En familia con Ismael Zahrawi padre e hijo

En familia con Ismael Zahrawi padre e hijo

En su casa se come más paella que cocina árabe. El doctor llegó a Valencia huyendo del caos sirio y aquí echó raíces. Su hijo le sigue los pasos. Hoy lamentan que las dos orillas del Mediterráneo estén tan distantes

ELENA MELÉNDEZVALENCIA

Ismael Zahrawi padre posee el aspecto entrañable de los médicos de antes, esa raza de profesionales que te saben escuchar también con los ojos. Se sienta para hacer la entrevista y coloca sobre la mesa un pesado libro de letras doradas. Es su tesis y la dedicó a la figura de Abulcasis, el legendario cirujano cordobés que ya en el siglo X sentó las bases de la medicina actual. «Para mí es una figura fundamental en la historia de la medicina y en España no se le ha reconocido como debería», asegura. Su hijo, de nombre Ismael como él, lo observa con respeto. Heredó el amor por la cirugía, vocación que en su caso encauzó hacia la odontología. «Desde muy niño he estado familiarizado con su profesión, con su tesis. Me lo mostró de una manera que hizo que amase la profesión. Trabajar a su lado es un sueño».

Hace medio siglo que el Ismael padre llegó a Valencia. Lo hizo para estudiar y huyendo de una situación complicada en su Siria natal. «Mi padre era general, de derechas. Hubo un golpe militar de izquierdas y empezamos a estar perseguidos. Por eso vinimos a España. Yo estaba decidido a estudiar Medicina, era muy vocacional y lo llevamos en los genes. Mi tío fue un gran médico pediatra». La elección de Valencia tuvo que ver con el doctor Barcia Goyanes, catedrático rector de la Universitat de València que, tras estudiar en Londres con un compañero sirio, poseía una simpatía especial por el pueblo de Ismael. «Él impartía clase de anatomía y para mí fue el aliciente definitivo. En aquella época además, no sé si por la guerra de Marruecos, había cierto rechazo al moro y, aunque nosotros somos árabes, yo lo detectaba. En Valencia me sentí muy bien acogido desde el principio», asegura mientras su hijo asiente, añadiendo que en su caso jamás ha notado ningún tipo de rechazo por su apellido. Más bien todo lo contrario, pues la gente le suele preguntar por la curiosidad de lo desconocido.

Su infancia la recuerda feliz. En opinión del joven odontólogo, Valencia es la mejor ciudad del mundo para vivir. Reconoce que tiene la espinita de no saber hablar árabe, pues sus padres quisieron inculcarle el inglés desde muy pequeño, y es lo que habló junto con el español. «Entre ellos sí que usan a veces el árabe y por tanto sé algunas palabras y expresiones y mi madre a veces cocina recetas de allí. Pero lo que nunca ha faltado los domingos en mi casa es una buena paella. Como ninguno nos atrevemos con la receta, siempre la encargamos», revela.

El odontólogo tiene un especial cariño hacia la avenida Reino de Valencia, donde estuvo ubicada la primera consulta de su padre y donde disfrutaron durante años del ambiente de Ruzafa. «También lo pasaba muy bien en las visitas al Devesa Gardens. Me encantaba ir». Al pensar en los tiempos de crianza, al doctor le viene a la cabeza una tarde en que Ismael volaba pasillo arriba pasillo abajo con la bici que le acababa de comprar. «Era muy pequeño, había una rinconera con figuras, la golpeó y le cayó una a la cabeza. Gritó y ya no se le oyó. Cuando llegué estaba en el suelo muy quieto con los brazos abiertos. Pensé: Se ha matado. Me acerqué corriendo y vi que estaba bien, sólo tenía un pequeño corte, aún conserva la marca».

Trabajar en familia se ha convertido en un estilo de vida para ellos. Pese a reconocer que tiene cosas buenas y malas, la balanza tiende hacia el lado positivo. Eso sí, echan en falta los viajes por todo el mundo, especialmente los que hicieron con grupos de médicos occidentales hasta lugares como el norte de África, Oriente Medio, Siria, Egipto o El Líbano. «Llegamos a reunir hasta 300 personas. Se trataba sobre todo de acercar las dos orillas del Mediterráneo, que con los tiempos que corren parecen más separadas», lamentan.

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