Atardecer en Bilbao

Un atardecer en Bilbao./R.C.
Un atardecer en Bilbao. / R.C.
Rosa Palo
ROSA PALO

Jugaba el otro día el Athletic contra el Alavés cuando el comentarista, en medio del partido, paró la narración, suspiró y dijo: «Qué bonito atardecer en Bilbao». Acabáramos: un periodista deportivo capaz de apreciar la belleza de una morosa puesta de sol entre gritos y pitidos. El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

Para Xavi Hernández, en cambio, los detalles carecen de importancia. Ha declarado al diario Ara que la gente es feliz en Catar aunque no haya democracia. Nada, una chuminá. Total, que allí rija la ley de la sharía, que los trabajadores vivan como esclavos, que te den cien latigazos si te pillan echándote un trago al coleto o que te condenen a muerte por un quítame allá esas pajas son tonterías. Si hay futbolistas que son poesía y futbolistas que son prosa, que decía Pasolini, Xavi Hernández es fabulación pura, porque hay que tener mucha imaginación para afirmar que el sistema catarí funciona mejor que el español.

Hernández sigue explayándose: «No tenemos llaves de casa, dejas el coche en marcha...». Vale. Es cierto que mi vecino aparca el coche y le pone un cepo en el volante y hasta una trampa para osos, que yo cierro la cancela de mi casa con siete llaves y que, antes de acostarme, conecto la alarma y caliento el pomo de la puerta principal con un encendedor eléctrico, como en 'Solo en casa'. Pero Hernández parece Pío Moa contando que con Franco se vivía mejor. O Arévalo diciendo que Franco nunca persiguió a ningún gay. Arévalo, probablemente, sería feliz en Catar haciéndole una paella al emir. Acompañada de agüita fresca, claro. Y por ahí sí que no paso: aunque el precio a pagar sea tener cuatro elecciones en cuatro años, aunque aquí haya más partidos de izquierdas que tipos de cervezas artesanas y aunque el atardecer en Catar sea precioso, prefiero elegir con qué me zampo la paella. Y con quién.

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