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Maribel Vilaplana, a su llegada al juzgado, escoltada por la Guardia Civil. EFE
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La crucifixión de Maribel

Elena Meléndez

Valencia

Lunes, 10 de noviembre 2025, 00:44

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Rosalía acaba de lanzar el huracán LUX, un disco que aspira a lo mítico donde mezcla lo sagrado y lo profano con la naturalidad de quien reza y baila a la vez, amparada en esta ocasión por cruces que brillan en neón, vírgenes que lloran lentejuelas y letanías sobre bases electrónicas. Lo místico está de moda, quizá porque seguimos necesitando relatos que expliquen la culpa y la redención. Y, como en los viejos tiempos, el papel de la pecadora sigue reservado a la mujer.

En esta ciudad tan luminosa, tan dada al juicio rápido y a la frase ingeniosa, esa historia se ha repetido esta semana con la periodista Maribel Vilaplana. Una comida con el presidente Mazón el día de la DANA, una (muy) desafortunada gestión de la información por su parte, y la multitud digital encontró su nuevo altar del escarnio. Los que la conocen bien la tienen por discreta, elegante, de palabra medida, pero en el tribunal de las redes la mesura no sirve de absolución. El fenómeno no es nuevo y, en realidad, todo esto tiene algo de bíblico. María Magdalena no fue juzgada ni condenada en los Evangelios, fue la tradición posterior la que la redujo al estereotipo de la pecadora arrepentida. Una mujer libre convertida, por la mirada ajena, en símbolo de culpa. Lo mismo ocurre ahora, solo que el púlpito es X y los dardos se lanzan desde el anonimato.

La historia reciente está llena de Magdalenas modernas. Shakira fue acusada de despecho por convertir su desengaño en canción, mientras Piqué era celebrado por seguir adelante. Meghan Markle fue demonizada por desafiar los protocolos de una familia que prefiere el silencio a la libertad. Y Cristina Cifuentes, más allá de sus errores, fue exhibida con una saña pública que pocos hombres han tenido que soportar. En todos los casos siempre son mujeres a las que se les exigió arrepentimiento por el simple hecho de tener voz. Lo que late por debajo de la piel es un patrón tan viejo como la propia liturgia, el de la mujer visible que se convierte en espejo donde los demás proyectan sus miedos. Si brilla, es soberbia, si calla, es calculadora, si se defiende, histérica. A los hombres se les mide por sus actos, a las mujeres, en cambio, por la incomodidad que provocan.

Maribel tenía todos los ingredientes para el papel por brillante, elegante y próxima al poder. Bastó un almuerzo para que la opinión pública dictara sentencia, pero pocos se preguntan si habría ocurrido lo mismo con un hombre en su lugar. Y sin embargo, ahí está el eco ancestral, necesitamos una figura femenina que encarne el exceso, la culpa, la caída, una nueva Magdalena para purgar nuestros pecados colectivos. Quizá la obra de Rosalía resuena tanto porque intuye ese mismo mecanismo y lo convierte en arte. Sus canciones son oraciones pop para una generación que confunde el perdón con el trending topic. Ella también ha sido juzgada por lo mismo que se celebra en un hombre: el poder de reinventarse.

Cuando el ruido se apague, recordaremos que esto no fue solo una historia sobre una comida en el peor día posible. Fue un espejo. Uno que nos muestra, con una claridad incómoda, que seguimos necesitando crucificar a una mujer para sentirnos justos. Porque en el fondo, entre los hashtags y los titulares, el rito poco ha cambiado y basta una mujer que destaque para que alguien saque la primera piedra.

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