Fernando Moner: «Jamás habría pensado que encontraría una pareja tan increíble»

Fernando Moner recibe a Revista de Valencia en uno de los despachos jurídicos de la asociación de consumidores Avacu./Damián Torres
Fernando Moner recibe a Revista de Valencia en uno de los despachos jurídicos de la asociación de consumidores Avacu. / Damián Torres

Con su trabajo en defensa del consumidor y con una familia de la que cuando se aleja le entra «el bajón», los mejores piropos son para su mujer

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Ha llovido mucho desde aquel día en que un joven veinteañero totalmente desconocido se colocó un micro, se sentó delante de las cámaras de Televisión Española y se puso a debatir con dos señores expertos sobre la declaración de la renta. «Entré nervioso», reconoce. A los dos minutos se sentía como en el salón de su casa. Más de treinta años después, los consumidores, o sea, todos nosotros, tenemos mucho que agradecer a Fernando Móner, que nos ha defendido, desde la asociación Avacu, frente a la administración y las empresas. «Se me metió el gusanillo dentro». La entidad acaba de cumplir cuatro décadas y a su presidente no se le agotan las pilas, tampoco como máximo dirigente de la Confederación Española de Consumidores y Usuarios, donde ya lleva diez años al frente.

-En los aniversarios se suele mirar atrás, y se aprovecha para hacer balance. ¿Usted lo ha hecho?

-Hago balance cada cierto tiempo, porque como vida yo conozco una sola, que es ésta, intento aprovecharla al máximo posible. El que se la pasa enfadado, o trabajando en algo que no le gusta, por desgracia sufre, y yo he tenido la suerte de que desde el primer momento me encanta lo que hago y me han rodeado personas con las que he disfrutado enormemente. Es un equipo que ha demostrado su responsabilidad, y que le ha pasado lo que a mí, que le ha entrado en vena esto de la defensa de los consumidores.

Moner asegura haber tenido bajones, pese a disfrutar de su trabajo.
Moner asegura haber tenido bajones, pese a disfrutar de su trabajo. / Damián Torres

-Sin embargo, no todo es bonito. Muchas veces un trabajo que nos gusta nos absorbe de tal forma que no nos deja tiempo para otras cosas.

-He tenido bajones, es cierto. Recuerdo un día en un hotel, en Cartagena de Indias, en mi época de Consumers International. Puse la tele para intentar no pensar en que estaba solo, con mi familia a varios miles de kilómetros, con una hija de tres años que había puesto un cartelito en el espejo del cuarto de baño diciendo: «Qué triste estoy, que me levanto y no está mi papá».

«Mi vida es tan perfecta con sus imperfecciones que me da miedo cambiar»

-Y supongo que entonces se plantea muchas cosas.

-Es que a mí, que soy muy familiar, en esos momentos me cuestiono algunas cosas. Piensas: «¿Qué hago en Colombia, en China o en Estados Unidos, si yo lo que quiero es estar con mis hijos y con mi mujer?»

-Viajar da muchas alegrías, abre mucho la mente, como parte positiva.

-Yo adoro al ser humano, me parece que es capaz de lo mejor y de lo peor, he vivido experiencias maravillosas, increíbles, anécdotas divertidísimas, y otras que me han dejado perplejo. Como en Beijing, donde se vulneran los derechos humanos y hablábamos con dirigentes de los derechos de los consumidores. O la de Colombia, cuando el ministro de Trabajo me propuso ir a tomar una cerveza y me hizo subir atrás en el coche, mientras él ocupaba la plaza delantera. Se justificó: «Es que estamos acostumbrados a ir delante porque detrás es donde nos disparan». Aquellos diez minutos fueron muy, muy largos. Sí, la verdad es que tengo muchas cosas que podría contar.

-Y con un material tan valioso, ¿no se ha planteado nunca escribir un libro?

