Amelia Guich Lamo de Espinosa: «Me queda la desazón de pensar cómo habría sido la vida con un compañero»

El apellido paterno de Amelia procede de Lloret de Mar, y por parte materna los Lamo de Espinosa están muy enraizados en Valencia./Txema Rodríguez
El apellido paterno de Amelia procede de Lloret de Mar, y por parte materna los Lamo de Espinosa están muy enraizados en Valencia. / Txema Rodríguez

La sociedad a la que pertenecía la apartó cuando se separó tras un matrimonio «breve y desgraciado», pero ella no se arredró; sacó la fuerza que necesitaba para educar a sus dos hijos. Ahora considera que se encuentra en su mejor momento

MARÍA JOSÉ CARCHANOValencia

Las raíces familiares de Amelia Guich Lamo de Espinosa se adentran varios siglos atrás, emparentada con casas nobiliarias de abolengo; su abuelo fue diplomático, su primo hermano, el marqués de Mirasol, ministro de la UCD. Abre la puerta de su casa, ubicada en un lugar privilegiado de la ciudad, con esas vistas que el común de los mortales nos tenemos que conformar con contemplar a pie de calle. Y lo primero que se aprecia es, atada al balcón, enrollada a veces por el aire, una bandera de España, junto a una escultura italiana magníficamente tallada. «Es que lo que está pasando en este país me tiene muy preocupada -dice Amelia-, que quieren cambiar el himno y todo». Interesada por lo que ocurre a su alrededor, esta mujer de educación tradicional, criada entre los algodones de otra época, muestra sus reservas ante la entrevista; le enseñaron que es mejor no alardear de lo que tiene o, en este caso, de lo que no ha disfrutado: salud y un matrimonio feliz.

-¿En qué momento de su vida se encuentra?

-Quizás en el mejor, porque una ya ha realizado sus proyectos y ha luchado por sus metas, aunque algunas veces se hayan conseguido y otras no. Las personas piensan que llega la edad de la jubilación y el final se acerca, pero en mi caso es al revés. Cada día lo disfruto más.

-¿Le daba miedo llegar a la jubilación?

-Bueno, a mí me jubilaron pronto, a los 56 años, porque estoy trasplantada de corazón y, además, tengo otra enfermedad. Yo creo que soy de las personas que tienen el privilegio de haber nacido dos veces, porque a mí me quitaron mi corazón, me lo arrancaron, y me han puesto el de otra persona. Que, de paso, quiero agradecer a toda esa gente que tiene la generosidad de donar órganos de seres muy queridos para que otros podamos continuar viviendo.

«Mis amigas dicen: 'Qué barbaridad hicieron nuestros padres con nosotras'»

-Supongo que en su caso sabe qué es el sufrimiento.

-El trasplante es muy duro; yo, además, hice frente a muchas complicaciones, soy enfermera y matrona, y sabía que la cosa se estaba complicando, y que podía terminar mal. Pero, por alguna razón, Dios quería que continuara aquí y aquí sigo. Piense que cuando mi médico me dijo que podía sufrir una muerte súbita, mi hija tenía dos años.

-Qué situación.

-Me diagnosticaron de una miocardiopatía en fase evolutiva pero, por suerte, hubo un momento en que se estancó, me pusieron un marcapasos y años después me trasplantaron. Durante ese periplo he pasado de todo: viajes a Estados Unidos, complicaciones por otra enfermedad… Pero es que yo entonces tenía treinta y siete años.

Amelia Guich Lamo de Espinosa tenía sólo treinta y siete años cuando un médico le dijo que podía morir en cualquier momento.
Amelia Guich Lamo de Espinosa tenía sólo treinta y siete años cuando un médico le dijo que podía morir en cualquier momento. / Txema Rodríguez

-¿Sus problemas de salud le han hecho vivir de una forma más consciente?

