Acadèmia de la Llengua: el PP reniega de su criatura

Mª José Català: "La AVL debe rectificar la definición de valenciano". /
Mª José Català: "La AVL debe rectificar la definición de valenciano".

Los populares cargan ahora contra la Acadèmia que impulsó Zaplana tras pactar con Pujol la «unitat de la llengua»

FRANCISCO RICÓSValencia

Jordi Pujol se regodeó en la respuesta. Seguramente se frotó las manos y carraspeó. Hace dos años, el 21 de mayo de 2012, cuando sus euros andorranos eran un secreto, el expresidente catalán, en una entrevista concedida a LAS PROVINCIAS, dejó muy claro que el PP se comprometió en 1996 a respetar «la unidad de la lengua» a cambio de que CiU apoyase la investidura de José María Aznar como presidente. El PP había ganado las elecciones generales del 3 de marzo de aquel año y buscaba todos los apoyos posibles para proclamar a Aznar en el Congreso. «En un escrito interno de CiU sobre cómo abordar la negociación con Aznar, el punto 9º planteaba que el PP y el Gobierno, que iba a ser del PP, dejara de lado el tema lingüístico -se refería a Cataluña-. En el caso del País Valenciano, el punto 7º hablaba de asegurarnos que el PP respetara la unidad de la lengua independientemente del nombre», afirmó.

El PP vendió a Pujol la independencia del valenciano a cambio de encontrarse arropado en el Congreso. El entonces molt honorable puso como condición, entre otras, que el PP «respetara la unidad de la lengua». En la entrevista, el ahora en horas bajas histórico líder de CiU sostuvo que «valenciano y catalán son la misma lengua». Para esta afirmación se apoyó en «lo que dice la Acadèmia Valenciana de la Llengua».

En aquella entrevista el presidente autonómico que movió sus hilos en Cataluña y en España, tanto con Felipe González como con José María Aznar, afirmó con pleno convencimiento que los populares habían «respetado» la unidad de la lengua, como él pidió. «No aceptar lo que dice la AVL es no aceptar lo que es la posición oficial de Valencia, de la Acadèmia hecha bajo el amparo del Gobierno valenciano que entonces y todavía hoy es del PP». Aún es del PP. Y aseguró también que «el inventor» de la AVL «fue Zaplana».

Ahora, con un proceso electoral autonómico y local a la vuelta de la esquina, con los populares aparentemente contra las cuerdas y con la AVL sabedora de su fortaleza frente a un Consell que la ha dejado hacer durante años y años, el PP y el Gobierno valenciano se han alzado contra esta entidad como el científico de novela gótica decimonónica que crea un monstruo y, después de darse cuenta de lo que ha hecho, se revuelve contra la criatura que ha creado con sus propias manos. Al margen de pronunciamientos de populares que siempre han estado en contra del proceder de la AVL, como Rafael Maluenda o Rafael Ferraro y los altos cargos que aterrizaron en el PP procedentes de UV, el primero que se rebeló fue Serafín Castellano. Ahora ha alzado la voz Luis Santamaría al arremeter contra la Acadèmia. La consellera portavoz, María José Catalá, y el presidente Fabra lo han respaldado.

El detonante, en este caso, ha sido el Diccionari normatiu valencià, aprobado el 31 de enero de este año, en el que se define el valenciano como lengua románica hablada en la Comunitat Valenciana, así como en Cataluña, las islas Baleares, el departamento francés de los Pirineos Orientales, el Principado de Andorra, la franja oriental de Aragón y la ciudad sarda del Alguer, «lugares donde recibe el nombre de catalán».

Pero someter el valenciano al catalán no era ninguna novedad para la AVL. Desde que en mayo de 1996 CiU votó a favor de José María Aznar como presidente del Gobierno, el PP cumplió con su acuerdo y finiquitó una de las últimas posibilidades de que el valenciano no fuera engullido por el catalán.

