Otra visión de la escena

José-Miguel Vila, ayer en una de las salas de los madrileños Teatros Luchana. :: José ramón ladra/
José-Miguel Vila, ayer en una de las salas de los madrileños Teatros Luchana. :: José ramón ladra

José-Miguel Vila es invidente y crítico teatral. «Juego con la intuición»

ANTONIO PANIAGUA

José-Miguel Vila sólo tiene un 2% de visión en un ojo. A menos de un metro de distancia del interlocutor apenas ve un bulto de un color indefinido y unas luces difusas. Pese a su ceguera, Vila no se pierde ni un estreno teatral. Alguna vez ha llegado a ver ocho funciones en una misma semana. Llega al teatro con bastante antelación, acompañado siempre de su mujer. Escoge una butaca entre las primeras filas y escucha las indicaciones de su esposa, que le resumen escuetamente cómo es la escenografía. En el transcurso del espectáculo ya no volverá a hablar más con ella. Lo que sí hace es desplegar un catalejo de ocho aumentos para atisbar al actor que en ese momento interpreta su texto. El ritual nunca cambia, es el que repite siempre antes de escribir sus críticas teatrales para el periódico digital 'Diario Crítico'. El periodista es noticia porque acaba de publicar 'Teatro a ciegas' (Editorial Esperpento), un libro en el que desvela su discapacidad. Porque es precisamente ahora cuando mucha gente del mundo de la escena ha descubierto su invidencia.

«Un montaje consta de muchos elementos. De lo que se trata es de que todo esté perfectamente imbricado y coordinado, y eso se aprecia no tanto con la vista como con la inteligencia. Juegan mucho otros sentidos, junto a la experiencia y la intuición», asegura Vila, quien se confiesa un devoto admirador de Aitana Sánchez-Gijón y Blanca Portillo.

El escritor y periodista no ha sido invidente toda su vida. Sí que se recuerda llevando siempre gafas por culpa de una miopía magna. Con veinticinco dioptrías en cada ojo, su rostro destacaba por unos cristales de culo de vaso, y «aún así no veía tres en un burro». Era un buen estudiante, un periodista salido de la segunda hornada de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Se baqueteó en el oficio en el Servicio de Información Sindical (SIS), la agencia de prensa del sindicato vertical. Y cuando los medios de comunicación herederos de la dictadura se disolvieron, entró a trabajar en el gabinete de prensa del Ministerio de Cultura. Al mismo tiempo que recortaba noticias y hacía informes para el ministro, colaboraba en RNE, 'El Noticiero Universal' y la agencia Efe. Sin embargo, todo pareció irse al garete cuando sufrió dos desprendimientos de retina, uno en cada ojo, a los 28 años. Se sometió a siete operaciones, con escaso éxito cada una de ellas, con lo que decidió no volver a pasar por el quirófano. No por ello arrojó, sin embargo, la toalla. «He aprendido a hacer de la necesidad virtud y convertir el corsé en norma de juego», dice Vila, quien ingresó en la ONCE, comenzó a escalar puestos y llegó a ser director de comunicación de Ceopsa, el grupo de empresas de la organización. Cuando se jubiló a los 58 años, se dedicó a lo que de verdad le apasiona, la crítica teatral, una actividad que ejerce con «humildad y sin prepotencia».

Su padre le transmitió la querencia por tocar la batería -«el rock, y especialmente el 'heavy', se ha perdido a un gran músico»- y su madre el amor por las tablas. De hecho fue una actriz aficionada, una vocación de la que nunca habló a su hijo hasta muy recientemente. «Ahora ella tiene alzhéimer pero recuerda con gran nitidez aquella época, se refiere a menudo a sus triunfos en la escena y a sus pretendientes. La memoria y la enfermedad son muy caprichosas».

Espectador de cuatro patas

José-Miguel Vila se jacta de tener uno de los perros-guías más cultos del mundo. Le acompaña a los estrenos teatrales y hasta algún concierto en el Auditorio Nacional, y por ahora nunca ha ladrado en los momentos de mayor intensidad dramática. Yako, así se llama su pastor alemán, no dice ni mu en los estrenos, lo que le ha hecho acreedor del respeto de la farándula. No ha recibido semejante comprensión del mundo del taxi, remiso a dejarle viajar acompañado del perro. Un rechazo que le ha hecho prometerse recurrir a este servicio sólo lo imprescindible.

De joven acarició la idea de hacerse actor, un oficio que, suponía, le ayudaría a ligar. Y ahora, con 61 años, no descarta del todo matricularse en la Real Escuela de Arte Dramático, aunque sabe de sobra que sería el «abuelo de todos los estudiantes». La otra opción es cursar su tercer máster para seguir formándose cómo crítico. «No soy nada mitómano. Conozco a mucha gente del teatro y nunca se me ha ocurrido hacerme un selfi con algún famoso».

Ha escrito libros sobre la prostitución, el conflicto entre Ucrania y la URSS y pronto publicará un volumen en el que recopila sus entrevistas con gente de la cultura. No por ello se considera un autor prolífico. Una cualidad que se la reserva a su amigo Enrique Gallud Jardiel, nieto de Enrique Jardiel Poncela. «Es un hombre muy ingenioso. Puede llegar a publicar 18 libros al año», apunta.

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