Pelea de gallos en la izquierda

Alberto Garzón y Pablo Iglesias, durante un encuentro./
Alberto Garzón y Pablo Iglesias, durante un encuentro.

Iglesias y Garzón pueden haber hecho un negocio ruinoso o una jugada maestra tras el desacuerdo electoral de Podemos a Izquierda Unida

RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Se sabrá el 20 de diciembre por la noche, pero la izquierda a la izquierda del PSOE puede haber hecho un negocio ruinoso o una jugada maestra tras el desacuerdo electoral de Podemos a Izquierda Unida. La idea, parecía, era confeccionar candidaturas de unidad popular para asaltar el coto del bipartidismo. Pero se ha parecido más a un intento de fichaje puro y duro del candidato de IU, Alberto Garzón, por parte de Podemos. El líder de la coalición, entretanto, se ha dejado cortejar con la cabeza puesta en una futura capitanía de la izquierda alternativa con permiso del Pablo Iglesias. En definitiva, una pelea de gallos en la que no se sabe quién ha clavado los espolones a quién.

La historia viene de meses atrás, pero se aceleró tras las elecciones municipales del 24 de mayo. Después de aquellos comicios, el secretario general de Podemos mostró sus cartas a Garzón, al que ofreció integrarse como independiente en las listas de su partido. Hasta manosearon la posibilidad de que encabezara la lista por Málaga. No era nada nuevo. Iglesias hizo la misma operación con Tania Sánchez, aunque ella tuviera que dejar IU para dar el paso.

Arqueología electoral

No siempre la izquierda del PSOE ha estado ocupada por IU, antes Partido Comunista de España. En las elecciones de 1977 y 1979, una pléyade de fuerzas de extrema izquierda, muy dinámicas en la lucha contra el franquismo, aceptaron el reto de las urnas y, pese a las expectativas, sus resultados fueron desastrosos. Desde entonces quedó sentado que la izquierda de los socialistas estaban los comunistas y nadie más.

A las primeras elecciones democráticas, se presentó el Frente Democrático de Izquierda, impulsado por el maoísta Partido del Trabajo de España, y fue el primero de los extraparlamentarios de la extrema izquierda con 122.000 votos, el 0,6%. Detrás se situó la Alianza Socialista Democrática, cuyo motor era el anquilosado PSOE histórico de los seguidores de Rodolfo Llopis, el santón socialista en el exilio descabalgado por Felipe González. Obtuvieron 101.000 papeletas, el 0,5%. Los también maoístas de la Organización Revolucionaria de los Trabajadores estaban detrás de la Agrupación Electoral de Trabajadores y consiguieron 77.000 sufragios, el 0,4%. Los trotskistas de la Liga Comunista Revolucionaria se camuflaron en el Frente de Unidad de los Trabajadores y cosecharon 41.000 votos, el 0,2%. En total, poco más de 340.000 sufragios, el 1,7%.

Dos años después repitieron sin maquillajes y con sus nombres propios, pero también divididos. Algo mejoraron, pero entre todos sumaron poco más de medio millón de papeletas, el 2,3% del total.

A partir de ahí, casi desaparecieron del mapa electoral y político.

Pero el joven candidato de la coalición dijo que él solo, no. Que representaba a una formación con un millón y medio de votos en las generales de hace cuatro años, 2.000 concejales elegidos en los últimos comicios locales y cientos de dirigentes políticos. Lo dejaron estar hasta el revolcón de las elecciones catalanas, a las que concurrieron juntos Podemos e IU, y se vieron relegados a una poco vistosa cuarta plaza. Iglesias redobló el cortejo, reunión de amigos en el domicilio de Garzón incluida.

Pero nada. Podemos insistía en que el malagueño riojano de nacimiento, sí, pero sin "la mochila" (el aparato orgánico) de IU. Una oferta imposible. Aceptarla, dice, hubiera sido una traición a la historia de IU y a décadas de trayectoria comunista. Hubiera conseguido, sin duda, el escaño, pero hubiera quedado como un apestado entre los suyos.

El empeño de Iglesias no era un capricho, era la consecuencia de un cuidado análisis. Para salir del cercado de la izquierda y extenderse por los caladeros electorales del centro, Podemos no podía cargar con IU. Mala noticia para la coalición venida a menos. Las candidaturas unitarias con el partido morado eran su salvavidas, y también una mala nueva para Garzón, que veía desmoronarse su proyecto para un futuro liderazgo de la izquierda a la izquierda del PSOE.

Proyecciones

Es imposible saber cuáles habrían podido ser los resultados de una alianza de Podemos e IU. Algunas prospecciones apuntan a que en esa sociedad la formación de Garzón habría aportado hasta seis escaños a la caja común. IU en solitario corre el peligro de quedarse con dos o tres diputados. Aunque es una hipótesis engañosa porque el cuerpo electoral no es inerte, se mueve al son de cada cita con las urnas y en cada una de ellas entran en juego multitud de variables.

También hay expertos, como el politólogo Pedro Simón, que sostienen que en las circunscripciones pequeñas, las que eligen de tres a cinco diputados, la alianza de la izquierda no hubiera mordido a los dos grandes. Otra cosa sería en las intermedias, las de seis a nueve escaños, en las que la suma podría arrebatar diputados a PP y PSOE. Simón calcula que entre ocho y doce. En cambio, en las grandes ambas fuerzas juntas tendrían un resultado casi similar al de presentarse separadas.

Las cuentas de Podemos, que alguno asimila a las del 'gran capitán', se mueven entre los 50 y 60 escaños, y en ese escenario la aportación de IU, de acuerdo a su análisis, no solo no sumaría sino que restaría. Esa es, sostienen en privado los del partido morado, la cruda realidad por más que se disfrace de consideraciones políticas, históricas o ideológicas.

Esgrimen además el ejemplo reciente de las elecciones catalanas, donde se produjo un 'totum revolutum' en la candidatura de Catalunya sí que es Pot, y aquello era, además de otras valoraciones negativas sobre el candidato y el nombre, la "sopa de letras" que tanto denuesta el partido morado en la que muchos no sabían si votaban a Podemos, Iniciativa o IU. Iñigo Errejón se lamentó después de que "la gente no encontraba" la papeleta morada. Pues eso, una y no más. Nada de acuerdos nacionales, tienen un mandato asambleario para ello, y en todo caso pactos territoriales y con condiciones.

En las alianzas que se fragüen para las generales, Podemos quiere su nombre de protagonista aunque ese empeño se ha encontrado con serias resistencias tanto en Galicia como la Comunidad Valenciana. En ambas comunidades, el partido de Iglesias pretende sellar pactos con fuerzas nacionalistas progresistas y el desenlace de las negociaciones es aún incierto.

En todo este castillo de tesis y antítesis, análisis e intuiciones, para Podemos, IU era un compañero de viaje tóxico. La coalición de Garzón, a su vez, asiste impotente a naufragio de su mejor tabla de salvación.