Constitución con perfume alemán

Constitución con perfume alemán

El hermanamiento con Maguncia sirvió para comprobar la influencia germana en la naciente Carta Magna

No hay que hacer profundas averiguaciones para encontrar confirmación experta a la impresión de que los padres de la Constitución española de 1978 tuvieron a mano, en la mesilla de noche o en las duras sesiones de debate, el texto de la Constitución alemana de 1949. La búsqueda de la estabilidad de los gobiernos a través de la investidura o la moción de censura constructiva es el primer ejemplo de esta inspiración que se ofrece a los estudiantes; como también ha bebido en fuentes alemanas el concepto de España como «Estado social y democrático de derecho» que aparece en nuestra carta magna.

Con todo, siendo esto de capital importancia, todavía lo es más la evidencia de que Alemania -desde luego la Federal y libre- estuvo siempre muy cerca de España, como soporte, aliento, respaldo e inspiración de nuestra transición. Y un grupo de valencianos, los que tuvimos la suerte de viajar a Maguncia entre el 9 y el 12 de diciembre de 1978, cuando se firmó el hermanamiento de las dos ciudades, pudimos comprobarlo de forma directa. No solo por el excelente trato que recibimos, sino porque en todo momento se trasparentó, a través de gestos y detalles, que la cultura política alemana comprendía muy bien los avatares políticos de los españoles; y que arropaban a una nación que estaba dando los pasos finales hacia la democracia.

Bajo las órdenes del alcalde Jakob 'Jockel' Fuchs, los tres partidos locales se tomaron muy en serio lo que se iba a formalizar. Y entendieron que aquella corporación visitante, que todavía no había tenido oportunidad de componerse mediante unas elecciones libres, representaba a un pueblo estimable que, tras mucho sufrimiento, anhelaba olvidar el pasado dictatorial y equipararse a los vecinos de Europa. En 1978, Helmut Schmidt llevaba la cancillería, heredada de Willy Brandt, y su apoyo al socialismo de Felipe González se hacía evidente a cada paso: si el líder sevillano dio de lado el marxismo en 1979 fue en buena medida por influjo del poderoso SPD; un partido que cuando recibió desde Alicante una petición de ayuda para imprimir folletos de propaganda, envió en un camión especial una máquina rotoplana de doce metros a una ejecutiva local que en realidad necesitaba una ciclostil mejorada.

Pero los liberales tenían en la presidencia de la República a Walter Scheel y los cristianodemócratas estaban esperando el turno de Helmut Kohl. Ninguno de los tres líderes dejó de mimar a sus socios españoles y de alentar la esperanza de una Europa que necesitaba una España configurada al fin en democracia.

Con todo, a los observadores valencianos de aquel viaje les fue fácil descubrir en el pueblo alemán rasgos, vínculos y dramas comunes. ¿Aquel prusiano y marcial concejal de Maguncia que hacia desfilar a los bomberos al paso de la oca, de dónde había salido? «Es un hombre que ha sufrido mucho», te explicaban. «Fue militar de joven, tuvo una crisis religiosa súbita, pasó diez años en la selva de Perú y regresó reconfortado hace poco».

A través de la ironía, incluso del humor amargo, fue posible detectar que la tragedia del pueblo alemán había sido inmensa, y que todavía se traslucía a través del firme propósito de no volverla a revivir jamás. Era una clara metáfora para españoles, que enseguida captaron que cada alemán tenía almacenada una infinita capacidad de reconciliación, pendiente de aplicar como un bálsamo sobre los hermanos que vivían sin libertad al otro lado del muro y las alambradas. Lo lograron once años después, en 1989, para generar, juntos al fin,esa nación motor de Europa que anhelaban.

En España se acababa de celebrar el referéndum constitucional y a los españoles les admiraba ver una cohesión de propósito entre los miembros de los tres grandes partidos presentes en el ayuntamiento de Maguncia. Todos fueron a los actos oficiales, todos arroparon a Valencia. Todos hicieron chistes, como cada día, con el apellido del alcalde Fuchs (en castellano significa Zorro) que en sus discursos siempre glosó la ya cercana conquista española de la libertad después del largo túnel.

Nos admiró la riqueza de una ciudad con tres veces más presupuesto que Valencia. Impresionaba la central eléctrica situada en la isla del Rhin de la que la ciudad nutría sus principales recursos. Nos cautivó la limpieza de las calles, el orden sosegado de la ciudad, la pasión ciudadana por la fiesta y la cultura, el candor popular de los mercadillos navideños. Y la aplastante potencia de una Universidad, donde un grupo de alumnos del área hispana, tan informados de nuestras cuitas como si estuviéramos en La Nau, quiso que el periodista hablara del conflicto valenciano-catalán, a ser posible con matices en la prosodia de las hipotéticas palabras diferenciales.

Admirable Alemania. Apabullante referente para los viajeros valencianos. Desde entonces, ahora hace 40 años, el perfume de aquel estilo, de aquella sociedad, de aquella ciudad cuna de la Imprenta, lo tengo asociado a los valores, sentimientos y anhelos de nuestra Constitución.

El alcalde Fuchs, en la noche de despedida, se mostraba jovial. Tomó el micro del autobús y ordenó al conductor, horrorizado, que acortara hacia el restaurante por una calle de dirección prohibida. El traductor tampoco daba crédito a lo que oía:

-El señor 'oberburgermeister' ordena ir por dirección contraria para que invitados españoles vean que no tenemos cabessa cuadrada...

 

Fotos

Vídeos