«Tranquila, te dormirás enseguida»

Ángel Hernández, esposo de María José, ayer en su casa. / EFE

La eutanasia de María José, administrada por su esposo, reabre el debate de su regularización

D. CHIAPPE/D. ROLDÁN MADRID.

Desde hace tres décadas María José, de 61 años, padecía esclerosis múltiple. Ya carecía de fuerzas y de movilidad. Dependía de su pareja, Ángel Hérnández, de 69 años, que se jubiló hace ocho para ocuparse de su cuidado. Habían decidido que él la ayudaría a morir y habían decidido grabar ese momento íntimo del adiós. «La ayuda que necesitaba mi mujer ha sido bastante estos años, y peor los últimos meses», relata Hérnández dos días después de la muerte de María José. «Eran terribles, ella estaba muy inquieta, sufría muchísimo. No había ayuda y tenía pánico de pedírmelo a mí. Yo le decía que si no me lo pedía, yo no podía hacerlo». Aquel día, frente a frente, la pareja prosiguió.

-Bueno, María José, ha llegado el momento que tanto deseabas -dijo él y ella asintió-. Yo te voy a prestar mis manos... es sólo que tú no puedes.

Ángel y María José

Las palabras y actos de Hernández buscaban explicar aquellos actos preparados en un documento visual. «Había que hacerlo gráficamente para que la gente lo viera», afirma Hernández. «Había que documentarlo para demostrar que las personas sufren». Según una encuesta del CSIC, entre el 72% y el 88% de la población española está de acuerdo con la eutanasia activa voluntaria y el suicidio asistido. El día anterior al fijado para la muerte de María José habían preparado otro vídeo en que ella explicitaba su consentimiento.

-Primero vamos a probar con un poquito de agua -él le acercó un vaso con una pajita-. Porque no sé yo si puedes tragar, ¿sabes? Si vemos que no puedes, abortamos.

«Se me ve tranquilo, pero por dentro estaba como un flan», confiesa Hernández en un programa matinal. «Sabía que una vez que falleciera, la dejaría de sentir, ver, escuchar y hablar con ella. Pero para mí era más fuerte su sufrimiento».

Ella estiró los labios, buscó el extremo plástico, absorbió el líquido, tragó. Ángel susurró una pregunta. Pero sus frases eran una palabra seguida de puntos suspensivos. Recogió otro vaso similar y se lo acercó. Ya estaba con el pentobarbital, el fármaco usual para ayudar a morir a las personas en los países donde la eutanasia el legal. «Fue mi mujer la que se interesó en prepararlo todo para que, si llegaba el día, pudiera hacerlo», asegura Hernández. «Ella consiguió el medicamento a través de internet». Con la fórmula letal en las manos, Hernández le dijo:

-No es mucho pero puede que sepa mal. O sea, tienes que soportarlo. ¿Estás decidida?

-Sí -se reafirma ella, voz suave.

Mediaset

Ausencia definitiva

Ángel le acercó el vaso. «Los medicamentos no le hacían nada», rememora Hernández. «Le daba gotas concentradas de morfina, a las dos horas otras más, y dos horas después, otras más. Tenía miedo de que pudiera ocurrir una sobredosis, aunque parezca mentira», explica.

Los médicos defendieron en un comunicado su labor de cuidados paliativos y los partidos políticos mantienen las mismas posiciones que hace meses, cuando se debatió sin éxito la ley de eutanasia. Pedro Sánchez prometió «regular» la eutanasia si resultaba electo; Albert Rivera y Pablo Iglesias pidieron una ley de muerte digna; Pablo Casado se mantuvo al margen, para evitar que el tema cale en plena campaña electoral. Aunque los detalles frenan la aprobación de la ley en una carrera por el rédito político, ningún portavoz se atrevió a pedir pena de prisión para Hernández. «Esto tiene que servir para que la eutanasia sea regulada y salga adelante», dice él, consciente de reabrir un debate en el que la Iglesia sostiene la posición contraria. «La muerte provocada nunca es la solución a los conflictos, ni en el caso del aborto ni el caso de la eutanasia ni en otras situaciones», apuntó el secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello.

María José aspiró el líquido. El astringente cambió su rostro, tuvo arcadas. Una elipsis corta el vídeo y conduce hasta el instante en que él le pide:

-Dame tu mano, quiero notar la ausencia definitiva de tu sufrimiento -mientras coloca la mano derecha de ella entre las suyas, y las lleva al pecho. Suceden los estertores.

-Tranquila, tranquila, te dormirás enseguida -dice antes del final.

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