La casa de Juan Andrés Mompó

La casa de Juan Andrés Mompó

La hogar del modisto es en realidad dos casas, una comprada en 1995 y otra añadida hace un par de años

ELENA MELÉNDEZVALENCIA

Ya me habían dicho que la vivienda era preciosa y que su propietario poseía una personalidad especial. Aun así se mantuvo intacta mi capacidad de sorpresa al visitar el hogar de Juan Andrés Mompó, un modisto cuyo sueño sería vivir en un bosque y que adora la madera, los verdes, los ocres, los pinos... La casa donde hoy vive en realidad son dos casas. La primera la compró en 1995, junto a su madre y su hermana. En ese momento tenía cinco dormitorios y ahora quedan dos. La otra la adquirió hace cuatro años. «Estas casas tenían el estilo de los sesenta. Eran como un piso en Valencia con falsos techos, escayola y unos chapados en la cocina similares a los de las películas de Almodóvar. Tuvimos que cambiarlo todo», recuerda. Prácticamente cada elemento de la casa ha sido imaginado y dibujado antes por el diseñador, piezas realizadas a mano en madera natural y que conservan el tono y la textura, dando al espacio una apariencia de cuento. «Como la obra duró mucho, tenía tiempo para pensar y además me gusta inventar, mi imaginación se disparó. Cogí un lápiz y dibujé los muebles en una libreta».

Siempre ha tenido la sensación de que la primera casa es la de verdad, mientras que la otra ha venido después. Aquélla dispone de calefacción y está más pensada para el invierno. Las camas cuentan con dosel de madera y una de ellas, integrada en la pared, recuerda a los refugios de los niños perdidos que habitan en el país de Nunca Jamás del cuento de Peter Pan. Esa casa alberga también su zona de trabajo, un rincón luminoso próximo a los grandes ventanales donde el modisto pasa varias horas al día. «Es importante tener aquí el taller. Una habitación siempre dispuesta para que puedas trabajar te anima a hacer cosas».

Casi todos los muebles y objetos decorativos son, como él los llama, «cosas de casa». Tanto su hermana como él eran solteros y disfrutaban creando su hogar. «Vivíamos en Conde Altea, comprábamos cosas y le dedicamos mucho tiempo. Había una época en que los muebles se adquirían en chamarileros. No eran cosas valiosas, pero sí muy graciosas». Su mesa para pintar la encontró en una tienda de Isabel la Católica que importaba muebles especiales de toda Europa; es una mesa de casa de campo inglesa. La otra la creó con las patas de una antigua mesa de jardín, a las que acopló una tabla de madera creando una especie de pupitre que le es muy útil en determinados momentos. En la habitación contigua ha adaptado una gran pieza de madera que hace curva y en su día fue el mostrador de su tienda y taller de costura. La cocina la ideó para que fuera tipo isla. «Quería conservar esa pila fantástica y tener un sitio donde desayunar solo con vistas al jardín. La dibujé toda como la tenía en la cabeza y se hizo exacta».

El protagonismo del jardín lo acapara un enorme árbol. Explica Juan Andrés que él no tenía ni idea de jardines, pero que cuando llegaron empezaron a comprar plantas que ponían unas al lado de las otras. «No podían crecer y al final ellas mismas han ido situándose. Está todo muy verde, porque riego mucho, soy bastante disciplinado. En cambio, flores tengo poquísimas. Me gustaría contar con un bosque de pinos muy grande y a lo mejor dos o tres matas de margaritas al lado de casa, que son fáciles de cuidar».

Los retratos y paisajes reposan en cuadernos de dibujo y caballetes. La idea que ronda su cabeza no es comercializarlos, sino poder retratar a aquellas personas que conoce y le interesan. Con la moda le pasa lo mismo. «El objetivo es volver a diseñar, pero cuando una persona concreta me quiera encargar algo. Me tiene que ilusionar».