El fútbol y la pasión

El fútbol y la pasión

Alejandro Quiroga analiza en 'Goles y banderas' las relaciones entre este deporte y las identidades nacionales

IÑAKI ESTEBAN

El Amsterdam Museum acaba de cerrar una exposición titulada Football Hallelujah sobre los vínculos entre el fútbol y la religión. Miles de hinchas de todo el mundo piden que les entierren en ataúdes pintados con los colores de su equipo. Los ritos y cánticos en los estadios constituyen una liturgia en la que participan hasta 100.000 personas que previamente han acudido a las gradas en procesión. Los fans adoran a los ídolos del balón y exhiben sus imágenes en las paredes de sus casas. A Messi no sólo le conocen como La Pulga sino también como El Mesías. Por si esto no bastara, la selección nacional de Togo ha llegado a realizar vudú a fin de paralizar las piernas de sus contrincantes.

El fútbol tiene un indudable carácter religioso y también una importante función en la creación y mantenimiento de la identidad política, o más bien patriótica, una parte sustancial de la denominada religión civil. La selección española ha pasado de simbolizar la furia atávica del macho hispano, en la época en la que el país estaba o justo salía de la caverna, a decir al mundo que el tiki-taka es la expresión de una España posmoderna y fina. A ello se une el peso específico del fútbol en la exaltación del sentimiento nacionalista en el País Vasco y en Cataluña, de sobra conocido.

Conocido sí, pero poco analizado, y menos desde una perspectiva histórica, como acaba de hacer Alejandro Quiroga en la completísima obra Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España (editorial Marcial Pons).

El autor recuerda a Eric Hobsbawn cuando sostenía que la "comunidad imaginada de millones de seres parece más real bajo la forma de un equipo de once personas cuyo nombre conocemos». Resulta más fácil imaginarse qué patria representa una selección nacional que entrar en complejos detalles sobre su estructura económica y política. El hechizo patriótico llega a su culmen en un partido clave para el equipo nacional, cuando el telespectador se siente miembro de una cohesionada comunidad virtual, aunque nada más terminar el partido se disuelva la magia comunitaria por la dureza de lo real.

La obra dedica un capítulo a la «narrativa de la furia y el fracaso» que se desarrolló entre 1920 y 1975, años correspondientes a la formación del primer equipo nacional, para las Olimpíadas de Amberes, y a la muerte de Franco. «Dinamarca derrotada por la furia española», tituló el diario francés LAuto, el primero en caracterizar a la selección de esa manera, después de uno de los primeros partidos del combinado patrio, contra el equipo danés, en la competición flamenca. Algo que no pasó inadvertido para el holandés De Teelegraf, que asoció la furia a la violencia con la que a su juicio se empleó la selección.

El balón y los Tercios

La prensa de Holanda y Bélgica se apresuró a recoger el término de la furia y a asociarlo con la brutalidad empleada por los Tercios de Flandes durante el saqueo de Amberes en 1576. Enseguida los franceses, británicos, alemanes e italianos se aferraron al tópico de la irracionalidad y el apasionamiento carpetovetónico, que señalaba justo lo que ellos no querían ser.

Fue también un periodista el que trató de dar la vuelta a la tortilla. Se llamaba Manolo de Castro, alias Handicap, y fue a las Olimpíadas como enviado especial del semanario Madrid-Sport, como tercer seleccionador del equipo nacional y como juez de línea ocasional. Consideró en sus crónicas que la furia se debía interpretar como "entusiasmo y valentía", como el "gran amor" que sentían los futbolistas por su patria.

Este fue el momento inaugural de un cliché que se repitió a lo largo de los años. La voluntad furiosa del deportista español lo justificaba todo. Sin trofeos en la vitrina, el discurso oficial del franquismo atribuía las derrotas a una condena del destino de una patria que, aunque le pusieran zancadillas, sabía levantarse y pelear otra vez.

El autor de Goles y banderas dedica muchas páginas al fútbol vasco, en el que la política intervino desde el minuto uno del partido. Desde su fundación, el Athletic tuvo en su directiva a personas de relieve dentro del PNV, como Alejandro de Sota, presidente del club entre 1913 y 1918. Incluso uno de sus más destacados jugadores de esa época, Santiago Belaustegigoitia, figura entre los fundadores de Acción Nacionalista Vasca, escisión por la izquierda de las filas jeltzales. No obstante, en el ámbito rural no se veía el fútbol con buenos ojos porque lo asociaban a «deporte liberal y extranjero», explica Quiroga, que recuerda que el juego de la pelota, al que se atribuía la mayor de las vasquidades, es de origen noble y francés.

Justo después de la Guerra Civil, los franquistas obligaron a cambiar el nombre de Athletic por el de Atlético. Y fueron mucho más allá e identificaron las esencias patrias con el carácter vasco. El portero Ricardo Zamora, que había apoyado al bando sublevado, destacó que la fuerza, el entusiasmo, la virilidad y el juego basado en los pases largos apuntaban de manera inequívoca a las características vascas, las mismas que las de la selección española.

Identificaciones

De esa manera resucitaba la identificación de lo vasco con la esencia de lo español postulada por el carlismo, y más allá por la teoría de la pureza de sangre vasca, no contaminada ni por judíos ni por moros, por lo que los habitantes de la vieja Vasconia merecían el estatus de hidalgos.

Quiroga dedica un largo e interesante capítulo a la Transición. En esa época, el vestuario del Real Madrid, liderado por Vicente del Bosque, contribuyó con camisetas, balones, dinero y declaraciones a varias huelgas. José Ángel Iribar y Amancio convocaron las primeras reuniones para sindicar a los jugadores profesionales. El portero del Athletic fue también el protagonista de la histórica foto en Atocha con Kortabarria, el capitán de la Real Sociedad, el 5 de diciembre de 1976. Salieron los primeros al campo con una ikurriña, entonces ilegal aunque a punto de ser legalizada.

Cuando murió el miembro de ETA Argala a manos del Batallón Vasco-Español, San Mamés guardó un minuto de silencio. Y cuando ETA tenía secuestrado al directivo del Athletic Juan Pedro Guzmán, entre finales de 1985 y principios de 1986, los jugadores de la Real Sociedad fueron a visitar a su esposa, y Clemente e Iribar -entonces en HB- condenaron el secuestro porque pretendía destruir su club.

El fútbol era entonces y sigue siendo mucho más que fútbol, una religión, un sentimiento con mucha frecuencia asociado a una identidad política y el autor de este libro recorre todas estas relaciones gracias a una impecable investigación en cuya lectura no se pierde detalle.