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Un día de noviembre

A mí la noticia me pilló en la entrada del Colegio de los Salesianos

MIQUEL NADAL

Jueves, 20 de noviembre 2025, 23:50

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En realidad, la nostalgia del pasado no es ideológica. No representa colores ni banderas. Tiene que ver con la juventud. La edad que tuvimos para ... determinadas cosas. Uno tiene la simpatía con determinadas cosas, libros, programas de televisión, o un ejemplar antiguo de diario, porque es la edad en que conoció el rostro de Catherine Deneuve, y el color en la pantalla de Los paraguas de Cherburgo. Con esto del franquismo pasa lo mismo, y hay una tentación del pecado, de un mundo que quieren convertirlo en simpático. No había vanidad, sino una colosal inocencia, y por eso, el franquismo, con el tiempo, es ese momento cuando tus padres estaban vivos, y tus hermanos eran pequeños. Es el blanco y negro de la nostalgia. Eso que dicen los franceses que se convierte en la 'nostalgie de la boue'. Una tentación de añorar el arroyo, que no se sustenta en nada concreto, porque nos escaparíamos de esa Valencia grisácea de los años 70, y elegiríamos siempre el color luminoso de Valencia, en cualquier década. Pasa con el pasado como cuando alguna foto de las que tomas en el móvil, y es banalmente idiota, y le aplicas un filtro, y la conviertes en color de sepia, que parece que diga algo. El blanco y negro siempre es un simulacro de belleza. Y al pasado le pasa esto. Uno no es famoso para que le pregunten sobre ese día concreto, y lo que hizo, ni nada heroico, como a Gabilondo, o Víctor Manuel, o hasta el mismo Fernando Ónega. Lo escribió el día 20 de noviembre: «Fue -tenía que ser- un 20 de noviembre. Murió como un Caído más, como el más humilde de los Caídos, precisamente el día que dedicó a su honra. Entrelazó su nombre, para las conmemoraciones de la Historia, con el de José Antonio. Va a descansar bajo el mismo techo, y el destino, que escribe sus designios con caracteres misteriosos, escribió ahora ésta grandiosa coincidencia. Fue con el alba, cuando el país dormía». La vida. Después ya vino el «puedo prometer y prometo». A mí la noticia, correctamente formulada, me pilló en la entrada del Colegio de los Salesianos, al que fuimos obligados, porque en casa pensaban que la mejor manera de insuflar normalidad era enviarnos al Colegio, y luego nos enviaron a casa. En ese Colegio frente a Casa Sancho, en la fábrica de chapas y tableros en la carrera San Luís, que primero fue fábrica de guitarras, y frente al Colegio aparecía una acequia todavía sin cubrir, a la que se arrojaban las carteras en alguna gamberrada. No es nostalgia de que en los Colegios aparezca una acequia. Ahora sería inconcebible.

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