LA HIPOTECA REPUTACIONAL

PABLO SALAZAR

Valencia tenía cuatro ministros en el cada vez menos 'fashion' Gobierno de Pedro Sánchez. Cien días después, la cuota se ha reducido en un cincuenta por cien tras las salidas de Màxim Huerta primero y de Carmen Montón el pasado martes. Todo ello dando por sentado que el ministro de Agricultura, Luis Planas, pertenece a ese grupo valenciano, teniendo en cuenta que aunque nació aquí toda su carrera se ha desarrollado fuera de la Comunitat, un caso similar al de María Teresa Fernández de la Vega, la exvicepresidenta que tuvo que empadronarse aprisa y corriendo en su pueblo natal, al que en décadas apenas había vuelto. El concepto de valencianía aplicado al origen de los políticos es casi líquido, como caso todo en la sociedad actual. Dos expresidentes de la Generalitat, como Zaplana y Olivas, eran considerados valencianos a pesar de que uno había nacido en Cartagena y el otro en Motilla del Palancar. Por contra, al exministro García Margallo no se le incluía en esta denominación, aunque gran parte de su vida la ha pasado entre Valencia y Jávea, porque vio la luz en Madrid.

Sea un 50% (dos de cuatro) o un 66% (dos de tres), lo cierto es que para Valencia, su imagen y su peso político en el conjunto de España, no es una buen a noticia el que los dos ministros del Gobierno de Pedro Sánchez que han tenido que dimitir en apenas cien días sean valencianos. Siguiendo el criterio de la hipoteca reputacional que, según el presidente Puig, era la pesada carga que teníamos que soportar por culpa de los casos de corrupción del PP, el índice de credibilidad exterior de la Comunitat estaría nuevamente en sus horas más bajas. Y sin embargo, ahora, como entonces, conviene distinguir el grano de la paja. El que Màxim Huerta no estuviera al corriente de sus obligaciones fiscales con Hacienda o el que Carmen Montón haya cometido alguna trampa en su máster no debería afectar al prestigio del conjunto de los valencianos, que tampoco eran responsables de los casos de corrupción del PP en Gürtel, Emarsa, Brugal... Cargar sobre los hombros de la ciudadanía las culpas de su clase política no parece justo, ni entonces (con el PP), ni ahora (con el PSOE). Otra cosa es que algunas actitudes que han servido para retratar a algunos dirigentes no sean exclusivas del ámbito político sino que estén muy asentadas en la sociedad. Desgraciadamente, Màxim Huerta no es el único español que trata de evitar como sea pagar lo que debe a Hacienda. Al igual que el máster de Montón, como el de Casado o la tesis de Sánchez, no son más que el reflejo de una burbuja -la universitaria- que antes o después tenía que estallar tras haberse hinchado artificialmente durante décadas. Fenónemos ambos que no afectan sólo a los valencianos, faltaría más, sino a toda España.

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