«DENUNCIÉ CUANDO ME SENTÍ PREPARADA»

«DENUNCIÉ CUANDO ME SENTÍ PREPARADA»
Óscar Chamorro
Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Los recuerdos la alcanzan como rayos. A sus 33 años, no logra desentrañar con certeza a qué edad comenzaron los abusos a los que la sometió el primo hermano de su abuela, que vivía patio con patio a la casa de sus padres. Ella pasaba allí las tardes, al cuidado de su abuela, que un mal día cayó por unas escaleras y no pudo ir a recogerla de la guardería. Ese día la recogió él. Con la excusa de curarle una herida, empezó a besarla. También sus partes íntimas. «Este recuerdo despertó el año pasado», asegura Cristina, sobreviviente de abusos sexuales y activista por los derechos de la infancia. «Yo tenía dos o tres años».

«El segundo recuerdo sucedió cuando su mujer, que era costurera, me hacía el vestido de la comunión», prosigue. «Él vino por detrás, metió su mano por debajo y me penetró con su dedo. Yo tenía nueve años. Otra vez me desperté de la siesta con él tocándome. A los doce me esperó en la ducha, se quitó la ropa, se metió conmigo, me hizo sangre. No le importaba que mi abuela y mi tía estuvieran cerca. Lo hacía en silencio, lo preparaba todo. Era casi a diario. Me hacía chantaje emocional, me sobornaba con pesetillas y chuches. Me confundía. A esa edad no sabes cómo contarlo, tienes miedo de que no te crean, no sabes bien lo que pasa y se crea un vínculo que te trastorna la vida. Su mujer me trataba como a una nieta y yo a él lo quería. Pero cuando trataba de tocarme, yo me encogía».

Quien ha sufrido abusos sexuales en la infancia esconde un perfil de «inseguridad, desconfianza y miedo», enumera García Marqués. «Dependiendo de la resilencia de cada persona y del tipo de abuso sufrido, puede tener baja autoestima, sentimiento de culpa, disociación; padecer enfermedades mentales, como bulimia y anorexia; recurrir a las drogas y al alcohol. Necesita poner las cosas en su lugar: un niño es inocente. Es normal que quiera sentir afecto y cariño, pero nunca busca la sexualidad, nunca es responsable de la agresión».

El comienzo del largo proceso de liberación de Cristina sucedió con el crimen de las niñas de Alcácer, en 1992. Ella tenía siete. «Al escuchar lo que se decía por la tele, empecé a darme a cuenta de que lo que él me hacía no estaba bien. Pero se supone que él era una persona que me protegía, entonces ¿cómo me iba a hacer daño?, pensaba». Las violaciones continuaron durante años. «Me gustaba jugar allí, pero no que me tocara y quería que acabara rápido», rememora Cristina. «Al empezar a salir con mis amigas, supe muy bien lo que me pasaba, pero me repetía: me ha tocado a mí y tengo que asimilarlo. Era un sufrimiento horrible al que puse fin a los quince años, cuando me eché novio. Fue una forma de decir que mi cuerpo ya no le pertenecía a ese señor. Aquel novio fue como una barrera de protección. Pero él seguía yendo a mi casa. Entre los 15 y los 21 insistía, y yo no decía nada. No quería que mis padres sufrieran. Recuerdo una cena de Navidad en la que trató de meterme mano bajo la mesa».

A los 21 años, Cristina acusó a su agresor frente a sus padres. «Lo encontré en casa y dije: el tío me ha tocado y no quiero que entre más en esta casa porque me ha hecho mucho daño», cuenta. «Fue muy fuerte. Mis padres no se lo imaginaban. Ellos nunca fueron negligentes pero trabajaban todo el día. No sabían por qué me hacía pis en la cama de niña, ni por qué tenía tanta furia dentro. Cuando tiraba las cosas, yo estaba gritando en silencio». Los traumas parecen imponer un tiempo paralelo. Más de una década después de contarlo en casa, y que la tragedia quedara dentro de esas paredes, Cristina denunció a aquel hombre, que ya cumplía 90 años, ante la ley. «Sabía que el delito había prescrito, pero denuncié cuando me vi preparada y me sentí capaz. Desde entonces estoy empezando a crecer, como si hiciera borrón y cuenta nueva. Las víctimas necesitamos contarlo y yo ahora puedo verbalizar lo que sufrí». Le da miedo salir sola de casa. Tampoco puede mantener relaciones. Como las demás víctimas entrevistadas para este reportaje, Cristina, en terapia psico y farmacológica por depresión, prefiere que quede en reserva cualquier dato que pudiera identificarla.

Reportaje: