¿Quiénes son Silvia Araque e Iván Gómez?

Iván Gómez y SIlvia Areque./Damián Torres
Iván Gómez y SIlvia Areque. / Damián Torres

Como Steve Jobs, Iván, Ana, Silvia y José se metieron en un garaje para crear un negocio. En su caso, vino. Han unido trabajo y vocación para hacer realidad un sueño que se ha cumplido a pesar de que «nos miren como a marcianos. Hemos demostrado que hay caminos diferentes»

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Iván Gómez y Silvia Araque son cuñados, y con sus respectivas parejas, Ana y José, hermanos, decidieron un día emprender un sueño que quizás ni en sus pensamientos más optimistas habrían imaginado: una bodega. La llamaron Gratias, por toda la gente que les ayudó en un camino donde se ha mezclado la ética, la conciencia y una filosofía que comparten de respeto a la naturaleza. Cinco años después, hay un objetivo marcado. «No pensamos entrar en otra liga», dice Silvia. Pero tenían un compromiso con la tierra que les permitió hacer realidad aquello que comenzó de la nada. Ahora, a través de crowfunding, recuperan variedades en peligro de extinción. Son valencianos y han revolucionado la Manchuela.

-¿Cómo empezó este proyecto?

-Iván. Ana y yo estudiamos Enología y trabajamos en bodegas por todo el mundo. Después de aquel periplo, montamos una asesoría, y en aquel momento coincidió con que mi padre se jubilaba. Él había sido durante toda su vida taxista en Valencia, pero mantuvo una pequeña viña que le tocó por herencia en un pueblo llamado Alborea, en la provincia de Albacete. En Galicia, donde nació mi madre, todo el mundo hacía vino en su casa, pero en Manchuela esta tradición se había perdido. A mi padre aquello de hacer vino siempre le había hecho ilusión, así que sacamos el coche del garaje.

-¿Cuánto de sueño cumplido fue para su padre que se convirtiera en bodeguero?

-I. Ahora que soy padre puedo entender que si ves que tu hijo, con la viña de tu familia, cumple tu sueño, es lo máximo, aunque él no sea muy expresivo (ríe).

«La historia de nuestro negocio es la historia de nuestra vida», asegura Iván.
«La historia de nuestro negocio es la historia de nuestra vida», asegura Iván. / Damián Torres

-Son cuatro socios, pero trabajar en familia tiene mucho de negativo, por la confianza y por no poder desconectar.

-I. Un amigo lo decía, que ahora la bodega va con nosotros a todas partes. La historia de nuestro negocio es la historia de nuestra vida.

Silvia. Tenemos la suerte de que los cuatro nos conocemos mucho, y por encima de todo está el amor que nos tenemos. Porque, además, sabemos que tenemos talentos diferentes para crear algo único.

-¿La percepción de hacer algo grande?

-I. El mundo del vino es algo transgeneracional, no podemos pensar en que lo que hacemos se queda solo en nosotros. Ojalá seamos capaces de transmitir el amor por el vino a los que vienen detrás de nosotros.

S. Tenemos claro que sembramos en el presente para el futuro. Que en este mundo que va tan rápido, en este negocio hay mucho de paciencia.

La pareja de cuñados, que decidieron emprender su proyecto para crear una bodega.
La pareja de cuñados, que decidieron emprender su proyecto para crear una bodega. / Damián Torres

-¿Creen que han ido a contracorriente?

-S. Para el resto somos unos marcianos, pero nosotros hemos plantado una semilla, hemos demostrado que puede abrirse un camino diferente.

-¿Sienten que han hecho lo que siempre habían querido?

-I. Yo miro atrás y flipo, porque lo bonito de la vida es poder cumplir sueños. A veces me siento como debió sentirse Iniesta cuando marcó el gol del Mundial. No puedo definirlo de otra forma.

-S. Es que hemos unido trabajo, vocación y sueño. Viéndolo en perspectiva, podemos ver todo lo que hemos hecho, que es mucho.

-Han mantenido su residencia en Valencia.

-I. Ahí hay un tema personal, y es que tenemos un hijo con una pequeña discapacidad que necesita fisioterapeuta y servicios que en un pueblo no podría tener.

Una espina clavada

Trabajar en Francia

A Iván le hubiera gustado trabajar en una bodega en Francia, la cuna del vino por excelencia, pero nunca quiso desvincularse de las bodegas españolas con las que ha trabajado. «En Francia se respira vino, y ser vitivicultor está muy reconocido. No como aquí, que dedicarse al campo, quedarse en las viñas, siempre ha sido para el hijo que no podía hacer carrera en la ciudad», explica.

-Y es usted quien se desplaza.

-I. Hago muchos kilómetros, pero como tengo una casa allí trabajo de forma intensiva los días que estoy. Al final no es tanto y, por ejemplo, aprovecho los viajes en coche para hacer llamadas.

S. Se trata de organizarse y verlo como una oportunidad; si este es mi escenario, voy a aprovecharlo.

-¿Qué les gusta hacer en su tiempo libre, si lo tienen?

-I. A mí me gusta la gastronomía, comer y beber, como parte lúdica, no como viticultor. Antes de tener a los niños me gustaba andar, hice el camino de Santiago, y me gustaría repetirlo, fue una experiencia única. Y viajar. Ahora lo hago gracias al vino.

S. Yo he aprendido a disfrutar de la comida al estar casada con Jose. También me gusta el mar, la naturaleza, viajar, leer, y buscar esos ratos de silencio para meditar. Y, sobre todo, para tener presente que todo lo que hagamos sea bello, ya sea un vino o una caricia. Y esa intención cada vez me golpea más.

Más de Revista de Valencia