Esto es como un surfero, que pillas una ola, pero después tienes que trabajar un montón para mantenerte en la cresta. Ahora muchos atletas y organizadores vienen y preguntan. Nos invitan para ver sus proyectos y piden que les demos ideas. En 2014, nos juntamos con otras personas para crear el Ultra Trail World Tour y en 2016 conocimos a Remi Duchemin y creamos las primeras franquicias». La etiqueta UTMB cuelga ya de ultra trails de Omán, Ushuaia (Argentina) y Gaoligong (China). El año que viene llegará a España con el Val d'Aràn, que se celebrará del 3 al 5 de julio con carreras de 55, 101 y 160 kilómetros (y más de 10.500 metros de desnivel positivo).

Catherine, a pesar de ser la directora de la mejor carrera de ultra trail del mundo, vive lejos del divismo. A sus 66 años sigue mostrándose campechana y acude a la carrera con una camiseta de la UTMB, unos pantalones pirata y unas manoletinas. Del cuello cuelgan dos cadenas de oro con sendos colgantes: un corredor y una persona volando en parapente, dos de los emblemas de Chamonix.

Bajo el paraguas de la UTMB se celebran durante toda la semana otros seis trails de diferentes distancias. Uno de ellos es la CCC, de 100 kilómetros, en la que el último clasificado, el 'lanterne rouge', fue un español de 48 años, Gorka Zubeldia, que corre por la montaña con una pierna ortopédica desde 2012. «La gente y los médicos me dijeron que no iba a poder correr por el monte y yo dije que sí», explica en la meta con su extremidad biónica (la cuarta que se compra) en la mano. El corredor de Legazpia (Guipúzcoa) cuenta que durante la prueba se cayó dos veces y se rompió la zapatilla. No se rindió. Como no lo hizo en 2003 cuando se le vinieron encima unos palés y unas cajas y tuvieron que amputarle la pierna por debajo de la rodilla. Un traumatólogo le explicó cómo controlar y engañar el dolor, desviándolo hacia otra parte del cuerpo. «No siempre es efectivo, como cuando el dolor es enorme». Su otra ambición con la carrera es convertirse en una motivación. «No crees que las cosas son posibles hasta que las ves. Por eso estoy aquí», cuenta, orgulloso, después de 28 horas corriendo.

Pero la joya de la corona es la UTMB. La salida es el viernes a las seis de la tarde. La plaza está a rebosar de público (Chamonix recibe esa semana a cerca de 35.000 personas) y a los 2.300 elegidos (han tenido que sumar una cantidad de puntos en tres carreras de larga distancia y ser agraciados en un sorteo) se les pone la piel de gallina cuando suena la épica 'The conquest of paradise', de Vangelis.

Los atletas salen en tromba a pesar de que les esperan 171 kilómetros, 10.000 metros de desnivel positivo acumulado y, en muchos casos, dos noches a la intemperie.

A las cinco y media de la mañana del sábado se ve un reguero de lucecitas blancas en medio de la noche, son los corredores que bajan por la ladera hacia el Lac de Combal. A la entrada del punto de avituallamiento, una chica, en cuanto ve que se aproxima algún corredor, le grita a la oscuridad: «¡Vamos, Róber!». Sentado en un banco está Eloy Quintana, que pasa un momento duro y da algo de pena. «El sueño me mata. Cuando llegue a Courmayeur me voy a echar una horita. Espero que esté mi mujer, aunque tenemos dos niños pequeños y a lo mejor no puede...». Más entero, horas después, está Ángel Salvo, probablemente el corredor con peor memoria de la UTMB. Ha llegado al avituallamiento con algo de retraso porque la primera vez que bajó de la montaña se dio cuenta de que en la cima había parado a hacer una foto y se había olvidado el teléfono. «A mitad de la subida, en dirección contraria al resto de corredores, un francés me ha preguntado que adónde iba, le he explicado y ha sacado mi teléfono. Soy un desastre. No es la primera vez que me pasa. Hace unos meses me lo dejé bajando de una montaña en los Pirineos. Al volver a por él, me encontré a unos chicos, llamaron y, un milagro, sonó al lado de donde estábamos», recuerda este hombre de Zaragoza mientras se come una loncha de queso. Comer, dormir, caminar y correr. Todo por el sueño de la UTMB.