"Sufro migrañas desde los 14 años"

Inés Rodríguez, en la consulta del doctor Pascual, en el Hospital Grande Covián de Arriondas /
Inés Rodríguez, en la consulta del doctor Pascual, en el Hospital Grande Covián de Arriondas

Esta paciente de migraña crónica ha sufrido dolores de cabeza 25 días al mes. Lleva tres años tratántose con toxina botulítica y, a sus 55 años, afirma que su vida ha cambiado

PILAR MANZANARESmadrid

Inés Rodríguez Iglesias, a sus 55 años, es toda una experta en lidiar con esta enfermedad, que comenzó a padecer a los 14 años y que se comenzó a cronificar a partir de los 30, hasta que los dolores ocuparon 25 días de cada mes. «Su migraña es crónica y de larga evolución y además ha sido refractaria a todos los fármacos orales que hay en el mercado. Ahora está solo tratada con toxina y tiene poquísimas crisis», explica el doctor Pascual.

«Yo llevo tratándome con la toxina tres años y desde el primer pinchazo no tuve más dolor. Antes iba cada tres meses a repetirlo y ahora ya cada cuatro, pero en todo este tiempo solo he tenido una crisis y ni siquiera de las fuertes, mientras que antes llegaba hasta a perder la memoria. Ni viajaba, ni iba a cenar ni nada. De hecho cada vez que he salido de viaje he visitado las urgencias de donde he estado. El doctor Pascual ha sido mi salvador, gracias a él he empezado a vivir», dice Inés que ahora puede trabajar normalmente como celadora en el Hospital Grande Covián de Arriondas (Asturias), cuidar de sus nietos sin problema y llevar una vida normal.

Carmen padece de un espasmo hemifacial secundario a una parálisis facial que se produjo cuando a los 23 años fue operada de un oído. Ahora, a los 65 años, reconoce: «He vuelto a tener ilusión por arreglarme y ya no rechazo el espejo, que no es poco». Solo se duele de que su marido muriera sin poder verla así: «Tuvimos un amor tan precioso».

Cuando el doctor Lassaletta, especialista en otorrinolaringología en La Paz, remitió a Carmen a la consulta de la doctora Moraleda no imaginaba cómo iba a cambiarle la vida. Su tratamiento consiste en una reeducación neuromuscular facial para aprender a controlar el gesto, completado con infiltraciones de toxina botulínica. «Y así empezó nuestra relación, ya llevamos cuatro años de amor», se ríe sin dejar de alabar a los dos doctores que tanto le han ayudado. No es para menos, porque en parte Carmen ha recuperado su vida: «Ya me atrevo a comer en público, puedo ir a restaurantes, y como ves me dejo hacer fotos, mientras que antes las odiaba y hasta llegaba a romperlas».