Ferran Garrido, versos recitados en 'prime time'

Ferran Garrido, durante su firma de libros en El Corte Inglés de Colón./LP
Ferran Garrido, durante su firma de libros en El Corte Inglés de Colón. / LP

La televisión lo convirtió en una cara conocida, pero bajo la fama que proporciona el foco mediático latía un corazón de poeta. ¿La inspiración que arrastra el mar de Cullera? ¿La influencia de un padre ilustrado? ¿Aquellos años de Movida madrileña y tertulias literarias? No cuesta nada encontrar el origen de su vocación

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Con estos vaivenes climatológicos de nevadas cercanas y fríos demoledores padecidos durante las últimas semanas, hemos visto a menudo el semblante de Ferran Garrido en lugares como Morella. Allí, bajo los copos de nieve, tocado por un sombrero, Ferran, el valenciano que lleva en esto del periodismo más de treinta años, buena parte de ellos bajo el logotipo de TVE, narraba las vicisitudes de los siempre sorprendentes zarpazos de la naturaleza. Sin duda este hombre de carrera dilatada, pues no en vano ha sido jefe de informativos de TVE Comunitat Valenciana, coordinador de programas, editor de informativos o coordinador de Deportes, es lo que se llama en la calle «una cara conocida». El impacto de la televisión suele mostrar el lado entre grosero y primitivo que provoca el salto a esa fama que te concede halagos en la cola del horno, sin duda, pero Ferran Garrido, les aseguro, es mucho más que un simple careto conocido de los que se cuelan en nuestro hogar cuando ruge la tormenta.

Su historia es la de un valenciano condenado durante buena parte de la vida a una suerte de exilio madrileño. El origen de su familia emerge desde Cullera; esto es, como de costumbre, el Mediterráneo dominando sobre nuestras vidas. Esos aires brotando desde el rumor de las olas, en el caso de Ferran, se reforzaron por la profesión del padre: oficial de la Armada Española. En este sentido las influencias paternas fueron más que notables y desde luego determinantes en lo de moldear sus gustos y apetitos. Su padre hablaba idiomas, había surcado océanos, segregaba toque cosmopolita, poseía una amplia biblioteca y gastaba ideas liberales muy alejadas de los planteamientos ultras de aquel tiempo. Su padre, además, alternaba con el todo Madrid y gracias a esos contactos Ferran dispuso de un brillante repertorio donde instruirse.

¿Tierno Galván? Me alegra que me lo pregunten... Cuando Ferran era un pipiolo pudo escucharle numerosas veces en la intimidad. Y aprendió. No olvida tampoco a su sucesor, Juan Barranco, quizá eclipsado por la estela del viejo profesor (una «cobra con gafas», según sus enemigos). «Juan Barranco era un lector formidable, lo leía todo, absolutamente todo...», me cuenta Ferran. En cualquier caso, antes de seguir conviene regresar a sus orígenes familiares porque entre otros detalles encuentro uno en verdad cargado de fulgor. Su abuelo por parte materna, Benjamín, fue uno de los laureados héroes de la famosa gesta conocida como 'El barranco del lobo', aquella emboscada que causó conmoción entre la opinión pública.

Conoció a grandes mitos de la literatura, pero nadie le impactó más que Vicente Aleixandre

Y sumergido entre todo ese fértil mejunje familiar que viajaba hasta Valencia cada fin de semana, Ferran va creciendo, aspirando esos efluvios y mostrando una inquietud harto provechosa sobre lo que le rodea. Le enseñaron a pensar, desde luego. Muy joven no sólo tuvo el privilegio de vivir el tardofranquismo y la Transición, sino también el lado más o menos salvaje de la Movida. Se cruzó con los miembros de 'Nacha Pop' o con aquel Fernando 'el Zurdo' que, a la sazón, lideraba los míticos 'Paraíso', pero su personalidad se inclinaba hacia las artes, hacia la reflexión, hacia las letras y, en concreto, hacia la poesía. En un país, el nuestro, donde los lectores forman parte de una singular minoría, los amantes de la poesía son la minoría de esa minoría, no sé si me explico. Y ahí estuvo y está Ferran. Y descubrió el ambiente de las tertulias y las cavilaciones de los poetas.

Silencioso marchaba hacia los cafés que acogían aquellos autores. Y escuchaba. Y disfrutaba. Y sentía que se zambullía en una zona privilegiada poblada por titanes de antaño. Recuerda las entradas en tromba de Alberti en el café Gijón. El poeta retornado de su exilio se adueñaba de las tertulias con su vozarrón y su carácter. También coincidió en aquellas atmósferas con Cela, Umbral, F. F. Gómez y resto de vacas sagradas que pululaban con el hambre de la libertad por bandera. Incluso visitó a Vicente Aleixandre, y así describe la escena: «Él ya estaba muy mayor y yacía en la cama. Sujetaba un cartón donde estaba el folio y escribía mientras charlaba contigo. No sé cómo lo hacía pero era capaz de estar en los dos sitios a la vez sin despistarse. Siempre fue uno de mis poetas favoritos. Me parece un súper poeta. Vivía por y para la poesía».

Entre sus gustos destacan los de la generación del 98, donde admira a Antonio Machado, y los de la del 27, donde vindica y adora a Cernuda y al mencionado Aleixandre. A Luis Rosales, además de leerle con placer, también le agradecerá hasta la muerte que le descubriese a otro de sus intocables, Lorca. Naturalmente, esta pasión suya hacia la poesía ya entenderán que desembocó en dos libros. El primero de 2014 se tituló 'La ausencia habitada', y el segundo se editó hace apenas un mes y se llama 'Reflejos'. Ferran Garrido, pues, no permanece estático como un mero espectador o como un transmisor de las noticias que luego emite. Él también salta a la cancha para integrarse en el universo poético y por eso despedimos la página de hoy con estos versos correspondientes a su último poemario: « Muero por volver a vivir en su copa / para beber esas gotas heladas / sólo una vez más, una sola vez». Hummm... Ferran Garrido, mucho más que una cara conocida.

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