Pujol concretó con Eduardo Zaplana, cuando el oriundo de Cartagena era presidente de la Generalitat, que los populares valencianos se allanaran al acuerdo que alcanzó con Aznar para que CiU le apoyase. Zaplana no se opuso ni a las órdenes de la dirección nacional del PP ni a las de Pujol. Fue el pacto de Reus, ciudad catalana donde tuvo lugar la reunión.

Fernando Villalonga, que entonces era conseller de Educación y Cultura (dejó el cargo el 7 de mayo de 1996), confesó a LAS PROVINCIAS que fue el encargado de redactar el acuerdo de la reunión entre Zaplana y Pujol. Era, decía Villalonga, «una declaración de la posición del Gobierno valenciano respecto a la política lingüística. Y dejaba claro que la denominación del valenciano es valenciano. Pero también que la literatura se enseñaría como una unidad que incluyera la Renaixença valenciana y también la catalana. Y que se mantendría el estándar lingüístico del Boletín Oficial de la Generalitat», el valenciano normalitzat de las Normes del 32.

Esta normativa está basada en la dictada por lInstitut dEstudis Catalans, fundado en 1907 por la Diputación de Barcelona. Fue introducida en la Administración autonómica y en la enseñanza por el socialista Joan Lerma como presidente de la Generalitat y Ciprià Císcar como su conseller de Educación y Cultura.

El 16 septiembre de 1998 Les Corts aprobaron la ley de creación de la AVL y en ella ya se indica que el nombre de la lengua es el valenciano pero deja claro que «forma parte del sistema lingüístico que los correspondientes estatutos de autonomía de los territorios hispánicos de la antigua Corona de Aragón reconocen como lengua propia».

La ley de creación salvaguarda la «unitat de la llengua», como demandaba Jordi Pujol, y daba igual que se llamase valenciano porque el nombre era y es solo el envoltorio. El contenido es el catalán.

Un alto cargo del Consell durante aquellos años, relacionado con el impulso de la Acadèmia, afirmó que la puesta en marcha de la entidad se efectuó «para pacificar el problema de la lengua que enfrentaba a la sociedad valenciana. Hicimos especial hincapié en que no se iba a cambiar el nombre de la lengua. Eso era lo más importante, innegociable. Camps estuvo negociando con el rector de la Universidad de Valencia, Ramón Lapiedra; nosotros poníamos el nombre y Lapiedra, los contenidos».

Durante esos años se fue certificando la imparable decadencia de Unio Valenciana, el socio de gobierno de Zaplana en las elecciones autonómicas de 1995. En 2001 y 2002, el periodo en que se constituye la Acadèmia y se da forma a su reglamento, ya prácticamente no quedaban voces que alertaran del cariz de la entidad que había puesto en marcha el PP valenciano. No importaba el nombre, decían en la AVL. No importaba que se llamara valenciano o que se le diera otra denominación. Lo que subyacía entonces, lo que subyace todavía, es lo mismo: la lengua catalana.

No importaba que hasta el siglo XX no se hubiese planteado nadie que el valenciano era una lengua distinta del catalán porque era un hecho aceptado. No importaba que el valenciano fuese la primera lengua hispánica que disfrutase de un Siglo de Oro. Importó cumplir un pacto que hoy en día queda muy lejos y cuyas consecuencias todavía se pagan.

Ciertamente Zaplana consiguió adormecer la guerra de la lengua. Y lo hizo durante los últimos 20 años, desde que los populares coparon las instituciones autonómicas. El PP defendía las señas de identidad propias de los valencianos y el nombre diferenciado del idioma, aunque si bien la AVL respetaba particularidades del valenciano./p>

El PP, con Francisco Camps al frente, incluso se permitió blindar la AVL. En la reforma del Estatut de 2006, pactada por Serafín Castellano por encargo de Camps, con el socialista Joan Ignasi Pla, la AVL pasó a convertirse en una entidad estatutaria, por lo que no se puede modificar su ley sin el apoyo de las tres quintas partes de los diputados de Les Corts. Numerosos parlamentarios del PP, que votaron a favor de aquella reforma, han lamentado en privado que se adoptase aquella decisión.

