«Los deportistas de élite tenemos un punto de locura»

«Los deportistas de élite tenemos  un punto de locura»

La nadadora Ona Carbonell acaba de cumplir 27 años y casi nueve con su novio. «Creo que he encontrado la perfecta sincronización también fuera del agua»

ARANTZA FURUNDARENA

El lunes cumplió 27 años y lo celebró con una comida familiar. «Luego me pasé la tarde deshaciendo maletas, poniendo lavadoras y secadoras». A la edad en que otros jóvenes aún no han salido del cascarón, Ona Carbonell lleva a sus espaldas más de una década dándole la vuelta al mundo. Aunque, como ella misma matiza: «No veo más que piscinas y hoteles». Es la grandeza y el sacrificio de una deportista de élite, actual capitana del equipo de natación sincronizada y ganadora de más de 20 medallas. El jueves salió del agua para sumergirse en otro océano que le apasiona, el de la moda. Ona actuó en su Barcelona natal como madrina del rastrillo solidario de la firma Intropia y la Fundación Vall d'Hebron. El objetivo: apoyar a los jóvenes investigadores en temas de salud.

Para la deportista el evento era especial, «porque soy hija de médicos y en mi casa nos pasábamos las comidas y las cenas hablando de medicina». Su padre es reumatólogo y su madre traumatóloga. Y fue mamá la que le enyesó la muñeca cuando se la rompió de niña. Ona estaba predestinada. Su nombre significa ola en catalán. Y no recuerda el día en que la metieron por primera vez en el agua, «porque tendría tres meses», pero supo que ese era su hábitat... Nadar es su vida. Pintar, su gran afición. Y comprar ropa, su pequeño vicio. «Mi novio siempre me echa la bronca porque tengo el armario de casa a tope», confiesa.

En la piscina, la perfecta sincronía que demuestra Carbonell con su actual pareja artística, Paula Ramírez, les ha llevado a colgarse este año un oro en Japón, dos en Italia y otro en Gran Canaria. Encontrar semejante compenetración fuera del agua parece imposible. «Pero yo creo que con Pablo lo he conseguido -apunta la nadadora-. Llevamos casi nueve años y nos va muy bien». Pablo Ibáñez ha sido gimnasta y eso le permite entender la enloquecida agenda de su novia, que pasa más de ocho horas al día a remojo, pronto competirá en Nueva York y después irá al Mundial de Budapest... «Yo en casa soy muy ordenada. Mi chico, no tanto». Nada que no apacigüe una cena romántica en un restaurante japonés con buen 'sushi', la comida favorita de esta sirena.

Ona no sabe lo que es la operación bikini. «El día que deje de competir sí que tendré que cuidarme. Ahora como sano pero de todo, y si voy al cine no me privo de unas palomitas». Ser capitana de un equipo tiene para ella un sentido pedagógico, el de transmitir sus conocimientos a esas jóvenes nadadoras que llegan «con ganas de darlo todo». Lo de mandar no le gusta. «Siempre he pensado que las cosas salen mejor cuando te nacen de dentro, sin que te fuercen».

El canto de esta sirena que dice cantar «fatal», sus armas de seducción son «mi positivismo y mi sonrisa». También, la serenidad que demuestra en los momentos críticos. «Pero eso se entrena con psicólogos y 'coaches' -matiza-. Mi madre siempre dice que ser deportista de élite es como tener dos carreras: la deportiva y la humana. Con 14 años tienes que enfrentarte a un mundial, mucha gente depende de cómo lo hagas. Todo esto te curte como persona». También hay alguna sombra... «A veces soy demasiado obsesiva. Pero lo voy puliendo. En el fondo -reflexiona Carbonell- creo que todos los deportistas de élite tenemos un punto de locura, de querer algo y no parar hasta conseguirlo».

«Nada competitiva»

No siente haberse perdido la infancia, «porque he hecho lo que he querido». Fue una niña «vergonzosa, bastante tranquila, muy observadora». Y nada competitiva fuera del agua. No como su hermano Max, que quiere ganar hasta en el parchís. Ona habla de él con admiración: «Con solo 28 años ya es doctor en Biología Humana, ha sacado 'cum laude', y ahora lleva casi un año recorriendo el mundo». Ella tampoco se queda atrás: además de ganar medallas y estudiar diseño, pinta y dibuja al carboncillo. Julia Roberts y Woody Allen son dos personajes a los que le gustaría retratar al natural. «El humor de Allen me encanta, y eso que luego un chiste tienen que explicármelo cuatro veces».

Le pregunto a Ona qué vitaminas les daban a ella y a su hermano de niños... «¡Nada! Si nos dolía algo nos decían 'Tómate un ibuprofeno'. En casa del herrero...». A esta simpática barcelonesa solo hay algo que le hace sentirse como pez fuera del agua: «Permanecer un rato de pie. Lo paso fatal, me duele todo. Es por las horas que paso en ingravidez». Bueno, eso y hablar del problema catalán... A esa piscina dice que no se tira. No sea que no haya agua.