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Mayrén Beneyto ha tenido una relación muy estrecha con los directores de orquesta que han pasado por el Palau de la Música en los 25 años que fue presidental

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Mayrén Beneyto ha tenido una relación muy estrecha con los directores de orquesta que han pasado por el Palau de la Música en los 25 años que fue presidental LP
LAS MIL VIDAS DE MAYRÉN BENEYTO CAPÍTULO 5

Mayrén y los hombres: el matrimonio de la familia, el de la pasión y el de la ternura

La socialité ha causado fascinación entre el género masculino. Lo reconoce: «Yo he gustado muchísimo. No sé por qué», y habla de sus épocas más difíciles, cuando se tuvo que separar antes de que existiera la ley del divorcio en España

Domingo, 16 de noviembre 2025

Hay en la conversación con Mayrén Beneyto una lucidez que combina con una fina ironía, apenas perceptible, que el oído va detectando mientras escucha sus relatos. Quizás porque se sabe dueña de una memoria privilegiada de una vida que encierra mil vidas, pero también propietaria de silencios que hablan más que sus palabras, sobre todo en sus relaciones con los hombres. Muchos han pasado por su vida, algunos han dejado gran huella, con tres de ellos contrajo matrimonio. Ramón Almazán, profesor de Filosofía, intendente de la Orquesta de Valencia, subdirector del Palau de la Música, hijo predilecto de Valencia, ha sido el último. El más duradero. El definitivo. «Él representa la ternura», asegura Mayrén Beneyto, que supo apoyarse durante su etapa en el Palau de la Música de la persona que más sabía, que la ayudó a edificar el prestigio de la institución. «Me casé con una persona con quien mantener conversaciones inteligentes, a quien es un placer escuchar. He aprendido muchísimo de él».

Mayrén Beneyto ha sido una mujer admirada. Deseada. Lo ha ido contando a pinceladas en los capítulos anteriores. Cuando hablaba del piloto del avión de los Prada, que se ponía a su disposición para llevarla donde quisiera tras aquella legendaria cena en el Mercado Central durante la Copa América. Cuando recordaba a aquel actor que le quería romper las medias en el Palau de la Música durante una edición de la Mostra de Valencia. El día en que el Papa Benedicto XVI, de entre todos los concejales, se fue directo hacia ella durante su visita a Valencia. «Yo he gustado muchísimo. No sé por qué», asegura con naturalidad. «Era muy guapa, sí… pero hay mujeres guapísimas que no gustan tanto. A mí me miraban».

Lo recuerda de su época de Marbella. Se acaba de divorciar de su primer marido y gracias a la protección que le brinda el matrimonio Fernández del Río, entonces delegado del Gobierno en Valencia, viaja con ellos al municipio malagueño, al hotel Marbella Club que regentaba el conde Rudi. «Yo llegaba con mis dos hijos pequeños y con mi Mercedes de color naranja que me había tocado después de la separación». En la maleta, los vestidos que le encargaba a Francis Montesinos. Los tiene sobre el sofá, preparados para ser planchados y fotografiados. Son obras de arte en sí mismas, diseños llenos de la creatividad del mejor Francis. «Tenía éxito entre los hombres y también entre las mujeres, sobre todo por aquellos trajes, que eran una maravilla», y enseña un dos piezas de falda larga y un top minúsculo para la época. Y allí en Marbella, aquellos quince días lejos de una Valencia donde ya comenzaba su carrera en la política, se sentía libre. «Hacía topless con una toalla cerca, por si acaso. Puedes imaginarte que en aquellas épocas causaba impresión», asegura.

Mayrén, con uno de los ponchos que le diseñó Francis Montesinos en su época recién separada. IVÁN ARLANDIS

No fue fácil su separación. Su primer marido representaba para ella la familia. Él fue su amor de juventud, el padre de sus hijos, el hombre de buena familia que una madre desea. Pero no funcionó. No menciona conflictos ni heridas. Sólo que Mayrén Beneyto se separó en un momento en que el divorcio todavía no existía en España. Confiesa que fue este el motivo que la llevó a la política, de la mano de personalidades como Fernando Abril Martorell o Manuel Broseta. «Quería mejorar la situación en que vivía la mujer, que yo no sabía después de separarme ni firmar un talón». Porque a ella iban muchas otras a contarle su situación matrimonial, para conocer cómo tuvo la fuerza para tomar la decisión.

En política nada fue sencillo como mujer, y muchas veces, demasiadas, ha sentido el machismo. «En aquella época, en el momento en que acababan las reuniones, las pocas mujeres que participábamos nos íbamos a casa. Ellos no. Tenían otro lugar adonde ir, a tomar copas y a otras cosas... Cuántas veces me han comentado esposas que qué tarde acabábamos siempre. Y yo callada». Pocos se libraban, confiesa Mayrén, que se queja de que muchas decisiones políticas se tomaban a altas horas de la madrugada. «Y al día siguiente podías recibir la noticia de que te habían quitado el sitio para nombrar a no sé quién». Fue confidente de algunos. «Me he tenido que callar mucho. ¿Para qué las iba a hacer sufrir? En aquellos tiempos las mujeres eran respetadas y a la vez olvidadas. «Eso sí, ellos se sentaban a la mesa el día de Navidad».

Mayrén Beneyto, con el director Rostropovich.

Mayrén reflexiona sobre el influjo que tiene sobre las personas estar en responsabilidades políticas. «El poder les da un brillo que luego desaparece. Cuando dejan de tenerlo, muchos se apagan». Lo ha visto decenas de veces, hombres que parecen gigantes mientras un cargo les acompaña, mientras tienen flashes que les deslumbran y asesores que les bailan el agua, que se convierten en hombres frágiles cuando todo desaparece. «Cuando se apaga la luz, muchos no saben quiénes son porque se identifican con ese poder».

