Menos politiqueo y más arte
A Valdés le ha puesto Catalá piso en Valencia, qué gran idea, para que se visite su obra, y que no sólo la puedan contemplar los neoyorquinos que pasen por la Marlborough
El arte explica el mundo, o trata de explicarlo, como el de Valdés o el de Miquel Navarro entre nosotros, pero la política ya es que parece hasta habarse alejado de explicar/proteger la cosa social, que es lo suyo. Algunos días se diría que transitamos por los infaustos años de entreguerras. Nadie parece acordarse ni remotamente de los famosos contratos sociales, el de Hobbes o el de Rousseau, el espíritu moderno de los grandes pactos entre los humanos. Y si desconoces lo orígenes estás perdido. Aquello de la guerra de todos contra todos o la edad original de la inocencia y todas esas cosas. Los humanos, se decía, firmaban un contrato para entenderse y ponerse en manos del Estado o del soberano, y levantar una sociedad. Ahora incumplen el contrato al parecer porque ya se ve que guerrean todos los días: adiós a los acuerdos derivados del Gran Acuerdo. De ahí que Hobbes vaya venciendo a Rousseau, con sus humanos pendencieros y egoístas y depredadores. A Rousseau la verdad es que le sobraba buenismo aunque él fuera un mentiroso compulsivo y un paranoico y que sostuviera que la ciencia y el teatro era perniciosos para el individuo, que no sé que tiene que ver una cosa con la otra. Hace unas semanas decía Toni Mollà, hablando de Europa -que está fatal Europa, por cierto- que menos Rousseau y más Voltaire y más Diderot. No, mi querido Mollà. Aquí lo que hace falta es más Rabelais para ridiculizar las pretensiones y las solemnidades y para colocar el vientre y el bajo vientre en el epicentro del universo. Menos política y más Rabelais, que el personal no se encama lo suficiente. Se encamaba más en los sesenta y setenta, con los hippies, los porros, California, Joan Baez e Imagine. Wilheim Reich teorizaba el encamamiento y Henry Miller lo narraba en el Trópico de Cáncer y el Sexus, Plexus y Nexus, y con su adorable Anais Nin, que ya nadie se acuerda ni de Reich ni de Miller ni de nada. Ni de Las once mil vergas, de Apollinaire, ni del Bataille para el que los burdeles parisinos eran las catedrales actuales, ni por supuesto de la colección de narrativa erótica de Berlanga, algo publicó Muñoz Puelles por ahí. Claro que igual los prohíben todo, Las once mil vergas incluidas, y a Bataille, que creo que era católico. Ahora el personal parece una legión de hermanitas de la caridad, y no hay pensador que piense en el sexo, materialista o místico, ya sólo piensan en lo que se nos puede venir encima, con la vivienda, con Putin, con la inmigración, con las pensiones, con la sanidad o con los misiles atómicos. El mundo vive -vuelve a vivir-en un cuarto oscuro, rodeado de sombras, como en los treinta, ya digo. Pero me salgo del Tema, como se sale el protagonista de la novela de Fenollosa, aunque vuelve enseguida (a ver si nos vamos poniendo de acuerdo en la gramática, que esto parece la revolución de Pancho Villa, cada uno por su lado, con lo bien que íbamos). Manolo Valdés y Miquel Navarro, decía, explican el mundo y por eso perdurarán. A Valdés le ha puesto la alcaldesa Catalá piso en Valencia, quiero decir nave, pabellón, centro de exposiciones, qué gran idea, para que se visite su obra, y que no sólo la puedan contemplar los neoyorquinos que pasen por la Marlborough. Así los turistas de Valencia también se pueden culturalizar un poco, además de comer paella, no dejar pasar a nadie por el centro y tostarse al sol en la playa de la Malvarrosa. Miquel Navarro, por su parte, inaugurará este año Fundación, si Dios y la santísima Generalitat lo creen conveniente, en su Mislata original, aunque si observa reticencias, seguro que la alcaldesa Catalá lo acoge y le pone también piso -centro, sí- como a Valdés. (Porque las ciudades de Navarro se acercan mas a la Valencia posmoderna y tal que a un municipio de veinte mil habitantes). El arte es una cuestión de amantes: el matrimonio en el arte no funciona. Deseo, ocultación, todo eso. El arte detesta la normalidad y la rutina. Por eso no nos cansamos de contemplar la primera ciudad que levantó Miquel, porque cambia la ciudad al tiempo que vamos cambiando nosotros, que ahí está el secreto de la relación eterna (bueno, eterna, no, porque hasta las palabras mueren) entre miradas. A Sanleón también le podía poner Catarroja una fundación, aunque no sé cómo estará su obra, que se la llevó la dana por delante, al menos en parte. Y cree uno que para cultivar aún más el preludio musical de esa acelerada relación amatoria entre Valencia y el arte, pues igual se podría acondicionar otra de las naves de Demetrio Ribes en el parque central para exposiciones, algo así como el Palacio de Cristal del Retiro, que lleva el Reina Sofía. A Valencia le falta arte, como viene intuyendo Catalá, y le sobra chimpúm chimpúm y jaleo.