-Lo empecé una vez, pero el tiempo de defensa de los consumidores es muy complejo (ríe). Lo tengo en la cabeza; además, guardo mucha documentación, cartas que me han llegado, por ejemplo, del embajador de España en Australia, que nos pedía ayuda para un ciudadano que había tenido un problema en Valencia, o de una asociación de consumidores de Nepal, que nos escribía para pedirnos colaboración en un proyecto. Treinta y un años dan para mucho.

El defensor del consumidor confiesa que comenzó a escribir un libro pero lo tuvo que abandonar por su complejo horario laboral.
El defensor del consumidor confiesa que comenzó a escribir un libro pero lo tuvo que abandonar por su complejo horario laboral. / Damián Torres

-Por cierto, ¿tomó alguna decisión en aquel hotel de Colombia del que me hablaba?

-Sí. Además de tener una niña pequeña, mi segundo hijo estaba a punto de nacer, mi suegro se encontraba muy enfermo, y me planteé que no era lo que yo quería. Me propusieron en aquel momento presentarme a presidente de la Confederación Española de Consumidores y dejé de viajar tanto.

«A las personas nos fortalecen las emociones; me siento tan bien después de reir y llorar...»

-Es que al alcanzar la madurez muchas personas que han dedicado prácticamente todo su tiempo al desarrollo profesional tienen la impresión de haber dejado de lado a la familia.

-El tiempo que he estado con mis hijos lo he aprovechado. Yo tenía compañeros que cuando viajaban por trabajo se quedaban en el país tres o cuatro días más para hacer turismo. No era mi caso, porque si no estoy con mi familia no lo disfruto de la misma forma. Puedo tener el privilegio de ver la muralla china, pero si no están a mi lado para compartirlo con ellos, ¿qué sentido tiene? Así que enseguida me volvía. Y mi tiempo fue de calidad.

-¿Por qué lo piensa?

-Es que a mí se me nota, estoy enamorado de mis hijos; ahora tienen veinte y diecisiete años y me lo dan todo. También mi mujer, mis hermanos, mis padres…

Moner atribuye su sentimiento de unión familiar a sus padres.
Moner atribuye su sentimiento de unión familiar a sus padres. / Damián Torres

-¿Quién empezó a inculcar en la familia ese sentimiento de unión?

-Mis padres. Él era funcionario, imagínese que con siete hijos tenía que trabajar mucho y se convirtió en pluriempleado. Entre semana apenas lo veíamos, pero cuando llegaba el sábado nos cogía a los siete, nos metía en el coche y nos llevaba cada vez a un sitio. Nos transmitió que debía trabajar mucho para poder sacar adelante una familia tan grande, pero que cada minuto que le quedara iba a ser con nosotros. Ni con los amigos, ni en un bar… Con la tortilla hecha de casa, y sólo algún día especial tocaba una paella en El Saler. Años después coincidió que mi mujer también ha formado parte de una familia con cinco hermanos.

-Extraña entonces que haya tenido sólo dos hijos, viendo sus antecedentes.

-Es verdad que me encanta pertenecer a una familia numerosa, y no podría vivir sin alguno de mis hermanos, pero la vida es diferente. Formamos parte de una sociedad mucho más compleja, trabajamos los dos… Quizás ellos eran más valientes.

-Ahora no podría subir al coche a siete hijos sin que le parara la Guardia Civil y le quitara el carné.

-Mi padre era secretario judicial y estaba destinado en Motilla del Palancar. Cuando salíamos todos en el coche, un 1.500, y nos paraba la Guardia Civil, como lo conocían, decían: «Ah, si es el señor Móner». Y se quejaban: «Es que van diez en el coche», porque venía siempre con nosotros una mujer que ayudaba a mi madre. Mi padre les explicaba que no se iba a dejar a tres hijos en casa, que era lo que había. Le aconsejaban que fuera prudente y seguíamos.

«¿Escribir un libro? Lo empecé una vez, lo tengo en la cabeza»

-Desde luego, eran otros tiempos. ¿Todavía mantienen la costumbre de juntarse en el tiempo de ocio? A veces es complicado desconectar.

