En la casa de Amparo Peguero

En la casa de Amparo Peguero

El reto no era pequeño: quería vivir en el centro de la capital sin renunciar a la amplitud y libertad que le brindaba El Vedat

ELENA MELÉNDEZVALENCIA

Cuando Amparo Peguero decidió volver a Valencia tras vivir casi veinte años en el Vedat, necesitaba un espacio que la acogiera pero a la vez le proporcionara la amplitud de la que había disfrutado en una casa rodeada de campo y sin vecinos a la vista. «Tenía que ser un lugar especial y encontrarse en el centro. Esta luz me atrapó. Luego me asomé, vi el jardín a mis pies, la ermita de Santa Lucía, cuyas campanas tocan cada dos horas una canción distinta... Me parece precioso y ayuda a situarme», explica. Amparo intentó respetar la amplitud de la casa, mantuvo las paredes despejadas y trabajó las molduras. «Me traje muchos cuadros de la otra casa, pero sólo he colgado dos. Hay pinturas de Carles Albert, una ilustración de Pepe Gimeno, otro de Javier Calvo... Sólo he colgado esa lámina que siempre me ha acompañado. Sé que no tiene valor económico, pero me gusta el color y le tengo cariño».

Hacemos un recorrido por esa casa inundada en luz natural que Amparo califica de ecléctica. En ella se combinan muebles de Ikea, piezas de anticuario y recuerdos de casa de sus padres. «El banquito y la butaca de la entrada había que restaurarlos porque tenían carcoma. Quitamos el damasco y elegí esta tela de saco para restarle importancia. El aparador procede de un anticuario y éste es un plano auténtico del Mercado Central con la firma del arquitecto». Nos detenemos frente a uno de sus altarcitos, pequeños rincones que ha ido creando a lo largo de la casa con objetos o fotografías a los que tiene especial cariño. «Aquí hay un dibujo de mi tía, esto son caricaturas que hizo mi tío Ernesto Garnelo a mi padre, esta es la foto de su boda y esta otra foto soy yo con diecinueve años. Todo el mundo piensa que es mi madre», explica.

El suelo, aunque era lo que menos le gustaba, ha terminado conquistándola a base de encerarlo. «La casa tiene 170 metros y me hubiera gustado poner parqué, pero de momento voy a mantenerlo. Para ser suelo hidráulico de los antiguos, no es de los más feos; me recuerda un poco al carey. Puse las alfombras en crudo para ganar luz».

Una de sus piezas favoritas del salón es la mesa con pies en forma de bolas, diseño de Pascua Ortega. «Tiene como veinte años y está llena de cicatrices. En su momento costó una fortuna, pero me enamoré de ella». Su habitación es muy luminosa y en ella hay un poco de todo. «He combinado el espejo veneciano heredado de mis padres con mueble de estilo inglés o piezas de Ikea. La persiana siempre la tengo subida del todo para disfrutar de la luz al máximo». En la habitación de invitados utilizó la misma la tela de arpillera que en los muebles del recibidor. Allí toma el protagonismo la casita de muñecas que le regaló su madre hace dos décadas. «He ido poniendo suelos, paredes, lámparas, cocina. Está llena de detallitos. Hay muchas cosas compradas en la escuraeta de la plaza de la Virgen».

La sensibilidad de Amparo se percibe en toda la casa. Una vena artística que le viene de su profesión como profesora de vestuario teatral y de moulage en la Escuela Superior de Diseño. «El moulage es la técnica que trabaja la tela sobre el maniquí. En la disciplina de indumentaria teatral no diseñas sólo para una persona, sino también para el personaje que tiene que interpretar. Es muy enriquecedor». Se confiesa una enamorada de su barrio y de las espectaculares vistas a Guillén de Castro. «Es comodísimo el hecho de tener todo aquí abajo, estar a cinco minutos de Ruzafa, a cinco del Carmen, a cinco de la Gran Vía, a cinco de la escuela. El coche no lo cojo para nada, estoy redescubriendo Valencia».