Trabajar a medias se pone de moda

Trabajar a medias se pone de moda

En inglés se llama 'job sharing' y consiste en compartir un mismo empleo con otra persona. Se pierde la mitad del sueldo pero se gana tiempo

JAVIER GUILLENEA

Las nuevas generaciones de nativos digitales ya no se aproximan a su primer empleo con las mangas remangadas, mandíbula firme y dispuestas a vivir para trabajar, a darlo todo por la empresa porque el trabajo dignifica al hombre, etc, etc. Tener trabajo no es para ellos un fin sino un medio para alcanzar metas como viajar, surfear o acudir a conciertos, ellos creen que lo mejor de la oficina son las vistas al exterior y que hay otras formas de hacer las cosas sin que eso signifique que se hagan mal.

Reclaman tiempo, flexibilidad horaria, la posibilidad de realizar tareas en casa, de pisar menos un despacho donde las horas se consumen entre charlas y tazas de café. No es uno de esos cambios revolucionarios que llegan como una ola para arrastrarlo todo, pero sí el nacimiento de una mentalidad que ha surgido de la mano de las nuevas profesiones digitales y que está obligando a muchas empresas a buscar modelos organizativos laborales diferentes.

Una de estas fórmulas es el 'job sharing' o trabajo compartido, un sistema por el que dos personas comparten un mismo empleo, un mismo sueldo y una misma responsabilidad. Quienes se suben al carro de este modelo deciden entre ellos si van a trabajar las mismas jornadas en diferentes turnos o, como ocurre en la mayoría de los casos, se relevan cada tres o cuatro días o en semanas alternativas. No se reparten las tareas sino que desempeñan la misma labor como si fueran una sola persona. En palabras de Juan Antonio Fernández, director general de Habittud Consulting, deben ser capaces de pensar y actuar «como si fueran gemelos».

Con retraso

El trabajo compartido ha irrumpido con fuerza en Europa, donde el 25% de las empresas ya oferta este tipo de puestos, aunque este porcentaje varía mucho según los países. En Reino Unido casi la mitad de las compañías ofrecen esta posibilidad, que también se está extendiendo en Alemania, Holanda, Dinamarca y Suiza. En España, por el contrario, ni se la ve ni se la espera, al menos a corto plazo.

«Siempre vamos unos años por detrás en tecnología y en nuevas prácticas empresariales. Aunque esta distancia está disminuyendo, en materia de gestión hay un componente muy tradicional», se queja Francisca Morán, directora corporativa de IMF Business School. Para la consultora de transformación digital Raquel Roca, las compañías españolas se ven lastradas por una cultura del presencialismo que nos lleva a pensar que «somos más productivos si nos están viendo» y una organización «basada en el proceso industrial y no en la era digital». «Aún tenemos que entender que no podemos trabajar como hasta ahora, que debemos ser más colaborativos», recalca.

Pese a este retraso, Francisca Morán se muestra convencida de que el trabajo compartido acabará entrando en España porque es una modalidad que están reclamando las nuevas generaciones. «Valoran mucho su tiempo y demandan flexibilidad para poder hacer otro tipo de cosas», indica.

El 'job sharing' no está indicado para todas las profesiones ni peldaños del escalafón. «Si eres un camarero no compartes un puesto sino turnos», explica Juan Antonio Fernández. Los altos directivos tampoco entran en el perfil porque, como dice Ricard Serlavós, profesor del Departamento de Dirección de Personas y Organización de Esade, «sus agendas están muy condicionadas por reuniones, entrevistas o viajes». En Reino Unido son los mandos intermedios de departamentos ministeriales o grandes empresas, con salarios altos, quienes más se acogen a este sistema.

El gran inconveniente es el sueldo, que se reduce a la mitad y es otro de los motivos por los que en España no ha cuajado el modelo. «Aquí los salarios son muy bajos y una persona que gana 1.300 euros no se puede permitir repartirlos», recuerda Ricard Serlavós. Pero incluso este problema puede ser visto como una oportunidad. «Puede que el sueldo no dé para vivir, pero a alguien que se tiene que dedicar al cuidado de un dependiente, por ejemplo, esta opción le permite mantener un enlace con la vida profesional», afirma Francisca Morán.

En un mercado laboral en el que los jóvenes valoran la flexibilidad casi tanto como el sueldo y en el que las empresas están comenzando a pagar por tareas realizadas y no por tiempo, el trabajo compartido es mucho más que una manera de dejar de ganar dinero. «Hay profesionales que ejercen como 'freelancers' de la docencia o elaboran proyectos puntuales para otras compañías. El hecho de saber que tienen un puesto concreto en una empresa les garantiza estabilidad y un sueldo, aunque sea la mitad», señala Francisca Morán. «También se puede utilizar el tiempo para emprender y montar un negocio propio mientras se mantiene un salario fijo», puntualiza Raquel Roca. O simplemente, añade Juan Antonio Fernández, puede darse el caso de una persona «que ha llegado a una buena posición laboral, tiene su economía cubierta y quiere dedicarle más tiempo a su familia o a sus aficiones».

