EL TRONO Y EL ALTAR

ISABEL FERRANDO

No es nueva la decisión del alcalde de Dénia de no asistir a nivel institucional a los actos religiosos que se realizan durante las fiestas de la ciudad en honor a la Santíssima Sang, ni tampoco a ningún otro. De hecho, la última vez que se le vio en una procesión fue allá por 2015, a escasos días de las elecciones. Y ya.

Tras siglos de avance en cuestiones de la razón y la moral, no seré yo quien con esta columna quiera dar al traste con la separación de Iglesia y Estado. De hecho, creo que si los ciudadanos -y sobre todo las ciudadanas- de otros países lo probaran, quedarían satisfechos.

Pero sí quiero que todos aquellos que creen que dicha separación debe incluir obligatoriamente el ostracismo, realicen una pequeña reflexión al respecto, y es que si realmente pretendemos ser una sociedad aconfesional y secularizada, deberíamos aceptar que el papel de la Iglesia es similar al de cualquier otro tipo de asociación, del signo que sea. Solo que en el caso de la Iglesia, se trata de una asociación religiosa. ¿De acuerdo?

Bien. Si el alcalde, de Dénia o de cualquier otra población de la comarca, es invitado por una asociación para un acto concreto, puede escoger entre ir o no, y delegar o no esta invitación institucional. Y sucede que nuestro munícipe sí asiste como alcalde -y oiga, eso es perfecto- a múltiples actos de múltiples asociaciones, o delega su asistencia pero en cualquier caso trata de no dejarlo sin representación institucional, ni tampoco se ufana en decirlo a los cuatro vientos.

Así que, si me preguntan, sí. La Iglesia debería ser tratada exactamente igual que cualquier otra asociación y al menos desde un punto de vista puramente institucional. Y de la misma forma, si fuera invitado, por ejemplo, por la comunidad musulmana o la judía a compartir una fecha, celebración o acontecimiento de especial relevancia.

Otra cosa muy distinta sería que la Iglesia, o quien fuera, tratara de imponernos sus propias leyes, pero gracias a Dios, no es el caso.