En aquella época era una mujer libre, y la reacción de los hombres hacia ella era de fascinación. Intentan conquistarla con muestras de ese poder que poseían, pero Mayrén no entraba al juego. «El poder a mí no me deslumbra. Me aburre». Y que no se sintiera impresionada hacia ellos les descolocaba: «Están acostumbrados a estar siempre rodeados de gente que les dice a todo que sí».

Con el director Gustav Leonard y el profesor Ramón Almazán, su tercer marido. «Me enamoró su inteligencia». LP

Tampoco fue sencillo para Mayrén ser una mujer sola, y de la alta sociedad. «A mis amigos mi situación les producía ternura», asegura, sin drama. En consecuencia, le permite estar siempre acompañada por otras parejas. El médico de sus hijos, el doctor Murgui, fue uno de sus protectores. «Lo primero que aprendí fue el número de teléfono del taxi, y así salir por la cocina e irse de forma discreta». Saber marcharse siempre ha sido su máxima, como aquella ocasión en que abandonó la casa donde aparecieron las drogas, con Almódovar y Bosé presentes. Además, en aquella época pagaban los hombres, y Mayrén no quería que nadie le tuviera que sufragar sus gastos.

Hay dos frases que le quedaron marcadas. «Mi abuelo siempre me dijo que mano sobre mano, nunca. He trabajado toda mi vida, primero con la tienda, luego en la política. Nunca me he quedado quieta. La otra frase de mi padre cuando me separé fue: 'El plato de comida te lo buscas tú, pero no te busques a un hombre para los caprichos que tu padre te los pagará'. Me lo recordaba siempre». En las bodas se quedaba sola en la mesa del convite cuando los hombres sacaban a bailar a sus mujeres. «Fue complicado y, a la vez, comencé a disfrutar de la libertad, por ejemplo en Marbella».

El segundo gran amor aparece como un contraste absoluto. Lo resume en una frase. Fue la pasión pero, ¿qué sucede cuando acaba la pasión? «Yo de aquella historia salgo distinta». Y se calla, discretamente. El tercer amor aparece como un bálsamo. Como una luz. Como ese tipo de vínculos que llegan cuando una ya se conoce lo suficiente como para elegir bien. Lo describe sin rodeos: «Ese sí. Ese era un hombre de verdad. Inteligente. Con conversación. Con alma».

Imagen extraída de una publicación por el aniversario del Palau de la Música, donde Mayrén está con Sir Georg Solti. «Me quería tanto que su mujer me pidió que asistiera a su funeral en Londres». LP

La inteligencia surge como un elemento central. «A mí me conquista la cabeza, no lo otro», repite varias veces. Y en este hombre encuentra precisamente eso: un cerebro potente, una conversación sin prisa, una mirada profunda. Dice: «Con él aparece la calma. La calma que llega cuando no tienes que explicarte ni defenderte». Es la única relación que presenta como luminosa, sin grietas, sin drama. Un amor que acompaña, no que hiere. Un amor con madurez, complicidad, libertad. Un amor que la sostiene y la reconoce. «Con él descubro lo que es querer bien».

Hubo otra época en Marbella, ya con Ramón Almazán, donde su grupo de amigos eran intelectuales con conversaciones interesantes, y donde Mayrén se sentía plena. Las fiestas divertidas mutaron a sobremesas elegantes, «con mujeres vestidas de Dior o Valentino que no se separaban de sus maridos por si acaso»; en alguna ocasión a la mesa se sentó Camilo José Cela, ya entonces con Marina Castaño, su polémica segunda mujer. «Ramón Almazán la conocía porque coincidieron en Benidorm pero ella se hizo la loca. Supongo que no querría que la gente supiera que veraneaba allí». Mayrén se juntaba con una sociedad distinta, y todavía se acuerda de algunos malentendidos cuando pensaban que «era una europea que había conquistado a un árabe, por el apellido, Almazán, que era lo que todas aquellas mujeres con las que me encontraba querían».

Con Ramón Almazán y sus responsabilidades en el Palau llegó la música a la vida de Mayrén Beneyto, y con ella los grandes directores e intérpretes que ha conocido. Personas a las que ha admirado, con quienes ha compartido charlas y confidencias. Barenboim, García Navarro, Dudamel, Kleiber, Rostropovich… Pero también ha podido conocer a artistas como Rocío Jurado o Isabel Pantoja. «Esta última me invitó en Marbella a su cumpleaños, pero mi madre acababa de fallecer y no me sentía con fuerzas». Agradece todo lo vivido junto a quien ahora la observa, a punto de acudir a un concierto en el Palau de les Arts. Mayrén no le acompaña esta vez, porque tiene otro compromiso en el Ateneo, donde le dan un premio al escritor Máximo Huerta.

A lo largo del capítulo, Mayrén deja claro que ha sido muy independiente en su relación con los hombres. «Nunca he sido obediente», y esa forma de ser explica las decisiones que ha ido tomando a lo largo de su vida. No busca agradar. «Para algunos hombres era un desafío, para otros un problema». Asegura incluso que algunos la subestimaron, otros la quisieron controlar, y sólo en la inteligencia encontró su lugar.

Mayrén calla muchas cosas. «Si yo contara todo… pero no voy a hacerlo, al menos de momento. No por miedo, sino por respeto». A continuación, añade: «Aunque mira, algo ya estoy contando». ¿Hubo más hombres en su vida? Sí, los hubo.

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