«Morir pronto me da rabia por las miles de cosas que nunca sabré»

«Morir pronto me da rabia por las miles de cosas que nunca sabré»

Manuel Toharia, aquel simpático 'hombre del tiempo' que en los setenta entraba en todos los hogares, conserva la curiosidad innata y escepticismo que le lleva a asumir «que las cosas son como son»

MARÍA JOSÉ CARCHANOVALENCIA

Después de recuperarse de una bronquitis que le ha obligado a recluirse en casa, algo inusual en él, quedamos una espléndida mañana de primavera en lUmbracle, con el tiempo justo para hacer la entrevista y volver corriendo a una reunión en el Oceanográfico, donde ahora es asesor científico. A punto de cumplir 72 años, retirarse no entra en los planes de este físico de formación convertido desde hace casi medio siglo en un divulgador científico -«como dice de mí la Wikipedia»- a quien la televisión hizo famoso cuando sólo existían dos canales en blanco y negro. «A veces volvemos a juntarnos José María Íñigo o Andrés Aberasturi, y ellos son más famosos que yo», objeta Toharia, quien asegura moverse entre un realismo escéptico de aceptación de la realidad que nos envuelve, incluso después de una tragedia familiar.

-Hace unos diez años le hice una entrevista y lo recuerdo con la misma energía que demuestra ahora.

-Bueno, mientras el cuerpo aguante no paro de trabajar. Podría estar en casa, mi jubilación no sería mala, no tengo necesidades ni deudas, estaría más tranquilo. Pero no, no aguantaría, lo que hago me satisface plenamente. Creo que al final en la vida si uno quiere se detiene, pero eso es el preludio de la muerte. Voy a morir igual, seguro, pero me moriré haciendo cosas. No lo haré aburrido, sino activo y con muy pocas ganas de morirme. De momento, que me quiten lo bailao.

-Se convirtió en divulgador científico después de una formación en Físicas. ¿Imaginaba ese camino de joven?

-De pequeño quería ser buzo, y luego ingeniero naval porque el mar siempre me llamó la atención. Lo que aspiras a ser a veces no tiene valor porque te falta información. Y estudié Físicas debido a que en primero de Medicina vi las operaciones, la sangre, y pensé: «¿Voy a estar toda la vida en contacto con la enfermedad y la muerte?» Los médicos, los enfermeros, me despiertan una admiración extraordinaria pero yo quería investigar, comprender los fenómenos. Siempre he tenido una curiosidad infinita y memoria de elefante, que es una suerte inmensa sin ningún mérito. Me di cuenta de que podía contar cosas que la gente no sabía y que entretiene porque además soy muy charlatán y escribo muy bien.

-¿Mantiene esa curiosidad después de tantos años?

-Infinita. Cada vez me da más rabia que me vaya a morir pronto por el hecho de que hay miles de cosas que nunca sabré. Quiero saber, por ejemplo, qué es la materia oscura del universo. Me puede decir: «¿Y a ti qué te importa?» No me importa nada, pero no quiero morir sin saber qué es eso. Los científicos no trabajan para buscar aplicaciones que salven la vida de millones de personas, sino para satisfacer la curiosidad. ¿Qué objetivo tiene saber qué es un agujero negro? Sencillamente somos curiosos. Luego siempre se le encuentran aplicaciones prácticas que hacen más cómoda la vida.

-¿Es su mujer la primera que le pide que continúe activo?

-Nos conocimos cuando teníamos diez años y hemos evolucionado juntos, así que la conozco bastante bien y ella sabe de qué pie cojeo en lo bueno y en lo malo. Me acepta como soy, es evidente, porque si no no estaría conmigo. Seguro que hay cosas que no le habrán gustado de mí, pero ésta es mi vida y ni siquiera se lo plantea. Me tiene muy visto.

-¿Le habla de física?

