Mirarse el ombligo
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, aseguró el miércoles en una comparecencia que había interpuesto una denuncia en contra del hombre que se le acercó ... en la calle y, caminando con paso inseguro y alcoholizado, la acosó desde atrás: «Decidí levantar denuncia, porque esto es algo que viví como mujer, pero que lo vivimos todas las mujeres en nuestro país. Lo he vivido antes, cuando no era presidenta [...]. Es un delito en la Ciudad de México. Si no presento yo denuncia, ¿en qué condición se quedan todas las mujeres mexicanas? ¿Si esto le hacen a la presidenta qué va a pasar con todas las otras mujeres en el país?». A continuación añadió: «Es algo que no debe ocurrir, y no lo digo como presidenta, sino como mujer, nadie debe vulnerar nuestro espacio personal». Finalmente señaló que, al igual que lo que ocurre en la capital de México, se aseguraría de que todas las ciudades del país tuvieran una ley en contra del acoso contra las mujeres en la vía pública.
Está muy bien, qué duda cabe, esta iniciativa. Pero aun siendo una conducta rechazable, no es este el principal problema que tienen las mujeres mejicanas en cuanto al código penal se refiere, pues nada menos que más de tres mil mujeres (¡casi diez cada día!) mueren asesinadas cada año, y un 75% de ellas lo son en la vía pública. Y lo que es peor, solo uno de cada diez asesinatos que se cometen en el país en total (en torno a setenta cada día, o 25.000 anuales) son esclarecidos por la policía y castigados por la justicia. A esas cifras hay que sumar que, desde 2007, existen unas 100.000 personas desaparecidas, que no están contabilizadas en las cifras anteriores de homicidios, ya que no se sabe si están vivas o muertas. Así las cosas, si eres hombre o mujer y te matan en México, lo más normal es que el homicida se vaya de rositas. Y pienso que si fuera una mujer en México lo del acoso callejero me preocuparía mucho menos que la impunidad de los asesinos. Sin embargo, la alocución del miércoles de la presidenta mexicana, llena de indignación, resulta una pequeña anécdota en comparación con la brutal realidad que sufren cada día sus compatriotas mujeres que, por otra parte, no tiene visos de mejorar, considerando la habitual ineficacia de las instituciones mejicanas en su afrontamiento de la criminalidad, a lo que hay que añadir la ya célebre enquistada corrupción de la policía y otras esferas. Y yo me digo que con esa nueva ley, no creo que las mujeres allá duerman más tranquilas. Lo de la presidenta es mirarse el ombligo: «¿Si esto le hacen a la presidenta qué va a pasar con todas las otras mujeres en el país?». Lo que va a pasar es que a las mujeres se les va a seguir matando, porque es gratis.
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