Carlos Fornes: «No tuve las agallas de ser médico porque era bastante hipocondríaco»

Carlos Fornes./Damián Torres
Carlos Fornes. / Damián Torres

Creció frente al espejo de un padre ejemplar, pediatra de origen humilde que llegó a presidir el Colegio de Médicos. «Y eso que no conocía a nadie entre la gente de la sociedad valenciana», apunta este hijo orgulloso que tiró por el Derecho, pero enfocado a la defensa de los profesionales sanitarios

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Entre las terrazas de los bares y la gente que callejea en plenas Fallas por la calle Convento de Santa Clara cuesta llegar al patio del despacho de Carlos Fornes, abogado especializado en derecho sanitario. Las molduras que recuerdan un pasado insigne, los muebles modernos y alguna obra de arte exquisitamente seleccionada hablan de un propietario con un gusto por el interiorismo y por rodearse de cosas bonitas. Fotos de la familia, un retrato de su padre y también de la Virgen de los Desamparados completan la estampa de su despacho.

-Su padre, José Fornes, llegó a ser presidente del Colegio de Médicos de Valencia y del Consejo General de toda España. ¿Cómo fue crecer junto a esa figura?

-La verdad es que ha sido un ejemplo. Y dirá: «Claro, como todos». Pero en su caso se juntan muchas razones. La primera, que siempre fue una persona humilde. Mis abuelos, sus padres, tenían una pequeña pescadería en el barrio de Ruzafa y bastante es que pudieron pagarle unos estudios universitarios. Y él, en la calle Sagunto, donde empezó, se forjó como ese médico de toda la vida, que subía y bajaba escaleras, a quien todo el mundo apreciaba. Le cuento una anécdota. Cuando llegaba Navidad, todo el salón se poblaba de pequeños obsequios, ya fuera una botella de vino o unas longanizas del pueblo, que le llevaban sus pacientes.

-Parece increíble que siendo un médico de barrio llegara a lo más alto.

-Ese fue su segundo mérito: presentarse a las elecciones del Colegio de Médicos de Valencia y ganar de forma sorprendente, porque no conocía a nadie entre la gente de la sociedad valenciana. Sólo a sus pacientes. ¿Dónde iba aquel pediatra? Imagínese para nuestra familia. Tenía una vocación, intentar que la profesión se dignificara. Y de la nada llegó bastante alto. Mis abuelos no pudieron verlo pero supongo que desde el cielo lo habrán disfrutado, porque no es normal ese tesón y ese sacrificio.

-¿Vive todavía?

-Sí, ya está muy mayor, con 88 años todavía nos conoce pero anda despistado. Aún lo tenemos aquí, que no es poco.

-¿No se le pasó a usted por la cabeza ser médico?

-Tuve dudas. Mis hermanos sí lo son, pero por circunstancias de la vida elegí estudiar Derecho. Eso sí, lo he enfocado a defender a los profesionales sanitarios, ya que no tuve las agallas de ser médico, porque de más jovencito era bastante hipocondríaco.

Mentalidad positiva

No encuentra ninguna espina clavada Carlos Fornes, porque ve el lado positivo en su trayectoria. «Nunca pensé en tener un despacho así», asegura, aunque reconoce que el apellido también encierra sus inconvenientes, «porque piensan que te lo han dado todo hecho». En la parte personal tampoco le queda nada en el tintero: «Ahora cuando tengo posibilidad viajo, que es lo que me gusta».

-¿Qué ha recibido de su madre?

-Me encanta la decoración, ella tiene muy buen gusto y siempre le interesó el interiorismo, las artes y la moda. A mi padre le elegía las corbatas y si la ve está estupenda, es muy coqueta.

-Revista de Valencia estuvo en su casa, una preciosidad de ático en la plaza de la Reina, donde no vive con nadie. ¿Lleva bien la soledad?

-Quizás de los tres hermanos sea el más familiar, aunque viva solo y no me haya casado ni tenga hijos. Es verdad que al trabajar tanto el ratito que estoy en casa por la noche me reconforta, pero en general prefiero rodearme de gente. En ese sentido, como me enseñó mi padre, me gusta reunirme para celebrarlo todo. Lo que sea: que estamos vivos, que tenemos salud... Cualquier cosa.

-¿Le absorbe el trabajo?

-Mi madre me dice que tengo que descansar más, pero a mí me gusta trabajar, vengo incluso los fines de semana, aunque sé que también hay que vivir la vida. Los sábados y domingos me dedico a mis padres, porque entre semana apenas los veo, y como sé que están en la recta final y dentro de poco se va a acabar, disfruto con ellos. Me cuidaron de pequeño y ahora lo hago yo, que son mayores. Además, me considero un privilegiado y he tenido mucha suerte en mi trayectoria.

-He visto que tiene una imagen de la Virgen de los Desamparados. ¿Es importante para usted?

-Soy creyente, aunque no practico mucho por falta de tiempo. Eso sí, de los Salesianos me llevé la devoción por María Auxiliadora, a la que llevo en la cartera, y también me gusta visitar a la Mare de Déu, que la tengo tan cerquita de casa... Me da mucha paz, rezo un ratito y me voy.

-Ahora que estamos en Fallas, ¿también las vive?

-Soy muy valenciano, es verdad, y quería al menos una vez en la vida ir a la Ofrenda. Lo hice con la falla Blanquerías y repetí, porque al año siguiente la fallera mayor de Valencia era de esa comisión, y eso de entrar los últimos, de acceder a la Basílica, fue algo increíble. Las Fallas son la expresión del pueblo valenciano, pero ahora prefiero ir a mi ritmo. Y viviendo en la plaza de la Reina… Recuerdo que el primer año pensaba que tenía una banda de música en el salón. Luego me acostumbré.

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