-Un día, camino de Estados Unidos, se le ocurrió preguntarme, rarísimo en ella, cómo volaban los aviones, porque le producía cierta inquietud. Cogí una servilleta de papel y se lo expliqué. Ella es abogada y traductora de la ONU, pero algo de vectores sabe, y me dijo: «Es curioso, qué interesante». Al cabo de un rato me suelta: «¿Sabes que ahora tengo más miedo que antes?». No debí hacerlo muy bien, pero seguimos volando a América muy a menudo.

-Lleva más de quince años viviendo en Valencia, pese a que usted es madrileño.

-Nací en Madrid pero mi padre era de Jaén y mi madre de Zaragoza. Tengo nietos americanos, canadienses y españoles, estudié en el Liceo Francés y he trabajado en Francia, así que lo que yo no soy es anti nada, sino pro todo. Eso y muchas cosas más.

-¿Y si tuviera que elegir una ciudad donde vivir?

-Roma para residir, París para visitar y Madrid para estar a gusto, pero donde vivo, y no me muevo de aquí hasta que me muera, es en Valencia.

-¿Por qué?

-Por el clima, la gente, el tipo de trabajo, porque mi mujer y yo nos encontramos muy bien aquí, porque cuando vienen nuestros hijos y nietos en verano están muy felices... Hay muchas razones y yo soy valenciano de adopción, que tiene más mérito que serlo de nacimiento, porque en este caso nadie te pide tu opinión. Cuando hace 16 años elegí vivir en Valencia y ahora escojo no irme nunca más es una elección consciente y racional.

-Ahora me dirá que vive frente al mar, el sueño de todo madrileño.

-Hay unos bloques de edificios en El Saler que son un verdadero atentado ecológico. Ojo, cuando llegué ya estaban y alguien tenía que vivir ahí, así que acabamos comprando un apartamento y nos encanta. Es un chollo estar en una zona de monte y enfrente de la playa. No está mal para un mesetario como yo, que echaba de menos el Mediterráneo. Mis padres veraneaban en Alicante y para nosotros era maravilloso: la playa, las vacaciones, las niñas monas Es absurdo irse al Caribe, que está lleno de mosquitos. Con las aves de la Albufera, que se comen los insectos, hay un equilibrio ecológico estupendo. Y brisa. Vivo en lo más parecido al paraíso que uno pueda imaginar, y mire que conozco casi todo el mundo.

-¿La humedad no le molesta?

-En absoluto, es muy buena para la piel. Lo malo es la sequedad que hay en Madrid, que cada vez que voy me salen ronchas en las piernas. A las mujeres se os hincha el pelo, pero como yo soy calvo no tengo ese problema.

-Nunca tuvo problemas en ese sentido.

-A mí siempre me molestó peinarme, pero a los cuarenta y tantos empecé a quedarme con poco pelo y cuando salía de la ducha me lo tiraba para atrás, con las manos mismo, y era muy cómodo. Luego ya me quedé sin pelo y fue fantástico.

-Tiene usted mucho humor.

-Acepto las cosas como son y me río mucho de mí mismo, con lo que me puedo reír de cualquiera. Algo más risible que yo desnudo ante el espejo no hay. Es que a la vida le buscas compensaciones. No me gusta que haya cuatro millones de parados, por ejemplo, y he sido siempre muy militante de izquierdas, pero no hay que vivir amargado.

-¿Se considera una persona insatisfecha?

-Mucho. Querría saber muchas cosas, tener más tiempo para estudiar y leer, tocar mejor el piano... Siempre sientes que te falta algo, porque el curioso nunca satisface su curiosidad. Tengo una cierta insatisfacción que no es grave, no soy un depresivo ni nada de eso, claro.

-Mire que yo le veo como una persona optimista. ¿Lo es?

-No, al contrario, el optimista es un pesimista mal informado. Soy muy escéptico, muy crítico, no me creo nada, a mí que me lo demuestren, que no es fácil. Tampoco tengo ningún respeto al principio de autoridad, yo se la tengo que dar a alguien, se la otorgo. Y por supuesto no creo nada en l tradición. Son poderosas las costumbres sociales, porque estás cómodo con ellas, pero la tradición no tiene que ser Dios. Por eso siempre he sido muy rompedor, muy de izquierdas.

