El campeón de la naranja 'preparada'

Julio Povo (izq.) y Jaime Capilla. / a. vergara
Julio Povo (izq.) y Jaime Capilla. / a. vergara

No es una fruta que se pida en los restaurantes. Nuestro 'cítrico-símbolo' vegeta, mustio, tras las vitrinas refrigeradas

ANTONIO VERGARA

Aquí abundan los naranjos. En primavera explota la flor del azahar y huele a naranjo y a naranja, en plena comunión paritaria socialista. La huerta, los adosados y los chalés junto a los huertos se perfuman con azahar. Es un mágico y repetido fenómeno cósmico, como los vestidos de novia, las Fallas y el 'consechal' Grezzi.

Según una encuesta del Centro de Naranjos (CDN) y de la Internacional del Matrimonio (IM), al menos un 83'5 de españoles (y españolas) prefiere casarse, por lo civil o lo eclesiástico, cuando la fragancia del azahar impregna la atmósfera terrícola.

Una novia debe irradiar un aroma reglamentariamente suave y embriagador, y por esto se casa, mayoritariamente, entre abril y junio. Aunque si contrae nupcias en diciembre, la imaginación humana o una floristería solventan el desfase estacional.

La novia, pues, huele a azahar. Puede que no sea del todo cierto por las numerosas colonias de marca que suplantan a la Naturaleza y la naranja. En todo caso, la novia, por lo civil, lo eclesiástico o lo militar, es una metáfora de la 'naranja preparada', la susodicha flor y la Primavera.

No deja de ser una paradoja que Vicente Blasco Ibáñez escribiera aquello de «los naranjales como un oleaje aterciopelado», o que Ibn-Jafaya, poeta hispano-árabe del siglo XI, asegurara -refiriéndose a esta región- que «el jardín de la felicidad eterna no está sino en vuestra tierra».

¿Por qué paradoja? Porque la naranja no es una fruta que se pida en los restaurantes. Lo observo desde hace muchos años. Nuestro 'cítrico-símbolo' vegeta, mustio, tras las vitrinas refrigeradas. Su demanda es mínima. Buscando una causa que explique esta, en cierto modo, anomalía del espíritu (léase 'Psicopatología de la vida cotidiana', de Freud) he hallado una, la principal, y se llama pereza, vagancia o gandulería. Efectivamente. La naranja hay que pelarla, lo cual requiere un trabajo extra en la mesa. Al solomillo le sucedería lo mismo si hubiera que quitarle la piel. La venta de solomillos descendería un 76'69 %.

A esta problemática que aqueja a la naranja, sobre todo en los restaurantes y figones, vocablo sugerente y casi perdido que rescató Lorenzo Millo del baúl del lenguaje (aún no había nacido doña Concha Piquer), un profesional de la hostelería le encontró un remedio: la 'naranja preparada'. La inspiración le vino durante el noviazgo de su hija. Naturalmente, esta anécdota data de los años cincuenta del siglo XX, cuando las futuras esposas eran 'preparadas' cristianamente para contraer matrimonio.

Por una asociación de ideas, dedujo que si a las novias se las 'preparaba', ¿por qué no 'preparar' también a las naranjas del postre, a la sazón muy habituales en las minutas de las bodas, banquetes y comuniones? Dicho y hecho. Comenzó a ensayar con una 'naranja de Carcagente, envuelta en el cinturón de sus frondosos huertos' (Blasco Ibáñez). Una naranja dispuesta a todo. Hasta perder su ropa al pelarla. Al principio iba a bautizarla como 'naranja pelada'. Le sonó vulgar y le cambió esta denominación por 'naranja preparada'. Con todo, no era una naranja para banquetes. Así que no pasó de ser un capricho para las mesas con muy pocos clientes y vagos.

El gran virtuosismo -ulterior- de los profesionales españoles de la época de 'Vente a Alemania, Pepe', consistía en sujetar una naranja con el tenedor y, valiéndose de un afilado cuchillo, quitarle la piel sin interrupciones, de principio a fin, y con ambos brazos en suspensión.

Después, y luego de haberla rasurado, se servía al natural o 'preparada' con Cointreau u otras bebidas licorosas. La piel se dejaba en un plato. Algunos clientes la cogían para llevarla a sus domicilios. Con ella aromatizaban los armarios roperos.

En Valencia hubo un campeón de la 'naranja preparada'. El 'maître' del restaurante El Gourmet, Julio Povo Mañes, natural de Torás. Trabajó varios años en los mejores hoteles de Suiza. Sirvió a Marcello Mastroianni, Omar Shariff o Alain Delon en el restaurante 'L'Or Du Rhone' (Ginebra). Felizmente, Julio Povo todavía vive.

 

Fotos

Vídeos