A un lado del camino quedaba como testimonios de otro tiempo Lo Rat Penat y la Real Acadèmia de Cultura Valenciana (RACV), alzando unos su voz y otros, sus estudios. Pero su tono ha quedado amortiguado durante dos décadas, por mucho que hayan querido alzarse como lo hizo el Palleter contra el ejército francés en mayo de 1808.

Los populares acabaron de fagocitar Unio Valenciana en vísperas de las elecciones autonómicas de 2011. Camps, de la mano de Serafín Castellano, conseller de Gobernación, firmó un acuerdo con UV para que no se presentara a las elecciones autonómicas. Después llegó la dimisión del presidente por su conocida causa judicial, su sustitución por Alberto Fabra y que Castellano se convirtiese en hombre de su confianza.

Serafín Castellano se alzó en la primavera de 2012 como número dos del PPCV en el congreso en que ratificó a Fabra como presidente regional del partido. Una de sus primeras medidas en el partido, crear la comisión de señas de identidad.

El primer choque abierto entre la AVL y el grupo parlamentario del PP fue tras presentar el 13 de junio de 2013 una proposición no de ley para que el Consell planteara a la Real Academia Española que cambiase la definición de valenciano que en su quinta acepción indica que es la «variedad del catalán, que se usa en gran parte del antiguo Reino de Valencia y se siente allí comúnmente como lengua propia». Recibió un varapalo de la AVL: «valenciano y catalanes compartimos la lengua».

La Acadèmia fue más allá al asegurar que el valenciano no se habló hasta que no lo trajeron los catalanas con la reconquista. Los populares dieron la callada por respuesta mientras el valencianismo cultural clamó por su disolución.

No fue hasta febrero de 2014 cuando los populares reclamaron abiertamente y por primera vez el cierre de la entidad normativa.

La AVL aprobó su Diccionari normatiu valencià el 31 de enero de este año. «Es una vergüenza» y «un desprecio a los valencianos», recriminó el vicesíndico Rafael Maluenda. Y el conseller de Gobernación y número dos de Alberto Fabra en el partido, Serafín Castellano, valenciano sin «normalitzar», fue el primero en dar el grito en el desierto -Les Corts no es sino un oasis-. «La AVL pierde su razón de ser y se enfrenta al sentimiento de la mayoría del pueblo valenciano». Además se cuestionó «para qué sirve la AVL si no es capaz de defender nuestra lengua».

Castellano era partidario de una acción contundente ante la entidad normativa. Pero fue desautorizado por Fabra, más favorable a templar gaitas en lugar de explotarlas. Y para esa función estaban el vicepresidente José Císcar y la consellera de Educación y Cultura, María José Catalá. Presentaron a la AVL un informe del Jurídic Consultiu que desautorizaba la definición de valenciano. Fue en febrero. La Académia dijo que lo estudiaría. No ha hecho nada.

Después de que LAS PROVINCIAS denunciara que la AVL ignoraba al Consell, el sucesor de Castellano en Gobernación, Luis Santamaría, puso los puntos sobre las íes a la AVL: «Nunca debió dejar de ser una academia de la lengua valencia que defendiera a ultranza nuestra lengua como principal seña de identidad». Declaraciones «políticas, no filológicas», retó la AVL.

El entorno de Fabra respaldó al conseller: «Hemos marcado nuestra posición». Su portavoz, María José Catalá, exigió a la AVL que rectifique la definición de valenciano y criticó que «cruzó el Rubicón que separa la defensa de la singularidad del valenciano de un proceso de integración lingüístico y cultural». El PPCV reniega ahora de su criatura pero él mismo ha restringido su margen de acción sobre la AVL.

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