Dominar el cotarro
Ladeó la cabeza. Sus párpados cayeron lentos con esa pesadez fruto de la melancolía y luego, tras acariciarse la frente con la mano como si ... quisiese extirpar de su cerebro las malas ideas, las malas hierbas, dijo: «En este país no hay manera de acabar con la corrupción». Pronunció estas palabras un eminente jurista mientras comía con él. Y su declaración la soltó el día en el cual la Paqui se convirtió en la nueva estrella de nuestra particular corte de los milagros. Santos Cerdán, la Paqui, el cuñado, el socio, la mujer del socio, en fin...
Traté de animarle con mis razonamientos, aunque uno pensaba lo mismo que él, o sea que no tenemos remedio. Intenté agarrar el drama de la corrupción por el lado chabacano. Así que me deslicé narrando lo mucho que a ciertas personas les alegra que las dependientas de los grandes almacenes las saluden por su nombre. Las dependientas amaban a Paqui porque esta tiraba de la famosa tarjeta de crédito cosa fina. A mí sólo me saludan, muy amables, los libreros del París Valencia que yace al lado de la plaza Cánovas. A veces hablamos de las novedades que se publican, así de chalados lucimos. Pero claro, entrar en esos bellos templos del consumo y del fulgor que el gasto desprende, oye, eso es algo serio. Si eres Paqui, una Paqui que derrama pasta gansa, te aprecian, con lo cual no tienes que buscar con la mirada, o con el gesto, a un dependiente/a para que atienda tus preguntas merluzas tipo «¿y esto mismo en otro color lo tienen?», o por ejemplo lo de «¿y los probadores dónde estaban? Es que no me acuerdo...». Preguntas engorrosas para los que nos sentimos, en esos grandes almacenes, en esos centros comerciales, perdidos por completo porque ese no es nuestro hábitat natural. Pero si eres Paqui, no sufres por estas fruslerías. Dominas el cotarro y recibes tratamiento de superstar. Qué envidia.
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