-Durante algunos meses viví muy obsesionada en que me podía morir, hasta que me di cuenta de que fallecían otras personas y yo continuaba. Así que me dije a mí misma: «quítate esa losa de encima porque no te está permitiendo vivir, la muerte llegará cuando tenga que llegar, aprovecha el momento». Afortunadamente, tuve la salud suficiente para poderlo disfrutar, y desde que me trasplantaron cada día me encuentro mejor, con más fuerza… tanto es así que yo creo que a mí Dios me ha regalado la vida dos veces. Y si le cuento más… posteriormente fui operada de cáncer. Por eso doy tanto las gracias de estar a punto de cumplir los setenta.

-Ha dicho que tiene una hija.

-Tengo dos, fruto de un matrimonio breve y desgraciado. Ellos conservan una buena relación con su padre, son dos personas equilibradas y han vivido muy felices.

«Todos los días pido a Dios que dé fe a mis hijos, a mí me mantiene viva»

-¿Le ha hecho más fuerte habérselas apañado sola incluso con su enfermedad?

-Efectivamente. Yo creo que las personas no se dan cuenta, que cuando dicen que son fuertes no es así. En realidad, la vida, las vicisitudes, las dificultades, te hacen fuerte. Si todo lo tienes fácil no hace falta serlo. Eso sale de dentro, y creo que he tenido mucha suerte, ayuda de Dios, o de mis seres queridos de arriba, que me han protegido mucho. Lo que pasa es que siempre te queda esa desazón dentro de pensar cómo habría sido este caminar con un compañero. Porque, claro, he estado sola, y todo te lo enfrentas con la almohada, porque no tengo hermanas, solo dos hermanos, uno ya fallecido también por un problema cardíaco y otro que vive fuera.

-¿Sus padres?

-Mi madre era mayor, aunque tuve la suerte de disfrutarla hasta hace bien poco. Fue muy gratificante cuidarla y que viviera con nosotros, mis hijos guardan un gratísimo recuerdo de la convivencia con su abuela. Es que éramos tan poquitos… mi madre fue ese complemento. Al final de su vida sufría de demencia senil y no sabía lo que decía, pero mire cómo era que a veces le preguntaba: «mamá, ¿por qué no hablas?», y ella me contestaba: «es que digo tonterías».

-¿No tenía padre?

-A mi padre lo perdí muy joven, yo tenía dieciséis años, y eso cambió nuestras vidas. Mi madre aún era hija de familia y desaparece la cabeza que tiraba del carro. Mi hermano mayor tuvo que hacerse cargo de la casa, mi otro hermano empezó a ocuparse de las fincas… mi vida hubiera sido otra con mi padre vivo, seguro.

«Mi abuela era una gran señora, yo no le llego ni a la suela de los zapatos»

-Usted quiso trabajar, no quedarse en casa.

-En aquel entonces, en mi círculo, te preparaban para casarte. Después del colegio me mandaron a una escuela hogar en Alicante, donde te enseñaban a lavar, a planchar, a cocinar, estudiabas arte, idiomas… cuando terminé yo quería hacer más cosas, y estudié secretariado. Como no quería trabajar de secretaria con dieciocho años pensé: «¿qué hago?». Me matriculé para formarme como ATS. Podría haber hecho una carrera superior, pero no se nos mentalizaba para ello, sólo podías ser madre y esposa. Pero yo tenía inquietudes e incluso hoy algunas de mis amigas dicen: «qué barbaridad hicieron nuestros padres con nosotras». A los chicos sí se les inculcaba que hicieran carrera, pero a nosotras no. Y, claro, si luego te iba mal no tenías de dónde cogerte. Menos mal que yo me casé mayor, con treinta y dos años, y tuve tiempo de estudiar y trabajar.

-¿Tenía vocación de enfermera?

-Mi vocación fue la de matrona, he sido muy feliz con mi trabajo. Lo único que me molestaba eran los turnos rodados, las noches o los festivos, pero es que traer un ser a la vida es una felicidad, y cuando veías a esas madres tan contentas…

-Me contaba que de su familia aprendió muchas cosas.

-Mi abuela fue una de las personas que más influyó en mí. Vivíamos en la misma finca, aquí en Valencia, y como yo era la más pequeña de casa comía con ella todos los días. Era una gran señora, discreta, pero yo creo que no le llego ni a la suela de los zapatos.