-En la Edad Media le hubieran quemado vivo. Lo sabe, ¿no?

-Como soy bastante cobarde a lo mejor me habría callado, o lo hubiera escrito, como hizo Copérnico, que sabía que tendría problemas por decir aquello de que la Tierra no era el centro del universo y metió el libro en un cajón hasta que murió. No tuvo conflictos como Giordano Bruno o Galileo. Quizás yo hubiera sido más Copérnico que Galileo, no lo sé.

-Debe de estar además en sus genes ese interés por debatir. ¿Tiene gente con la que sentarse a discutir sobre, qué se yo, el origen del universo?

-Desde luego. Cada año vienen a Valencia, como jurado de los Jaume I, veintidós premios Nobel que se quedan cuatro o cinco días, y es un privilegio. Aquí no le damos importancia, el resto de España ni se entera y eso me tiene cabreadísimo. Estoy deseando que lleguen esos días porque he entablado una estrecha relación con varios. Me gusta además charlar con amigos, con la gente junto a la que trabajo. Hay personas a las que admiro. Podemos empezar hablando de fútbol y acabar con la energía cuántica o las ondas gravitacionales. El mundo está lleno de personas interesantes y es absurdo pasar de largo. Lo que a mí me gustaría es hablar más, con más gente, pero no tengo tiempo.

-Es entonces de los que duermen poco, seguro.

-Muy poco, toda la vida. Eso es una característica física como lo de ser calvo o tener buena memoria. Nunca he dormido más de cinco horas y estoy bien, como puede verse. Quizás la tensión y el colesterol alto, pero eso es normal a mi edad.

-¿Se cuida?

-Pretendo durar, aunque me cuido lo justo. Como muy pocas grasas animales, he sustituido la carne por el pescado y una vez cada quince días, unas chuletitas. Odio la comida basura, las pizzas, las hamburguesas, y me encanta el vino, que no se bebe, se degusta.

-Imagino pues que le encanta cocinar.

-En mi casa cocino yo, es mi territorio, mi mujer hace otras cosas de la casa. La cocina es física, química y buen gusto. De esto último tengo y la física de la cocina me la sé de memoria. Hago un poco de todo, soy muy innovador, improviso, y si me pregunta por mi especialidad, me encanta cocinar verduras. Tengo unas 30 o 40 formas diferentes de hacer alcachofas. Un día lo comenté con la exalcaldesa Rita Barberá y me contestó: «Yo tengo más que tú». Y le dije que cuando quisiera lo probábamos. Los amigos de mi padre en Alicante tenían huerta y con 13 o 14 años ya preparaba unas ensaladas con langostinos y alcachofas que estaban buenísimas. También soy experto en barbacoas, aunque no es una comida demasiado buena para la salud.

-Tiene tres hijos. Eso ya se considera familia numerosa.

-Los tuvimos muy seguidos, en el 70, 71 y 72. El último fue niña, pensamos que ya estaba bien y paramos. Los dos trabajábamos, madrugábamos mucho, ahí tuvimos una temporada muy dura pero luego fue genial: los dos hermanos mimaban a la pequeña, los tres muy buenos estudiantes, no hubo ningún problema, ni siquiera de salud. Ahora el mayor es matemático, el segundo físico y la tercera doctora en Filología; es más como su madre.

-¿Cómo lleva tener parte de la familia otro lado del océano?

-Mal porque están muy lejos, pero vamos un par de veces al año y ellos nos visitan en verano. No puedo ejercer de abuelo y cuando lo hago, lo hago intensamente. Este último tiempo los hemos visto más porque uno de mis nietos murió hace año y medio de cáncer y tuvimos que viajar para estar cerca de ellos. Mi mujer tenía un visado especial, porque durante la enfermedad mi hija necesitaba mucho apoyo.

-Qué tragedia

-Sí, lo ha sido, mi hija lo está pasando realmente mal.