J. Antonio Ferrnández. Habittud.
«No es una cuestión de turnos, sino de responsabilidad»
Francisca Morán. IMF.
«Los jóvenes valoran mucho su tiempo y demandan flexibilidad»
Raquel Roca. Consultora.
«Este modelo es limitador porque acabas haciendo lo mismo que el otro»
Ricard Serlavós. Esade.
«No tienen que ser clones pero deben llevarse casi mejor que un matrimonio»
Gina Aran. Inginium.
«Tienen que funcionar como una sola persona»

«Un puesto, no dos»

«Lo importante, lo que hay que entender, es que no es una cuestión de turnos sino de responsabilidad», insiste Juan Antonio Fernández. El trabajo compartido no es equiparable a la reducción de jornada o al contrato a tiempo parcial, donde se produce un intercambio de individuos y poco más. «Es un puesto, no dos. Quienes lo comparten tienen que funcionar como si fueran una sola persona, los demás no deben tener la sensación de que se están comunicando con dos», asegura Gina Aran, socia directora de la consultoría Inginium.

El éxito de este modelo se basa en la capacidad de emparejar a las personas adecuadas, porque no todos valen para compartir un trabajo. «No tienen que ser clones pero sí se deben coordinar y comunicar muy bien. Tienen que llevarse casi mejor que un matrimonio», advierte Ricard Serlavós. Y es aquí donde pueden comenzar los problemas.

Como en toda relación de pareja, las ventajas vienen en el mismo saco que los inconvenientes. La empresa, sostiene Gina Aran, «tiene dos cerebros para el mismo puesto, cuenta con más riqueza de talento, lo que le garantiza más productividad». «Además -añade-, al tener más flexibilidad el empleado está más motivado y trabaja mejor».

Pérdida de identidad

Juan Antonio Fernández también cree que «contar con dos puntos de vista es positivo a la hora de tomar decisiones», pero Raquel Roca no lo ve de la misma manera. Para ella, compartir un trabajo no es tan enriquecedor como parece. «La bicefalia nos debilita como profesionales. Es difícil desarrollar nuestro aspecto creativo cuando solo hacemos lo mismo que otra persona», afirma. En su opinión, el trabajo compartido «es limitador porque no te atreves a arriesgarte para no perjudicar al otro y acabas haciendo lo mismo». El resultado es que ambos «pierden su identidad».

Para que todo vaya como la seda los individuos que comparten un trabajo no solo deben ser excelentes profesionales sino también mejores personas. Además de llevarse bien tienen que ser capaces de dejar de lado sus egos y su competitividad, de superar la humana tentación de apropiarse de los logros ajenos y culpar de los errores al prójimo y de comprometerse a respetar las decisiones de la otra mitad y nunca enviar órdenes contradictorias a los subordinados. Y puestos a compartir, deben contar con «un mismo número de teléfono y un mismo correo electrónico para que no sea un caos», explica Juan Antonio Fernández. No es que sean uña y carne, es que tienen que ser ambas a la vez.

Las empresas españolas encuentran demasiado innovador el trabajo compartido pero, a la vez, «se dan cuenta de que es una respuesta a las necesidades de los nuevos profesionales», asegura Francisca Morán. Perciben también que «si tienes talento en casa hay que mantenerlo y para ello es básico dar respuesta a sus necesidades». Si no quieren volver a quedarse atrás, es mejor que se den prisa porque el mundo laboral no deja de cambiar.

«En diez años tendremos generaciones con nuevas ideas y con unos niveles de exigencia en el trabajo en términos de tiempo y conciliación», pronostica Gina Aran. En un plazo de veinte años, avanza, «la frontera entre trabajo y lo que no lo es va a quedar difuminada», al igual que las distancias físicas. La máxima será trabajar para vivir y hasta el lugar dejará de ser importante. Cualquier cosa podrá ocurrir, como que «dos personas compartan un puesto desde países diferentes», dice la consultora.

Nueva cultura

'The Guardian'.
Las periodistas Anushka Asthana y Heather Stewart se presentaron juntas a un proceso de selección para ser designadas editoras jefe del medio británico 'The Guardian'. Ambas fueron elegidas para el mismo puesto.
25%.
Según la consultora Robert Half, una de cada cuatro empresas oferta trabajos compartidos en Europa. Esta cifra sube hasta el 48% en Reino Unido, donde ha arraigado en la administración y grandes compañías.
Partido Verde.
En septiembre de 2016 Caroline Lucas y Jonathan Bartley fueron elegidos colíderes del Partido Verde de Reino Unido. Se convirtieron así en los primeros políticos en compartir su trabajo, lo que les permitió pasar más tiempo con sus familias y con los vecinos de sus circunscripciones.
6
de cada diez empresas españolas disponen de jornadas con horarios flexibles, aunque solo el 17% las mantiene para todos sus empleados, según la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas navarras.
La felicidad.
Según la última encuesta sobre la felicidad en el trabajo elaborada por Adecco, los españoles valoran como lo más importante para ser feliz en el empleo el disfrute de un horario que permita conciliar vida personal y profesional, con 8,22 puntos sobre diez.