«Después del infarto mi corazón se paró y tuve una experiencia extracorpórea»

«Después del infarto mi corazón se paró y tuve una experiencia extracorpórea»

Martín Quirós asegura que el paso más afortunado que ha dado a lo largo de sus 88 años fue casarse con su mujer

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Dice que ahora lleva una vida «algo desordenada» porque le gusta acostarse tarde, después de hablar con su nieto que vive en Salamanca, médico como él. Con otro nieto que estudia Ciencias Políticas también entabla intensos debates. «Quiere ser marxista y de derechas, tiene una ensalada mental…» Cumplidos ya los 88 años, Martín Quirós contempla con serenidad y una lucidez extraordinaria la vida que ha quedado atrás, intensa, con sus luces y sus sombras, desde que era un niño durante la República y la Guerra Civil. Ha sido este anestesista de profesión uno de los referentes más importantes de la derecha -«pata negra de AP», se define a sí mismo-, retirado después de años en primera línea política, sobre todo en la época en que el Partido Popular en Valencia era carne de oposición.

Míticos son sus intensos y larguísimos debates -«hemos llegado a estar un día y una noche entera en un pleno»- y con la misma vehemencia habla ahora de una actualidad que sigue casi con obsesión. Nos recibe en su casa, con vistas a la iglesia de San Agustín, recuperado ya de un cáncer con el que ha rondado la muerte, y rodeado de recuerdos en forma de fotografías y objetos que sabe que no le sobrevivirán. «Nada me puedo llevar conmigo. Además, ¿quién va a querer todo esto? No cabe en ningún sitio».

-Me han dicho que conserva una memoria prodigiosa. ¿Cuáles son sus primeros recuerdos de niño?

-Tengo una imagen muy viva del día en que se proclamó la República, a pesar de que acababa de cumplir dos años. Mi padre entró corriendo a casa a mediodía todo excitado y empezó a darle abrazos a mi madre. Puso la radio, que se había comprado a plazos y que le costó quinientas pesetas, y sonaba una música, que yo no sabía que era el himno de Riego. Es que él era blasquista.

-Tendrá entonces recuerdos vívidos de la Guerra Civil.

-Me acuerdo de que durante los bombardeos todos los vecinos venían a mi casa, no sé por qué, y se ponían a jugar al xamelo. Nos respetaron durante la guerra, porque mi padre, médico, era muy liberal, y atendía a todo el mundo. Venían los de la GPA y le decían que quitara los Episodios Nacionales, de Pérez Galdós, que tenía en la entrada, pero él contestaba que eso era historia. Desde la calle se veía incluso una Virgen inmensa y nunca nadie nos dijo nada.

«En política no me metí, me metieron. En mi casa estaban todos en contra menos una hija»

-Fueron tiempos muy difíciles, supongo.

-Mucho. Nunca olvidaré a aquel perro que la chacha ponía en una cola para comprar comida, y él avanzaba cuando la gente lo hacía. Era una situación cómica dentro de la tragedia. Tuvimos suerte además de que a mi padre lo nombraron médico de los pescadores de bajura y nunca pasamos hambre, porque aunque mi madre siempre le preguntaba que cuándo iba a cobrar, él atendía a todo el mundo y le pagaban con pescado o lo que fuera.

-Habla mucho de su padre.

-Era una persona excepcional y murió demasiado pronto. No hay día, a pesar de que ya han pasado sesenta años desde entonces, que no me acuerde de él. En mi casa siempre había invitados a la hora de comer y crecí con aquellas tertulias. De mi padre aprendí muchísimo, yo era hijo único y desde que tenía diez años me llevaba consigo a todas partes y le ayudaba en la clínica. Y quise ser médico por su ejemplo.

-Se convirtió en anestesista, se casó, formó una familia numerosa... Pero usted decidió además entrar en política.

-Es que yo no me metí, me metieron. Primero me lo propusieron, pero en mi casa todos estaban en contra menos una hija, la mayor. Lo dejé estar, volvieron a llamarme, me negué de nuevo. Al final les dije que como mucho iría a Les Corts en un número alto para poder seguir con mi trabajo. Cuando me soltaron en la plaza de toros a hablar ni siquiera sabía que era candidato a la alcaldía. Me inventé un discurso. Así empecé.

-Pero usted tiró adelante.

-Una vez que te comprometes públicamente tu dignidad personal entra en juego y yo no hago el ridículo porque soy la bandera de una familia. Y eso que me hicieron faenas en mi partido brutales. Hubo quien brindó con champán cuando me dio el infarto.

«En la guerra nos respetaron porque mi padre, médico, atendía a todo el mundo»

-¿No guarda rencor? Fue un referente en el partido, incluso son conocidos sus enfrentamientos con personalidades como Eduardo Zaplana. Usted nunca se ha callado.

-No podía callarme. Pero es que en mí siempre había un cierto humor y buena fe. Porque en política hay gente buena, mala y muy mala, personas que al ser mediocres necesitan de la maldad para subir. Cada presidente de partido necesita un ejecutor y aquel se encarga. Yo me negué a muchas cosas y no subí.

-¿Qué ha sentido al ver todas las informaciones sobre los casos de corrupción que han afectado a su partido en los últimos años?