-Mi mujer me dice que siempre llevo en la cabeza la defensa de los consumidores, pero es que después de tantos años se hace difícil no tenerlo ahí. Dicho esto, hago clic de forma fácil, pasamos mucho tiempo juntos, somos de los que celebramos cumpleaños, santos y lo que haga falta, aunque últimamente nos está costando más movernos, porque ya somos cuarenta. Todos los domingos el lugar de encuentro es la casa de mi madre. Cada uno llevamos algo de comer, y ella, que vive sola con 87 años, todavía cocina algún plato.

-Una curiosidad. ¿Tiene sillas para todos?

-Sí, claro, la casa de mi madre es un puzle, y como ya sólo se usa una habitación para dormir, la suya, el resto se ha convertido en comedores salones, uno para los más pequeños, otro para los adolescentes… Es muy divertido.

Damián Torres

-Una vez un profesor universitario me hablaba de lo difícil que le había resultado bajar al nivel de sus hijas pequeñas y ponerse a jugar a las casitas.

-Tengo tres sobrinos nietos por parte de mi mujer y a veces vienen a mi casa a pasar el fin de semana porque viven en Madrid. En esos momento me quito la chaqueta y me tiro al suelo. Y parece que tenga su edad. Ayer venía en el AVE y había un nano con unos dos añitos sentado delante, que se asomaba por los asientos. Y jugábamos. A mí me encantan esas cosas, y enseguida me pongo a ese nivel. Si hay que comportarse como un niño lo hago sin problemas.

-Antes me contaba que hace balance cada cierto tiempo, ¿también mira hacia adelante?

-Sólo miro adelante para cuadrar mi agenda. Es más, mi vida está tan llena, es tan perfecta con sus imperfecciones, que me da miedo cambiar. He tenido una suerte inmensa.

«Me encanta pertenecer a una familia numerosa, ya somos cuarenta»

-¿En serio? ¿Por qué?

-Jamás habría pensado yo que encontraría una pareja tan increíble, que después de veintipico años me hace sentir como el primer día.

-¿Cómo la conoció?

-De casualidad, porque fui a casa de unas amigas y allí estaba ella. Cuando la vi, los ojos me hicieron chiribitas. Me quedé maravillado, sin siquiera hablar con ella, pero es que a medida que la iba conociendo me dejaba absolutamente desconcertado por la suerte que estaba teniendo. Y lo digo donde sea. Pero es que estoy encantado con toda mi familia, con mis hermanos, con mis padres... Tanto que ahora no entiendo cómo fui capaz de darles disgustos de joven.

Moner confiesa que la primera vez que vió a su mujer se quedó «maravillado».
Moner confiesa que la primera vez que vió a su mujer se quedó «maravillado». / Damián Torres

-Es ley de vida, supongo. ¿Sus hijos se los dan?

-Todos los días me dan alegrías y disgustos, pero son encantadores. ¿Sabe cuándo veo que lo son? Cuando están con sus abuelos, o con sus primos pequeños. Se me cae la baba. El trato que dan ahora a sus abuelas me hace llorar, porque transmiten mucho amor. Para mí no es tan importante que sean inteligentes, que tengan más o menos aptitudes, aunque también estoy feliz en ese aspecto. Hay momentos en que los ves, sin que sepan que los estás mirando, y notas esa complicidad entre ellos. Lo disfruto muchísimo. ¿Hacen trastadas? Claro que las hacen, pero es que eso forma parte de la vida. Y yo soy quien más pide perdón de nosotros cuatro, porque me equivoco mucho.

-¿No tiene miedo a mostrar sus debilidades?

-Creo que a las personas lo que nos fortalece son las emociones, tanto las positivas como las negativas. He llorado mucho, como cuando mi padre nos dejó hace dos años. Quizás más en privado, pero no me importa que me vean, es una suerte poder hacerlo, y me siento tan bien después de reír y de llorar que lo que no entiendo es cómo alguien puede decir que las emociones nos hacen más débiles. A lo mejor por eso nunca he querido tener ese alto cargo. Soy una persona de emociones, y quien me conoce lo destaca de mí, que lo que comparto es eso. Llorar y reír es una esencia que no se debe perder.

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