¿Quién es Antonio Alagarda?

Antonio Alagarda, empresario del sector del paisajismo./Damián Torres
Antonio Alagarda, empresario del sector del paisajismo. / Damián Torres

Al presidente de la Entidad de Conservación que gestiona el Parque Tecnológico de Paterna todavía le queda esa amor por la tierra y las raíces que se hunden en el barrio d' En Corts

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Antonio Alagarda empieza hablando de movilidad en el tráfico y acaba confesando que iba «en rockys» de niño por la casa de huerta de sus padres. Empresario dedicado al paisajismo, el presidente de la Entidad de Conservación que gestiona el Parque Tecnológico de Paterna deja su envaramiento inicial para descubrir una personalidad inteligente y con un punto ácido que, en unos minutos, dibuja un mapa muy certero de la angustiosa realidad que vive la agricultura valenciana, en la que se crió y a la que todavía se siente muy unido, aunque se mueva entre empresarios tecnológicos entre semana, «contactos que me enriquecen mucho», y los sábados juegue a tenis. «Espero que nadie quiera jugar conmigo después de esta entrevista, que soy muy malo».

-¿De dónde le viene lo de ser empresario?

-En mi familia nadie tenía una empresa; en realidad somos la primera generación, mi hermano y yo, que empezamos en el año 2000. Cuando comienzas de cero y entras en un sector que originariamente no es el tuyo algo de vocación tienes que tener, porque es más fácil hacer ocho horas en una empresa, olvidarte de todo e irte a casa. Quizás también haya algo de inconsciencia, porque lo que te impulsa no es el negocio ni las palmadas en la espalda. Como con la presidencia del Parque Tecnológico, que a veces tengo momentos en los que digo: «con lo bien que estaría yo en mi casa», sobre todo por mi familia.

-Y si sus hijos son pequeños, más todavía.

-Claro, porque si paso dos o tres horas al día con ellos y tres cuartas partes del tiempo estamos discutiendo, ¿qué memoria van a tener de mí, de ese tipo que aparece de vez en cuando por su casa? Menos mal que los fines de semana intento compensarlo.

Alagarda pertenece a la primera generación de su familia que ha dejado de trabajar e el campo para convertirse en empresario junto a uno de sus hermanos.
Alagarda pertenece a la primera generación de su familia que ha dejado de trabajar e el campo para convertirse en empresario junto a uno de sus hermanos. / Damián Torres

-¿Consigue olvidarse por unas horas de su día a día?

-Es verdad que a veces me despierto por la noche dándole vueltas a algo. Sé que el día siguiente voy a pasar sueño, pero en esos momentos, cuando no hay nada que me interrumpa porque mi mujer no ronca, consigo encontrar la solución. En general, no me cuesta desconectar, sobre todo los fines de semana, que los lunes llego bastante perdido. Con el tiempo he aprendido a no quedar con nadie ese día (ríe).

-¿Por qué paisajismo?

-Mis padres han pertenecido, los dos, a familias de agricultores de la zona d'En Corts, al sur de Valencia. De hecho, yo vivía justo donde ahora está ubicado el centro comercial El Saler, en broma digo que a la altura del Zara, más o menos. Las generaciones anteriores, ni se sabe desde cuándo, han vivido de la huerta y nosotros somos los primeros que hemos salido de la agricultura. Solo uno de los ocho hermanos se ha dedicado al campo, pero cuando se jubilen probablemente ya nadie siga, por razones económicas.

-La agricultura ya no da para vivir.

-Mi padre falleció este año y con él se ha perdido una gran parte de nuestra cultura. La generación de mi hijo ya no va a saber nada de la tierra, porque yo ni siquiera he aprendido la mitad de lo que a mi padre le enseñaron sus antepasados. En paisajismo se dice que las raíces son más importantes que las copas de los árboles, que vuelven a crecer si las talas. Pero la realidad es que veo que quienes han seguido con la agricultura la vida les ha tratado muy mal, por culpa de la falta de rentabilidad.

Una espina clavada

Un voluntariado en Honduras

Antonio Alagarda hizo la objeción de conciencia en un barrio marginal de Honduras, trabajando en un programa de prevención de drogas para niños. «Aquello me marcó, y he vuelto varias veces». Y esa es su espina clavada, regresar a un lugar tan hostil y al mismo tiempo que le ha dado tanto. «Al final lo que me llena no es lo material, sino esas pequeñas cosas en las que hay muchas emociones».

-¿Vive todavía en la zona?

-Cuando nos casamos nos fuimos a vivir a un piso en Castellar-Oliveral porque era la opción más viable, pero me costó mucho acostumbrarme, pasaron años hasta que me quité la claustrofobia. Mis hijos lo viven como algo normal porque han crecido ahí. Ahora nos estamos arreglando una casa de huerta y el año que viene nos trasladaremos.

-¿Y si hablamos de aficiones?

-Mi afición siempre ha sido el deporte; he jugado a fútbol, tenis, frontón, paddle o esquí. Eso es lo que me gusta, porque últimamente lo practico poco. Me encanta viajar, aunque con los niños pequeños lo hago menos; creo que es muy importante porque te abre la mente. También adoro leer, sobre todo novelas históricas y de aventuras, o revistas, como el National Geographic que mi mujer paga y yo disfruto. Últimamente, además, aprovecho los viajes en coche para escuchar podcasts de ciencia y tecnología, o de neurociencia, temas que me interesan muchísimo. Y a quién no le gusta el sofá, ver pelis, o series. Mi mujer dice que veo cosas rarísimas, aunque yo creo que la rara es ella (ríe).

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