¿Quién es Primitivo Roig?

Primitivo y Ana reciben en su casa a Revista de Valencia./
Primitivo y Ana reciben en su casa a Revista de Valencia.

El odontólogo valenciano es también profesor en Harvard y vive con su pareja en pleno distrinto financiero de Valencia

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Primitivo Roig y Ana González decidieron un día instalarse en pleno distrito financiero de Valencia, rodeados de bancos y notarías, de oficinas y despachos. Estos dos odontólogos, que han unido su proyecto de vida, tienen claro que lo suyo no son las jornadas interminables en la clínica. Tremendamente afables y accesibles, se han convertido a la filosofía slow que tanto triunfa, por ejemplo, en la cocina. No en vano, aseguran que tomarse la vida con calma y dedicar tiempo a la familia no está reñido con el éxito profesional.

-Pensaba, de verdad, que en esta calle no vivía nadie.

-Cuando era pequeño residía en el barrio de San José, pero además mi familia es de Sueca y mis primeros dos años los pasé en Bicorp. Ya de adolescente nos vinimos al centro y me acostumbré a esa comodidad que cuando me independicé quise continuar disfrutando. Tenía claro que trabajaría en el centro y he tardado diez años en encontrar mi lugar.

-Usted es, además, hijo de odontólogo. ¿Su destino ya estaba escrito o ha tenido mucha libertad?

-Creo que estuvo un poco programado. Que mi infancia transcurriera en la sala de espera y en los gabinetes de una clínica dental ya me condicionó para sentirme cómodo en ese hábitat. En mi familia siempre se ha hablado de dientes y me fui introduciendo en la profesión sin darme cuenta. Aunque lo que yo quería ser otro tipo de dentista. Que lo que hiciera generara un impacto en la vida de las personas.

-Su mensaje ha calado. Es incluso profesor en Harvard.

-Pienso que hay un componente de fortuna, haciendo lo correcto en el momento justo y el lugar adecuado. En Harvard les interesa mucho la gente que piensa distinto, que va a cambiar las cosas, sobre todo si es a mejor. Yo defiendo el modelo de odontología slow en el país donde todo es fast.

-¿Llevan a todas las facetas de su vida esa filosofía?

-Lo intentamos a toda costa. No somos radicales, pero tratamos de ralentizar nuestro ritmo de vida, comer bien, tener tiempo para hablar y pasarlo juntos, que para mí es mi principal afición. Si me preguntan qué es lo que más me gusta, diré que estar con los míos sin hacer nada.

-Parece que está mal visto, además de que es difícil.

-Soy de los que piensan que somos víctimas, no culpables, de la aceleración. Así que intentamos incorporar pequeñas cositas. No empezamos a trabajar antes de las diez y desde hace unas semanas cuando entramos en casa apagamos el móvil.

-¿Les ha cambiado ser padres?

Ana González: -A mí al cien por cien («doy fe», ríe Primitivo). La maternidad ha sido algo maravilloso y me ha transformado también como persona. Ya no hay tiempo para dedicarlo a uno mismo.

Primitivo Roig: -Nos ha cambiado para bien. Ni siquiera pongo ya el despertador por las mañanas. Héctor es un reloj, a las siete y dos minutos se despierta (ríe).

-¿Creen que en su caso ha sido la mujer la que más ha sacrificado?

P. R.: -Tenemos los roles repartidos. Si el peso de nuestro proyecto profesional recae más en mí, la parte familiar lo hace en Ana, pero no lo vemos desde un punto de vista machista.

A. G.: -A veces es duro, pero disfruto y no lo cambio por nada.

P. R.: -Viajo mucho, aunque un ratito por las mañanas y también por las tardes es sagrado. Y los fines de semana me pueden pillar en la Conchinchina pero el sábado por la noche duermo en casa. El domingo quiero estar con mi familia.

-Dos odontólogos casados, compartiendo casa y clínica. No me digan que se conocieron en la Universidad.

P. R.: -Estudiamos cuatro años juntos y no nos vimos hasta el quinto. Ana era de las alumnas de primera fila y yo de la última. Juntamos las dos capacidades, porque el éxito siempre estaba garantizado para el que se sentaba delante y ahora triunfa el que está atrás, que ha desarrollado habilidades emocionales y sociales extremas.

-Ana, usted es extremeña. ¿Cómo se adaptó a Valencia?

A. G.: -Con siete años me fui a vivir a Bruselas, luego a Luxemburgo, otro año lo hice en Francia... Por la profesión de mis padres, la adaptación a un lugar no me resulta difícil. Llevo toda la vida de aquí para allá. Es cierto que echo de menos a mi familia, pero tengo otra. Y en Valencia es fácil vivir.

-No puedo evitar preguntarle por su nombre, Primitivo, que seguro que viene de familia

P. R.: -Soy el quinto Primitivo, y estábamos los dos de acuerdo en romper la tradición. Es un nombre feo, pero nunca he tenido inconvenientes y ahora se ha convertido en una marca, hasta el punto de preguntarme si es un nombre artístico. Mi abuelo, que tiene 95 años y fue heladero, se llama así. Mi bisabuelo, zapatero de profesión, también. Y todos me conocen como tivo, aunque en un ambiente muy familiar soy tivet.