ELADIA Y CARMENCITA O LAS BUENAS COCINERAS

Eladia y una de las portadas de su conocido recetario. / lp
Eladia y una de las portadas de su conocido recetario. / lp

Eladia Martorell, puertorriqueña de nacimiento y catalana de adopción, fue la autora en 1899 de uno de los recetarios más exitosos de la historia

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Academia culinaria para señoritas, institución única en España. Enseñanza completa teórico-práctica en cursos especiales de dos meses de las cocinas Española, Francesa, Italiana, etc». Este escueto anuncio, aparecido en el periódico 'La Vanguardia' el 21 de octubre de 1911 y aparentemente irrelevante, es importante por dos cuestiones: la primera, que las academias de cocina se contaban por entonces con los dedos de la mano (la pionera de todas ellas abrió en 1901 en San Sebastián); la segunda, que la directora de esta escuela culinaria para señoritas de Barcelona no era otra, según el anuncio, que doña Eladia Martorell, «viuda de Carpinell y autora de la obra 'Carmencita o la buena cocinera'».

Quizás el nombre de la señora Eladia no despierte en ustedes ningún recuerdo, pero sí que lo hará el de Carmencita, esa buena cocinera que protagonizó el que fuera uno de los recetarios más reeditados a lo largo del siglo XX. Este libro de cocina publicado por primera vez en Barcelona en 1899 llegó en 1974 a su quincuagésima edición y desde entonces ha seguido apareciendo reiteradamente en el mercado editorial, sin orden ni concierto ni número de edición, pero podemos estimar que irá tranquilamente por la sexagésima reimpresión o más. Al nivel de superventas gastronómicos como el '1080 recetas de Simone Ortega' (1972) o 'La cocina completa de la Marquesa de Parabere' (1933), y a millones de años luz de las cifras que podrían esgrimir muchos y reconocidos cocineros. Cocineros con o de varón, ya me entienden. Por eso en algún sitio, si indagan ustedes sobre nuestra autora de hoy, encontrarán declaraciones de chefs asombrados ante el músculo demostrado por Eladia Martorell y su Carmencita o comparándolo con el de «cocineros profesionales».

Y ahí está el error, queridos lectores, porque se suele dar por buena la teoría de que tanto doña Eladia como Simone Ortega o la Parebere fueron amas de casa metidas de casualidad en el mundo gastronómico cuando en realidad fueron tan profesionales de la cocina como el que más. Con sus propios negocios, proyectos o iniciativas, sólo que orientados a una audiencia de clase media y mayoritariamente femenina en vez de a un público elitista. Ése fue su gran acierto como estrategia de comunicación y también su estigma, porque ya sabemos de sobra en esta página que la cocina doméstica, esa que nos alimenta a todos y todos los días, nunca ha recibido el mismo reconocimiento que la restringida alta gastronomía.

La señora Martorell vendió libros como churros gracias a que se dirigió directamente a un público concreto y hasta entonces poco tenido en cuenta por los editores: las mujeres de clase media o modesta. Con un porcentaje cada vez mayor de población femenina alfabetizada y activa en el mundo laboral, la sociedad española de finales del siglo XIX asistió al nacimiento de las mujeres como consumidoras de literatura (ya fuera de ficción o práctica) y al inesperado crecimiento de obras destinadas a ellas. Los recetarios no fueron ajenos a esta pequeña revolución y en las últimas décadas del siglo aparecieron en el mercado los primeros libros de cocina escritos por y para mujeres: 'Guía de la mujer', que contenía una pequeña sección culinaria (Pilar Pascual de Sanjuán, 1865), 'La mesa española' (de la bilbaína Dolores Vedia Goossens, 1873) y 'Carmencita o la buena cocinera', en 1899. Sus lectoras querían aprender a manejar los fogones con soltura, usando recetas autóctonas o por ellas conocidas y sin complicaciones ni ingredientes caros.

El éxito comercial de nuestra protagonista y su Carmencita es prueba de que cumplió con creces estas condiciones. Tal y como especifica la autora en el prólogo, sus recetas estaban regidas por «la claridad de las explicaciones, lo bien combinado de ciertos guisos y el exacto cálculo de las cantidades». Hace 120 años los lectores buscaban fórmulas infalibles -igual que nosotros los hacemos ahora- y doña Eladia se las ofreció.

Eladia Martorell Faure nació en Ponce (Puerto Rico) en torno a 1848, cuando la isla caribeña aún formaba parte de los dominios españoles y miles de catalanes, valencianos, vascos y gallegos vivían allí del cultivo del algodón, el café o el comercio. Su padre era oriundo de Calella, Barcelona, y su madre puertorriqueña de origen francés y español. En la nutrida colonia catalana de Ponce la joven Eladia conoció al militar barcelonés Antonio Carpinell Sellés, subteniente licenciado de la compañía de granaderos del Batallón de Madrid para más señas. Se enamoraron, se casaron en 1866, fueron felices y comieron, en vez de perdices, mondongo puertorriqueño, uno de los platos típicos de la región.

La constante comunicación entre Puerto Rico y España hizo que se mudaran a la península en pos de la carrera en el ejército del marido: teniente, capitán, y finalmente comandante de infantería destinado en Cataluña. En América, concretamente en la hacienda cafetera de Santa Teresa (Jagua, Puerto Rico), pero también en Cuba, quedaron los familiares de Eladia, a los que visitó recurrentemente a lo largo de su vida. La guerra hispano-estadounidense y la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ese desastre del 98 que vemos tan lejano, dejó huérfanos de patria a un número ingente de españoles que de vuelta aquí comenzaron a añorar tierras lejanas y sabores distintos.

Eladia Martorell, ya viuda de Carpinell en 1899, les brindó la oportunidad de reconstruir parte de esos recuerdos gracias a un recetario en el que vertió un inmenso conocimiento de platos criollos, sin olvidar fórmulas clásicas catalanas y de otras regiones. Mofongo, potaje puertorriqueño de habichuelas, picadillo habanero, ajiaco, potaje a lo ponceño, plátanos al estilo de Puerto Rico, arroz jíbaro, cerdo a la dominicana... Hasta un «manjar negrero» asoma entre las páginas de Carmencita, nombre que correspondía a la hija de la autora y quien se encargó posteriormente de corregir y aumentar el libro. Convertida en gastrónoma de referencia, Eladia montó en 1911 esa academia culinaria que mencionamos antes y en la que se mezclaron para siempre el tasajo caribeño y el alioli.