ESPERANZA Y ESCALOFRÍO
La inteligencia, como la justicia, la moral o la bondad, deben formar parte del dominio común. Una suerte de patrimonio de la humanidad. Nuestro deber es evitar que la sociedad abra páginas deshabitadas de todo o estrene capítulos vacuos y estériles
FRANCESC COLOMER
Sábado, 22 de noviembre 2025, 23:51
Fíate de lo que te diga un escalofrío. Sería como una fuente de percepción y conocimiento creíble. En esta vida puedes temblar de frío, de ... miedo, pánico, fiebres, pero, como en las estrellas de Turandot, también se puede temblar de amor y de esperanza. Confieso que me atravesó una sacudida de esperanza escuchar hace poco los nuevos progresos registrados en la lucha contra el cáncer. Habitualmente son noticias fugaces que no alcanzan la notoriedad debida, pero deberíamos prestarles suma atención. No intentaré reproducir el tenor literal ni el detalle técnico del avance pero resultaba enormemente alentador. Como seguramente muchas otras personas, sentí esa vibración interior que no engaña. Ante la letanía de desencantos y frustraciones que el mundo nos proporciona a diario, pensé que la realidad también eclosiona agitando la esperanza. Por supuesto que sí. Y lo hace en múltiples disciplinas y espacios sociales, científicos, artísticos y creativos de la vida.
Imposible olvidar el tono y el entusiasmo -prudente y contenido pero indisimulable- del investigador que explicaba la eficacia de los nuevos tratamientos. Una terapia ligada al estímulo del propio sistema inmunitario del paciente para reubicar el foco de la lucha contra esa enfermedad. Con dificultad podría siquiera balbucear los principios médicos de la nueva línea de investigación, pero el mensaje de esperanza cruzó todas las fronteras del planeta. Supongo que a diario se dan pasos y más pasos cargados de positividad y de confianza en la buena dirección. Podemos y debemos interpelarnos: ¿Y cuál es la buena dirección? Siempre será la que anteponga al ser humano por encima de todo. A cualquier ser humano. Por eso la interconexión entre un adelanto científico y su repercusión en el común de los mortales debe ser fluida. Y esto es una cuestión de recursos, de la gobernanza de los medios disponibles.
La inteligencia, como la justicia, la moral o la bondad, deben formar parte del dominio común. Una suerte de patrimonio de la humanidad. Esta es una premisa irrenunciable que proviene de la mejor versión que nos aportaron las luces ilustradas de la Modernidad. Y así debería seguir siendo en este tiempo que algunos llaman posmodernidad y que, tal vez, sea realmente un tiempo de post todo y de pre nada. Nuestro deber -político pero fundamentalmente existencial- es evitar que la sociedad abra páginas deshabitadas de todo o estrene capítulos vacuos y estériles.
¿Qué podemos esperar del destino que marcará la plutocracia que gobierna este mundo?
Como siempre, las cosas suceden en función de dónde ubiquemos el centro de gravedad. Si lo importante es que el bonus de un billón de dólares que Elon Musk se autoconcede para colonizar el mercado mundial con sus productos constituye el paradigma del futuro que nos aguarda, pongámonos a temblar. Esta vez, de impotencia y vértigo. Las buenas noticias, como la que antes citábamos, necesitan recursos. Necesitan fondos y financiación para su desarrollo. Pero, sobre todo, las buenas noticias son el resultado de un propósito correcto. Una visión y una misión inspirada por valores inscritos en el interés general. La ciencia nunca es neutral. La esperanza tampoco. EL dinero tampoco. La cifra astronómica que Tesla le promete al excompinche de Trump viene teóricamente condicionada por la obtención de resultados y de una determinada capitalización del mercado. Es un infame e intrigante quid pro quo sin alma. ¿Por qué intrigante?. ¿Serán métricas compatibles con la mejora del mundo?. Lo dudo. No es un visionario respetable ni un filántropo que infunda ternura.
Quizá algunos puedan escapar a Marte o al espacio lejano si aquí cumplimos con todas las profecías que vamos sembrando devastación tras devastación. Dicen que esa es una de sus obsesiones: tener un plan b por si nos autodestruimos. Y sí, causa otro tipo de escalofrío que las verdaderas capacidades para resetear un mundo mejor dependan de actores sin valores humanistas. ¿Cuáles serán las intenciones de aquellos que hoy poseen y controlan la verdadera capacidad de investigar y generar todas las respuestas que necesitamos? Respuestas para rescatar al ser humano de todas las distopías que nos amenazan. ¿Qué podemos esperar del destino que marcará la plutocracia que gobierna este mundo?
Los especialistas en economía ética establecen una distinción muy clarificadora y elocuente. No es lo mismo negocio que empresa. No lo es porque esta última entraña connotaciones mucho más elevadas y trascendentes que la simple cuenta de resultados. Una empresa genera sociedad, compromiso y raigambre. Aunque para ser empresa necesites ser negocio, el factor diferencial es que la idea de verdadera empresa aporta un propósito y una propuesta de valor no solo mercantilizable. Intuyo que esa élite que puede orientar el porvenir del mundo no se prodiga en las ideas de capital ético y reputacional para cotizar en bolsa. Sería formidable que aquellos que controlan las grandes coordenadas por las que discurrirá la investigación tecnocientífica tuviesen límites morales en su hoja de ruta. Aunque esta sea interestelar deberían hacer una buena escala técnica en la geografía más terrenal y mundana. El capital económico es una de esas palancas que deberían estar en la órbita del patrimonio de la humanidad. Ni monopolios ni oligopolios. Siguiendo la idea de una hipotética arquitectónica del paraíso, como la llamaría Habermas, nadie debería tener un bien dominante en exclusiva. A menudo, suele arrojarse contra los demás o jugar en contra del resto. Entre otras cosas porque el nivel de concentración del mismo nunca puede ser una buena noticia. Sus efectos perversos están garantizados.
Quizá, llegados aquí, se pregunten por la relación entre la plutocracia -el gobierno de los muy ricos- y aquel esperanzador ejemplo de una terapia de abordaje inmunológico para combatir tumores. No puedo dejar de vincular un tema con el otro porque la ciencia necesita palancas y recursos que catapulten la esperanza. Y la esperanza es ahora o nunca. Cuentan que cuando Pandora abrió su célebre caja y escaparon todos los males y tragedias, solo quedó dentro, agazapada, Elpis (la esperanza). El tema es que existen varias lecturas sobre este mito. ¿Permaneció como una virtud o como condena? La esperanza puede que tenga buena reputación y genere optimismo pero también encierra -para la mayoría- la idea del no ser, del todavía no toca, del ya llegará. ¿Y si no llega nunca?. ¿Y si solo es un narcótico? ¿Una farsa mientrastantista? ¿Quién lo sabe a estas alturas? En todo caso, agarrémonos a la versión bienintencionada del mito.
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