Un viaje en borreguero

Uno de los viejos automotores de la línea Cercanías en la estación de Utiel. / irene marsilla
Uno de los viejos automotores de la línea Cercanías en la estación de Utiel. / irene marsilla

Un tren tarda menos en llegar a Madrid que a Utiel desde Valencia. La línea de Cercanías de interior es el fracaso del transporte público

HÉCTOR ESTEBANVALENCIA.

«Tren con destino a Valencia por vía uno». La voz enlatada de la estación de Cheste advierte a los pasajeros de la llegada del 'camello'. El automotor que salió de las naves de Macosa a principios de los ochenta, entre Adolfo Suárez y Felipe González, todavía se arrastra por las vías de Cercanías empujado por cuatro motores diesel que resoplan como si fuera el último día de su vida.

El tren aparece. Agoniza y chirría. Humeante y destartalado. Cuando llega a la estación busca aire. Agotado, viejo y maltratado. «Es vergonzoso. No sé cómo nuestros políticos nos piden que utilicemos el transporte público y que dejemos el coche en casa con trenes como este. En casa tenemos sólo un coche y lo utiliza mi mujer para ir a trabajar. Si tuviera dos, no iría en este trasto», señala Jorge, que trabaja en el centro de Valencia. «Y te digo una cosa, me alquilaría una plaza de garaje aunque me saliera un poco más caro. Pierdo tiempo en este tren», apunta.

El viejo automotor llega a la estación remendado. La chapa llena de parches, masillada, sin el mimo de tapar con pintura el paso del tiempo. A nadie le importa ya ni el tren ni sus viajeros. Por fuera es un poema; por dentro, un tren repintado, como una casa vieja con las sillas del salón tapizadas y los goterones cayendo por las paredes de gotelé. El trayecto en coche de Cheste a la plaza del Ayuntamiento de Valencia no cuesta más de media hora. En tren supera los cincuenta minutos.

Un idea y vuelta a la estación de Valencia-San Isidro son 5,80 euros. Para una familia media, de matrimonio y dos hijos, ir y volver un sábado al centro de la capital significa de partida un gasto de 23,20 euros. Con ese dinero, la misma familia paga la gasolina y merienda en Valencia. Y lo que es mejor, llega antes a su destino.

Los pasajeros viajan mudos. Una vigilante de seguridad pasea arriba y abajo. En una ocasión lo hace al móvil. La única rendija de modernidad la aporta el interventor. Ya no lleva ese artilugio manual que servía para hacerle una muesca al billete. Ahora aparece con un aparato más propio de un restaurante de comida rápida. Cuando esperas la pregunta de si quieres ensalada de col, toma el billete y lo valida. El tren cimbrea, más bien renquea con mil y un ruido. El interventor, ausente, mantiene el equilibrio en el centro del pasillo de la experiencia de los años en ese automotor. Yolanda es estudiante. Ha subido en Aldaia y tiene 19 años. Bajará en Valencia para coger un autobús después y llegar a su destino. «El tren es viejo. No tengo otra opción. Lo peor es la frecuencia. Tengo que aprovechar los tiempos muertos para estudiar. Para eso sí que me viene bien», apunta con cierta ironía.

El viejo automotor empuja para arrancar. Los motores diesel rugen para mover miles de toneladas de chatarra. Desde dentro, uno se imagina las chimeneas humeantes para llegar a la próxima estación. Cuando coge algo de velocidad, ningún vagón sigue el mismo compás. El traqueteo es por exceso, como si un kilómetro más de velocidad abocara al maquinista a un nido de problemas.

Hoy se tarda lo mismo en ir de Valencia a Utiel que de Valencia a Madrid. Minuto arriba, minuto abajo. Un valenciano de Utiel necesita dos horas para plantarse en la estación del Norte. Antes llegaría a Atocha.

Los vecinos de interior no interesan. De la misma manera que no importan sus vías férreas. Abandonadas, viejas y oxidadas. Incluso da la sensación de que esos viajeros no tienen la alegría de los que circulan por la costa. Cuesta menos ir a Gandia que a Cheste, aunque hay el doble de kilómetros. Los partidos, como pasa cada cuatro años, llenan su programa de promesas para ese olvido viajero. España va al revés de Europa. La alta velocidad brilla mientras las Cercanías acumulan mugre. En Alemania, Bélgica o Suiza se cuida al viajero de proximidad. «Estoy harto de tantas promesas. Llevo escuchando años que esta línea va a mejorar. Ya no me creo nada», señala Jorge mientras se apea del 'borreguero'.