Santiago Grisolía, el jardín de la memoria

Santiago Grisolía, en los jardines de Monforte de Valencia./Damián Torres
Santiago Grisolía, en los jardines de Monforte de Valencia. / Damián Torres

Adora pasear y disfrutar de la naturaleza entre árboles y flores. Quiere volver a nadar y al gimnasio pese a que con 95 años las fuerzas a veces le fallan. Le gustan los toros, la música clásica y los documentales de historia

José Molins
JOSÉ MOLINSValencia

Se mantiene impecable. Con una claridad mental que le permite revivir con facilidad recuerdos de hace ocho décadas, aunque él lamenta que ya no puede andar con la agilidad con que lo hacía antes. Pero su presencia no pasa desapercibida para casi nadie. Todo el mundo lo conoce. Santiago Grisolía es uno de los mejores científicos de la historia de España y a sus 95 años sigue ocupando su tiempo colaborando con las instituciones. «Voy a mi oficina por la mañana, después a la Conselleria, lo mismo que hacía hace 20 años y espero continuar. No hay que jubilarse nunca, eso es una forma elegante de apartar a la gente. Si uno se encuentra bien, lo mejor es continuar con tu modo de vida, a mí me divierte. Hay gente jubilada que desgraciadamente no se siente útil, pero si tienes la ventaja y la suerte de poder seguir haciendo cosas, hazlo, te alejará de problemas», reflexiona. Y mantenerse ocupado es también una forma de sobrellevar el enorme vacío dejado por su mujer, que falleció el pasado septiembre y con la que llevaba 68 años de matrimonio. No puede evitar emocionarse al recordarla. «Lo llevo mal, después de toda la vida juntos. Prácticamente aún vive conmigo», apunta.

Grisolía reconoce que sus aficiones han ido cambiando con el paso de los años.
Grisolía reconoce que sus aficiones han ido cambiando con el paso de los años. / Damián Torres

Sus aficiones han ido cambiando con el paso del tiempo y la edad ya no le permite hacer actividades que antes sí podía. Pero disfruta con las cosas sencillas. Le encanta pasear por los jardines de Monforte de Valencia y hasta allí le acompañamos. Un paraje precioso para mirar al trasluz casi un siglo de vivencias repartidas en España y Estados Unidos. «Estos jardines son uno de los mejores sitios de Valencia y afortunadamente vivo muy cerca. Vengo aquí a pasear, estoy un rato, me siento también a ver la naturaleza. Antes siempre me traía un libro, pero ahora ya menos. Me evado, reflexiono, me impregno de esa tranquilidad, el sonido de los pájaros. El ambiente en general me gusta mucho, crea un bienestar».

Bioquímico

Médico y científico de enorme prestigio, sigue siendo patrono de la Fundación valenciana de Estudios Avanzados y es asesor en la Conselleria de Cultura, junto a diversos cargos.

Admite que se considera un privilegiado por encontrarse en esas condiciones a su edad. «Hay que tener una base genética, intentar también que las circunstancias te ayuden y no hacer barbaridades. He llevado una vida muy pacífica, eso ayuda a llegar a esta edad así», expresa. Aunque también destaca que no todo fue sencillo: «Empecé de muy joven durante la Guerra Civil y participé en ella». Pasó dificultades pero se codeó con personajes históricos. Compartió cena y ópera, una de sus antiguas aficiones, nada menos que con Harry Truman, presidente de EE UU, así como un viaje en barco con Manolete, leyenda del toreo, otra de sus pasiones. Con el dirigente recuerda que «era muy abierto y no fue una cena rígida y formal», mientras que del malogrado matador, camino de México, rememora su cercanía. Hace unos dos años que no asiste a la plaza y admira a Enrique Ponce por encima de cualquier otro torero en la actualidad.

Grisolía cuenta que las dificultades para caminar han frenado su actividad, ahora ya no va a la ópera ni al cine.
Grisolía cuenta que las dificultades para caminar han frenado su actividad, ahora ya no va a la ópera ni al cine. / Damián Torres

Y es que la edad, sus dificultades para caminar y sobre todo la muerte de su mujer han frenado algunas de sus aficiones. Ya no va a la ópera ni apenas al cine, cosa que antes hacía con frecuencia. Tampoco al teatro. Pero sí pretende volver a la piscina y al gimnasio, que aparcó hace unos meses por enfermedad. «Echo de menos nadar, me hacía unos largos en la piscina y también algo de pesas y gimnasia, consigue que te mantengas bien». Toda su vida le gustó practicar deporte, aunque siempre en solitario. Cuando era profesor en EEUU aprovechaba las aulas de gimnasia para cuidarse. Una de sus aficiones más desconocidas es su habilidad como arquero. «Era muy bueno, lanzaba flechas desde unos 25 metros». Impulsó la creación de un club de arquería en el país norteamericano. «También alguna vez fuimos a cazar con arco y flecha, animales grandes como venados. Lo que ocurre es que cuando te acercas a ellos y sabes que les vas a hacer daño te da pena, porque son muy bonitos y decides que es mejor dejarlos libres».

Reconoce que «no se ha ido del todo» de EE UU, ya que sus dos hijos y sus nietos viven allí, en San Diego. Vienen a visitarlo a Valencia y hablan por teléfono. Y mientras, en su día a día le gusta caminar, aprovechando que la ciudad es llana y «muy agradable para andar». Pasea por el centro y se siente halagado cuando la gente lo reconoce por la calle. «Me alegra que me conozcan, me encuentro agradecido». Sigue comiendo con muchísima sal, como ha defendido siempre, aunque no es un gran amante de la comida y prefiere platos sencillos sin gran elaboración. Se entretiene mucho con la televisión, viendo documentales de historia o programas sobre la actualidad y cada día lee el periódico. Le gusta estar informado. Y se relaja escuchando en la tranquilidad de su casa música clásica, que siempre le ha apasionado, sin especial predilección por un compositor en concreto.

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