Europa, sin pena ni gloria

El drama de la construcción europea se percibe al observar el ascenso aterrador de los partidos euroescépticos y populistas en el Reino Unido, Francia, Italia, etc., e incluso en Alemania

ANTONIO PAPELL madrid

La jornada electoral de ayer cedió ostensiblemente buena parte de su protagonismo a las celebraciones deportivas de la víspera: el vibrante encuentro entre los dos equipos españoles que disputaron la final de la Champions acaparó la atención de los ciudadanos y de los medios, que habían sobrellevado con paciencia los desafueros de una campaña electoral desnortada, completamente falta de grandeza, que acabó siendo el trasunto inoportuno de la gran querella nacional, cuando debió ser un aliento esperanzado hacia las soluciones europeas de nuestros problemas domésticos.

Lo cierto es que, por primera vez, quienes nos hemos implicado personalmente con el proceso democrático y no hemos faltado a cita alguna observamos ayer que las elecciones adquirían un carácter peligrosamente superestructural, es decir, superfluo, como si la gente percibiese la peligrosa sensación de que aquel rito no era esencial en sus vidas. Percepción sin duda equivocada en un cierto sentido pero certera en otro: difícilmente se puede contradecir a la opinión pública cuando demanda más Europa pero no esta Europa.

Lo cierto es que los partidos políticos no han sido capaces de transmitir la idea-fuerza de que, al haber sido dotado el Parlamento Europeo de relevante poder legislativo, el signo de la mayoría resultará decisivo para marcar la dirección de avance. En lugar de hacer pedagogía sobre las opciones respectivas, PP y PSOE han mantenido el equívoco del pensamiento único, como si las soluciones conservadoras aplicadas por la Unión Europea al dictado de Merkel para salir de la crisis fueran las mismas que las impulsadas por Obama en los Estados Unidos para el mismo fin. En cualquier caso, el drama de la construcción europea se percibe al observar el ascenso aterrador de los partidos euroescépticos y populistas en el Reino Unido, Francia, Italia, etc., e incluso en Alemania. Entre el desinterés general.

El dato más relevante, a escala española, de los resultados de la consulta es el rotundo descenso del respaldo popular a los dos grandes partidos, que ha pasado del 82% en las europeas del 2009 al 59% actual. La situación agónica del PSOE, que una vez más se confirma incapaz de atraer la confianza que pierde el PP, evidencia definitivamente la necesidad de su profunda renovación, tras constatarse la impotencia de la cúpula actual para sacar adelante al partido. El PP, por su parte, aunque mantiene un pobre liderazgo en un espectro cada vez más fragmentado, ha registrado una caída tan relevante que están en riesgo sus feudos municipales y autonómicos en las elecciones de mayo de 2015. Es de imaginar que los líderes populares territoriales exigirán a Moncloa y a Génova una revisión integral de sus políticas para volver a captar la adhesión de sus bases. En otro plano, ERC ha superado a CiU en Cataluña por 2,7 puntos y 45.000 votos: la moderación ha dado paso al radicalismo.

Las minorías estatales Izquierda Plural y UPyD, con 6 y 4 escaños- han mejorado su posición hasta cotas discretas -10% y 6,5% respectivamente-, aunque no salen en realidad de su posición marginal y quedan muy lejos de cualquier sorpasso como pretendían. Las fuerzas nacionalistas de tres candidaturas consiguen cinco escaños, Ciutadans ingresa en la Eurocámara con dos y Primavera Europa (que agrupa a Equo y Compromis) hace lo propio con uno. La gran sorpresa la ha dado Podemos, que con el 8% de los votos y cinco escaños recoge el descontento solapado de las muchedumbres que adquirió visibilidad con el 15M. Es un aviso a navegantes que los partidos convencionales deberían interiorizar.