Criada en la alta sociedad valenciana, sabe bien qué es el sufrimiento.
Criada en la alta sociedad valenciana, sabe bien qué es el sufrimiento. / Txema Rodríguez

-Pertenece a una estirpe de nobles.

-Mi primo hermano es el marqués de Mirasol -hace una pausa-. ¿Eso también lo va a decir? Me da un poco de vergüenza (ríe).

-La nobleza siempre ha sido bastante discreta, al menos en Valencia. ¿Le enseñaron a no alardear?

-Los tiempos han cambiado mucho, porque hoy en día todo se basa en querer demostrar más, pero yo pienso que la educación que se daba antes se fundamentaba en la discreción, e incluso cuando se hacían obras de caridad la gente no tenía porqué saberlo. Yo he sido muy partidaria del refrán de que lo que haga tu mano derecha no se entere la izquierda.

«Ahora estoy muy ilusionada con la boda de mi hijo. Estoy deseando tener nietos, pero no sé si seré muy mayor y si los podré cuidar»

-¿Esos son los principios que les ha intentado enseñar a sus hijos?

-Pienso que la posición social la marca el varón, pero la educación la da la madre. Lo que he intentado yo es que sean buenos cristianos y buenas personas, además de que tuvieran una magnífica formación para enfrentarse al mundo, para poder encarar la vida en caso de una separación o un problema grave; ahí fuera hay una competitividad enorme. También en la honradez, en la discreción, en la humildad. Y en la fe. Le pido a Dios todos los días que le dé fe a mis hijos, porque ha sido mi baluarte, me ha mantenido viva. Mi abuela y mi madre debieron rezar tantos rosarios y pedir tanto que aquí me tienen.

-Es usted muy positiva.

-Siempre adelante, para atrás ni para tomar impulso.

-Además de en la religión, ¿en qué personas ha podido apoyarse y confiar?

-Cuando mis hijos eran pequeños no había ayuda de nadie, yo me aparté mucho al separarme porque la sociedad es así.

-Fue además muy valiente, en una época y una clase social donde no debía ser demasiado habitual separarse.

-Claro que he sido muy valiente, soy de las que pienso que si una puerta se cierra se abre una ventana. Viendo lo que me ha ocurrido en la vida, oye, siempre me escapo por la rendija, o quiero ver yo que es así y soy optimista. Creo que aquí la educación es muy importante, porque si es muy permisiva y a todo te dicen que sí, cuando la vida posteriormente te dice que no te agarras una rabieta y no sabes qué hacer. Pero si de pequeña te niegan cosas de forma habitual estás más acostumbrada.

-¿Tiene nietos?

-Todavía no. Mi hijo se casa el próximo mes de junio, me lo dijo hace un mes y estoy muy contenta, porque estoy deseando tener nietos; que no sé si seré muy mayor y si los podré cuidar. Mi hija tiene treinta y un años y vive en Madrid, donde es abogada del Tribunal de Cuentas. Estoy muy orgullosa de ellos, son brillantes, trabajadores y muy buenos hijos, no sabe lo que me cuidan. Y yo aquí sigo dando guerra.

-¿Qué le mantiene activa?

-El arte, la política, leer y mantenerme cultivada.

-Está rodeada de recuerdos.

-Sí, pero no me gusta anclarme en el pasado, recordar es bonito pero hay que vivir el presente. Yo no pierdo la ilusión nunca, aunque me ha quedado esa espina clavada de haber estudiado una carrera; algo me ha debido estar destinado. Por ejemplo, las dos magníficas casas de campo de mis abuelos han venido a mí, a pesar de que éramos nueve nietos y yo una de las más pequeñas. A veces pienso que es porque yo soy la única que las hubiera cuidado, que los demás las hubieran vendido. Mis primos viven en Madrid, y tener cosas en Valencia no les ha interesado.

Contenida durante la entrevista, confiesa que le preocupa el qué dirán, porque no es fácil abrirse en su círculo, donde se sale de casa llorada. Sin grabadora, Amelia Guich se descubre como una mujer extrovertida y con gran sentido del humor. Qué lastima.

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