MIL NOCHES, UNA NOCHE

ESTHER ASPERILLA

Salíamos para vencer la noche. Para que nadie nos tuviera que contar nada. Salíamos porque pensábamos que algo muy importante podía a pasar y no queríamos perdérnoslo. En eso pienso mientras visito la exposición 'Mil noches y una noche' del fotógrafo Jesús Madriñán en el Centro Cultural del Carmen. Se compone de fotos de jóvenes retratados a la salida de una discoteca o un 'after' en diferentes ciudades. Infinidad de caras más o menos demacradas tras una noche en vela.

Me llama la atención la foto de una chica pelirroja. Posa con un semblante visiblemente serio que contrasta con su look atrevido. Tiene cara de no querer estar allí. Tiene cara de no querer salir en la foto. Y la reconozco. No a la chica. La sensación. A pesar del salto generacional, la reconozco. Es el vacío tras la euforia. Es lo que muchos hemos sentido al volver a casa de madrugada después de una noche que se estira y se acaba doblando sobre sí misma. Cuando la oscuridad se esfuma y amanece sin piedad en una ciudad somnolienta. Cuando los pies, de cansancio, solo te sostienen porque saben que están obligados a depositarte en casa y (por fin) en la cama.

Es ese momento del alba en el que se puede escuchar el silencio y sientes cómo las calles sin tráfico te observan. E intuyes tras las ventanas a los que empiezan a desperezarse a la vez que tú rozas con tu piel las tibias sábanas. Entonces cierras la persiana para evadirte de la luz, buscando que todo se esfume. Después de la fiesta, de las risas, del baile, te toca aceptar tu 'memento mori'. Mañana ya no quedará ni rastro de esta noche. Se impone un paréntesis en el que el mundo y tú funcionáis a la inversa. Hay madrugadas en las que esa parece la mejor opción. Que otros se levanten. Que seas tú quien, con tus interrogantes, intente conciliar el sueño.

Todos somos aves nocturnas durante cierto tiempo hasta que un día, sin ser conscientes del todo, cedemos la noche y las calles a otros para que las sometan. Así, sin darnos cuenta, sin saber cómo, nos ha vencido. Al final, la noche siempre gana.