Javier Monforte, un notario abducido por el bel canto

Javier Monforte, un notario abducido por el bel canto

La ópera mueve los hilos de su vida hasta el punto de que es fácil verlo en Milán, Nueva York o cualquier otro destino donde cante una de esas voces que levitan sobre su estado de ánimo. Es lo que viene haciendo desde niño, cuando los viajes a Inglaterra para aprender el idioma le permitían asistir a conciertos de música clásica

RAMÓN PALOMARVALENCIA

Es verdad que algunos buenos profesores nos marcaron para bien, pero tampoco olvido a ciertos compañeros de aulas. Con apenas doce años, allá en el Liceo Francés, estudiaba con nosotros Paco Leonarte. A esa edad el tipo nos hablaba de Kandinsky y de los poetas surrealistas con una seguridad aplastante que despertaba nuestra admiración. Era algo impresionante. Una vez, ignoro el motivo, salió el tema de la ópera y supongo que yo, mucho más bocazas que ahora (sí, ya sé que suena raro) debí de hacer una burla algo chusca. Entonces Leonarte se tomó la molestia de explicarme algunos rudimentos operísticos, y así descubrí que lo que para mí eran gritos hiperhuracanados emitidos por gente de cierto sobrepeso, en realidad encerraba arte puro de altísima calidad. Recuerdo aquella lección magistral hilvanada por un chaval mucho más sabio que el resto de la clase. El padre de Leonarte era por cierto notario, y aquí quería yo llegar, puesto que el presidente de la asociación Amics de lÒpera i de les Arts de la Comunitat Valenciana, Javier Monforte, también es notario. El mundo se muestra gozoso en sus casualidades y esta coincidencia entre la galaxia notarial y la ópera me ha hecho gracia.

Javier Monforte se convirtió en notario tras preparar la oposición durante tres años al finalizar la carrera de Derecho. Me interesa este dato porque me parece que esta clase de opositores forma parte de un selecto club de personas inteligentes que superaron una prueba de infarto. En general, a los españoles les fastidian los que triunfaron en una dura oposición por mezquinas cuestiones de celos. Todo paisano que demuestra su talento, su carácter brillante, merece una tanda de críticas. Aquí al que estudia con provecho se le tilda de empollón y se le orilla. En fin, espero que algún día cambiemos porque reconocer el mérito del prójimo contribuiría a mejorar nuestra sociedad, cada día más trufada de tontos de ordenata (una evolución del tonto de baba de toda la vida).

Sospecho que Javier Monforte se convirtió en notario pero podría haber escogido cualquer otra disciplina emparentada con las finanzas o la ciencia. Me barrunto que Javier accedió a la notaría, a la plaza que ocupa en Paiporta, para disponer de cierta holgura económica y, sobre todo, para viajar de vez en cuando y casi siempre por razones operísticas. Javier Monforte, en cuanto dispone de hueco, se marcha a Milán, a Nueva York o allá donde cante una de esas voces que le trasladan hacia otros estados cercanos al cielo.

La afición le llegó temprano, de nuevo otro caso de precocidad rotunda como el de aquel compañero mío del Liceo. Cuando su familia le mandaba a Inglaterra a aprender el idioma, él se escaqueaba a la mínima para asistir a conciertos de música clásica. Contaba en aquella época ocho años. Mientras la masa se castigaba con Enrique y Ana, Parchís y otras porquerías que los padres deberían prohibir a sus retoños (o ahora con One Direction y Justiniano Bieber), Javier ya disfrutaba de Beethoven, Mahler, Bach o Wagner.

Sin renunciar por supuesto a la música clásica, comenzó a embarcarse hacia los terrenos de la ópera y ahí sufrió un flechazo absoluto que dura hasta nuestros días. No sólo ama la ópera, sino que realiza labores de proselitismo sin, enorme virtud, arrear demasiado la tabarra. Por eso preside la asociación de Amics de lÒpera, para expandir la buena nueva, para enganchar al otro, para, en definitiva, fertilizar nuestra sensibilidad. Desde la asociación promueven exposiciones, conciertos, charlas, encuentros, tertulias... Divulgan con pasión y tino. Y como socios de honor encontramos a Zubin Mehta y Plácido Domingo, casi nada. Por desgracia, ni antaño Paco Leonarte ni ahora Javier Monforte han logrado resultados conmigo. La ópera no me entra y ni con el cañón de un Colt del 45 me obligarían a asistir a una velada. Escalofríos siento ante la perspectiva. En este sentido soy un melón terrible, pero al menos esta sensibilidad mía devastada por el rock no me impide apreciar la magnífica tarea de Javier Monforte y de la asociación que preside. Valencia luce mejor con ellos. Y cómo le encanta a Javier escuchar ópera en su escondite de Moraira frente al mar cuando el sol declina... La vida, sin esa clase de placeres, tendría menos miga.