-A muchos los he formado yo. El problema es que quienes han salido de Nuevas Generaciones pasan de ser estudiantes a tener el poder absoluto. Una persona que no se ha formado en el yunque de la vida, que no sabe lo que es ganárselo, que no tiene una visión del ahorro, de la prudencia… En política, todo el mundo debería tener en su despacho un letrero que dijera: «Todo, tarde o temprano, se sabe».

-¿Se considera usted una persona íntegra?

-He hecho todo lo posible por mantenerme íntegro.

-Ha tenido fama además de ser muy duro.

-Fui duro porque en política tienes que hacer lo que le gustaría a la gente si estuviera en tu sitio. Y a muerte. Yo soy como los ciclistas, meto la nariz en la rueda delantera y hasta la meta.

-¿Se ha sentido más médico o político?

-He intentado ser una persona cargada de humanidad en todo lo que he hecho, entendiendo a las personas. Y me he llevado muchos desengaños. Contaban que a Cánovas alguien le dijo: «Me han hablado muy bien de usted». Y él contestó: «Imposible, no he hecho un favor en mi vida». Yo al contrario, he hecho miles de favores, he colocado a personas en sitios mucho más destacados que yo, más de cincuenta. Y normalmente no he recibido nunca gratitud.

«He hecho miles de favores y normalmente no he recibido nunca gratitud»

-Su familia se negó al principio a que entrara en política. ¿Cómo se lo tomó después?

-En ese sentido lo hice muy mal con mi familia, casi los abandoné por la política, no me enteraba de nada, me perdí la juventud de mis hijos, el colegio, el fútbol… Los fines de semana pedía que me abrieran el ayuntamiento para ir a estudiar los puntos del orden del día de cada pleno. Me he recorrido la Comunitat Valenciana haciendo mítines. Y nunca me echaron nada en cara. Pero ahí acabé, con el infarto. Incluso los ingresos económicos se resintieron.

-¿Tuvo siempre su apoyo?

-Por supuesto. Mi mujer me ha ayudado mucho. Lo mejor que me ha pasado ha sido casarme con ella, me ha salvado la vida dos veces con sus decisiones. Primero después del infarto, tan brutal que nadie pensaba que me iba a salvar. Ella no lo dudó y me llevó en avión a la clínica Mayo de Estados Unidos. Durante la exploración mi corazón se paró y tuve una experiencia extracorpórea. Fue como si de repente se hubiera apagado la luz y luego estaba al lado del cirujano, viendo mi cuerpo, las pantallas, las sondas… Y de repente volví otra vez. Tres años después me cayó el ‘caso Naseiro’ como postoperatorio. Pero lo aguanté.

-Decía que su mujer le ha salvado la vida dos veces. ¿Cuál fue la segunda?

-Hace dos años me diagnosticaron un cáncer de esófago y volvió a llevarme al mejor médico, Pascual Parrilla, jefe de Cirugía en el hospital Virgen de la Arrixaca en Murcia. Estuve 65 días en intensivos. Recuerdo que pasó un señor por delante de mi cama y dijo: «‘Jozú’, si lleva más cables que una central nuclear». El tío había puesto el dedo en la llaga. Y me eché a reír. Decían los médicos que nunca había pasado tanto tiempo un paciente en la UCI sin perder la cabeza.

-Lo recuerda con humor.

-Es que es lo único que queda porque da risa, te preocupas de asuntos en la vida que luego no tienen valor. Estás rodeado de cosas y al final te das cuenta de que es una tontería.

-El hecho de haber visto la muerte tan de cerca, ¿le ha hecho no tenerle miedo?

-Yo nunca me he sentido en peligro de morir. Siempre decía: «Esto lo supero, esto se olvida». Y es verdad, se me ha olvidado.

-¿A qué atribuye esa fortaleza?

-Creo que Dios me conserva para que mi mujer no esté sola, porque yo no tengo nada que hacer aquí ya. Ella ahora me cuida como una madre, las pastillas, la comida… Se preocupa de todo, y no tengo ni dinero. Soy un observador. Antes miraba las esquelas y ahora ni eso porque ya ni los conozco, se me han muerto todos los conocidos, no quedan casi compañeros de carrera (ríe). Te quedas muy solo, y si no lo estoy de verdad es por la familia. Pero bueno, tengo suerte de que sigo aquí.

-Además, usted no ha parado. Pertenece al Consell Valencià de Cultura, donde es presidente de una comisión, no deja de escribir...

-Es que no te resignas a desaparecer. Además, el día en que pare me deterioraré, mientras el Alzheimer no se me apodere yo voy para adelante, siempre tengo cosas que hacer. Dejo muchas reflexiones escritas, sobre los Juegos Olímpicos de Barcelona, el AVE, la Expo de Sevilla, el Palau de la Música, la historia del metro… Todas para llorar. Se lo llevaron en camiones a la VIU. Ahí está todo, lo pueden usar para hacer tesis doctorales. Y, desde luego, yo cuento las cosas como son, sin juzgar a nadie. Eso es tarea divina.

-¿Cómo le gustaría que le recordaran?

-Como una persona mediocre, con gran tenacidad y sobre todo con un elevado sentido del compromiso, algo que ya no se encuentra y que intento infundir a mis hijos y nietos.